martes, junio 12, 2012

Mariano escucha River of transfiguration

 La ventana está abierta, se cuela el murmullo del poquísimo tráfico y una brisa casi fría que recuerda que el verano también es efímero, aunque esa sea la primera noche real de verano. La vista desde el despacho es solemne, en cierta manera indica el poder del que se sienta, la carretera se extiende a lo lejos, hacia el país, hacia el norte, hacia el mundo. La noche es tan sosegada que asusta. Mariano se enciende el puro y apaga las luces. En la tiniebla del despacho presidencial sólo se ve la punta en llamas del puro del presidente. Aspira y el ruido del puro crujiendo le producen una nostalgia sobrenatural a Mariano, la nostalgia primitiva, la noche remota del hombre, del primer hombre alumbrado por las llamas del primer fuego. Extiende la mano y le da al botón de play del reproductor. Arranca River of transfiguration de Six organs of Admittance. La capa sonora se apodera de las sensaciones básicas de Mariano. Aspira y suelta el humo; el humo y el sonido grave y lejano de la música que suena se funden, como si el humo y el sonido fueran la misma cosa. Mariano contempla, entonces, la noche al otro lado de la ventana. Las luces rojas de los coches a lo lejos, que se van, ciudadanos de un país que gobierna, puntos siderales. El planeta de noche es hermoso, piensa. La quietud tensa de la madrugada sobrecogen a Mariano, tan poco dado a lo efímero, a lo abstracto; pero fuma y lo que le sobrecoge en cierta manera es bello. No hay ruido en Moncloa, no hay ruido en el despacho presidencial. Sólo se escucha esa anomalía que un azar delirado ha llevado hasta ese reproductor: River of transfiguration de Six organs of Admittance. Ese ambiente como de mundo perdido emocionan al presidente que, de repente, alcanza una nueva forma de percibir la solidez inamovible de la realidad. Todo se evapora.  Olvida la agenda del día siguiente. Olvida la piedra descomunal que es el compromiso, ese compromiso de gobernar un país y se pierde en sensaciones difusas. Se imagina en el centro de un mundo selvático, se imagina en silencio, más allá del lenguaje, se imagina conversando con individuos inaccesibles de cinco mil años antes, individuos en la tiniebla total del planeta de noche. Sin más luz que la intuición. Respira profundo. Mariano descubre que su cuerpo se aligera, como si ese mantra sonoro fuera el que gobernara ahora las funciones de su cuerpo. Algo entonces acude a lo más profundo de la mente de Mariano, el bloque insondable de los años de la tierra: Mariano percibe de golpe y con una angustiosa sensación de pánico el paso de miles de años, el tiempo inexorable, se ve desde fuera: primero se visualiza en mitad de la noche en el despacho presidencial, el puro soltando humo. Luego abre la mirada astral, se ve mínimo entre luces artificiales del país de noche. Sigue abriendo el ojo mental y casi ni se intuye en mitad del espacio total y el espacio total se abre, se abre imperdonable y el espacio se convierte en una manta en la que Mariano, como individuo se diluye. Sale, en esa noche de verano, de su cuerpo. Visualiza la infinidad, mantas sobre mantas, telas cuyos hilos deben ser galaxias. Hilos formados de sistemas, y allí, siendo invisible, inapreciable, se sabe él: presidente de lo intrascendente, algo que ni es hilo, ni siquiera mota de polvo: tan ínfimo que casi es inexistente. Abre los ojos. La música, esa música que a Mariano le resulta terriblemente hermosa, le trae de vuelta a su gran silla, a su mesa, a su despacho, el puro agoniza en el cenicero, por la ventana sigue la brisa. Mariano se pone de píe. Camina hasta la puerta. Recorre silenciosamente los pasillos del Palacio presidencial. Sale por detrás, por la zona íntima, baja por el jardín, salta algunas vallas y sale del Palacio sin ser visto, burlando la torpeza y la pereza de unos vigilantes irresponsables. Camina por calles vacías. Se deshace de la ropa. Se pierde su rastro. Al día siguiente el país no tiene presidente. Nadie, nunca, sabe nada más de él.


Six Organs Of Admittance - River Of Transfiguration from Funk Drops on Vimeo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

A veces me pregunto si es necesario llevar una vida ocupada para reflexionar tan brutalmente en detalle acerca de esa libertad privada que se añora tanto. Solo al no tenerla se puede observar desde afuera con objetividad, con una precisión exacta. Mariano pudo verla desde su despacho, pero quiero saber de él una vez que logra saltar la barda y sumergirse de lleno en ella, en esa libertad. Temo que pierda perspectiva de ella. Temo por Mariano que una vez inmerso en ella, no logre verla o apreciarla...pero es un temor absurdo, porque sé que Mariano siempre puede volver, y esa posibilidad quizá le brinde la perspectiva desde lo más profundo de su emancipación.

Esa música, este blog, estos personajes, ese estuario entre metáforas, el realismo mágico, todo en esta cápsula me despierta algunos sentidos que se empeñan en adormecerse, y que quiero que se mantengan siempre alertas.

Gracias por esto.


CL

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