sábado, junio 09, 2012

El mono capuchino y el zoológico

 Los rumores venían desde hace tiempo y el ambiente se había visto muy resentido por las especulaciones. Al principio la Jirafa decía, siempre con tono agónico y cargado de angustia, que se hablaba de externalizaciones y que seguramente muchos de nosotros nos íbamos a la calle. Pero el tiempo no le iba dando la razón. Era cierto que las condiciones empeoraban y la despedida por la puerta de atrás del viejo Elefante, expulsado por su deterioro físico y por su poca rentabilidad dispararon la sensación de angustia y de precipicio. El argumento contra la salida del Elefante era despiadado: los presupuestos del zoológico eran cada vez más apretados y los recintos que ocupaba el Elefante eran amplios y costosos, requerían de mucha limpieza y su deterioro físico necesitaba de muchos cuidados veterinarios y al final tampoco era de los más visitados. Los visitantes se fascinan con el cuello de la Jirafa, los volúmenes del hipopótamo y los gestos humanoides del Orangután. El viejo elefante, el animal que más tiempo llevaba, no tuvo una gran despedida. Una mañana, sin aviso previo, le sacaron los mozos de mantenimiento y desapareció. Durante algunas horas el zoológico quedó sin elefante y eso, a nosotros, nos parecía una insensatez o una forma abominable de deslealtad. El viejo Elefante con sus ritos, sus ruidos diarios, su humor decaído, su nostalgia infinita. Algo giraba en el mundo si en el zoológico faltaba el viejo Elefante. Y esas primeras horas, en cierta manera, nos recordaban a todos los demás que la vida en el zoológico no había sido agradable, pero que se iba a tornar poco digna con los nuevos presupuestos designados desde el ayuntamiento. Recuerdo que brinque al árbol, me quedé apoyado en mi rama, ese lugar donde pasé tantas horas; y sentí que el olor del zoológico había variado: ya no venían los olores a comida mezclada de los puestos de la zona de descanso, como si allí, en las zonas extras, también se hubiera notado la salida del elefante. La mañana transcurrió aletargada, dispersa, los operarios limpiaron las instalaciones donde ya no estaba el elefante y algo del olor profundo del noble animal se diluyó en el ambiente. Sólo unas pocas horas después vimos una furgoneta aparecer, yo no me había percatado, pero un par de avisos del Rinoceronte indio me alertaron del movimiento. La furgoneta se detuvo en la puerta de metal y vimos, que a trompicones, y con cierta torpeza, los operarios, unos chicos bruscos en su trabajo y poco experimentados, bajaban a una pareja de elefantes jóvenes y los introducían en las instalaciones en las que hasta horas antes había habitado nuestro compañero. Luego supimos que los sustitutos habían nacido en la ciudad, no conocían África más que por referencias, habían sido criados para vivir aquí y apenas sabían de la esencia del Elefante. Sin embargo nos fuimos acostumbrando a ellos, les enseñamos cosas que habíamos visto del viejo Elefante, gestos que atraían a los niños gritones, y la vida, con un halo de nostalgia permanente, continuó.

 Las instalaciones iban perdiendo en brillantez. Los recortes presupuestarios habían afectado a la plantilla de operarios y quedaban menos de la mitad. El zoológico estaba menos cuidado y nuestro entorno era más sucio. Anímicamente todos nos habíamos sumido en una especie de laxitud acuosa. Mi jaula estaba considerablemente más sucia y los cuidados eran escasos. Discutí varias veces con el Panda y me recriminó mi mal humor. En general los Monos Capuchinos somos malhumorados cuando las cosas no van bien y el ambiente enrarecido se me hacía pesado. A veces recriminé a los nuevos elefantes su falta de esencia. Era curioso ver como un elefante puede ser tan torpe, tan humanizado. Sentía que la rueda, una rueda oxidada, daba una vuelta sin eje. Los meses, esos meses, fueron una barca de madera avanzando por un río de aguas quietas y casi estancadas. Se rumoreaba que el número de visitas había disminuido casi a la mitad y que el zoológico era cada vez más prescindible. El dromedario lloraba con frecuencia y esa decadencia sumergida eran molestas, como es molesta la aparición veloz de nubes cargadas un día de sol estupendo.

 No hubo comunicado: Max, el operario más antiguo del zoológico, se acercó una mañana y sin mucha emoción entró en mi jaula:

.- Mono Capuchino, las cosas se han complicado. El ayuntamiento incluso ha hablado de cierre y de liberaros, pero tras muchas propuestas y estudios, se ha concluido que lo mejor es que os hagáis freelance. Os llamaremos los días de más enredo y de más visitas concertadas de colegios. Mientras tanto viviréis en los alrededores del parque campo a la intemperie y liberados. Buscando vuestra forma de vida. A cambio, cada vez que os llamemos, os proporcionaremos comida y de vez en cuando algún chequeo médico.

 Max entonces, por primera vez, salió y dejó la puerta de mi jaula abierta, sin el temor de mi huida.  Caminé por el zoológico vacío. Por primera vez salía de esa jaula infame, pero sabía que no era una liberación, sino un cautiverio quizá más amargo. No tenía donde ir. Cruzar a sudamérica no era una posibilidad para mi, no era una opción puesto que no tenía medios para asumir esa huida. La jirafa caminaba torpe y me miró como si yo pudiera dar una respuesta a nuestra nueva situación. Al alcanzar la salida del zoológico Max nos indicó, que de frente, era todo zona virgen del Parque Campo, que allí podríamos vivir con cierta tranquilidad, aunque las características climatológicas nada tuvieran que ver con nuestra forma de vida. Subí a los pinos. Salté sin mucha conciencia. Las ramas, las formas de los árboles me recordaban que en cierta manera mi vida era un cúmulo de azares torpes. Recordé a mi familia y esta vez, al contrario de como les recordé muchas veces en la jaula, sentí que eran remotos, inaccesibles, seres de otro mundo. Después de algunas horas saltando con violencia, gritando y recreándome con melancolía en el eco de mi grito me detuve. Se hacía de noche y una humedad sólida y algo fría se hacía presente. "Soy un Mono Capuchino que dejó de ser Mono Capuchino" pensé. Por primera vez sentí la verdadera dimensión de el vacío sideral que rodeaba mi  destino: animal de zoológico, azotado por una grave crisis económica.

  Hubo días de desolación, también de dolor. Pensé en el camino de los hombres. Pensé en el vacío y la miseria. En el concepto desequilibrado de la libertad, una libertad mal asumida. Pensé en la ambición, en esa droga corrosiva de la ambición. El vicio de la insatisfacción. El vicio y el vacío de los insatisfechos. Pensé en el delirio. Pensé en el cautiverio. Pensé en rejas. Pensé en los días. Pensé en el desequilibrio. Imaginé a los otros que conmigo habían abandonado la jaula cuidada, por la jaula gigante de donde eres ajeno y víctima. La Jirafa, el Marabu, el Búfalo, el León Atlas, el Oso. Recordé al koala. Le imaginé devastado por el Parque Campo, sufriendo ese clima que le resultaría atroz, despiadado.

 Entonces Max me llamó. Me citó para un par de visitas. Me indicaba la hora a la que me debía presentar.  Fue así como me convertí en un animal Freelance del zoológico de la ciudad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Me estas volando las tapas! Puedo verte y puedo verme a mí en este texto, y puedo ver a todo el que lo lea reflejándose de la misma forma. Es universal. Es de una franqueza a lo Saint-Exupéry. ¡Brillante!

CL

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