miércoles, junio 20, 2012

Verano rojo químico

 La recogía en el terminal de autobuses del norte a última hora de la tarde o ya casi de noche. En verano el termino tarde y noche es difuso, no hay una línea evidente en cuando empieza una cosa y termina la otra; las horas son largas y la luz va lenta. Ella venía de un pueblo muy cercano, un pueblo que se fundía casi con una especie de zona industrial que alargaba la ciudad por el noroeste, donde trabajaba en un laboratorio investigando una sustancia de color rojo y que tenía un nombre que en vez de una sustancia química parecía el título de una canción. Llegaba cansada, sin muchas ganas de charlar. Yo le preguntaba mientras avanzábamos por los alrededores del terminal: calles anchas y vacías, gobernadas por la primera brisa del día que llegaba cuando ya caía la noche. Aquel verano, entre otras cosas, fue terriblemente cálido. Conocimos un bar que por dos piedras nos daba cuatro cervezas y algo de comer. El bar era feo y siempre tenía encendida la televisión, pero a mi me bastaba para charlar un rato antes de acompañarla a casa y despedirnos para el día siguiente repetir las mismas acciones cuando el día agonizara. Ella generalmente no se bebía su segunda cerveza y yo la apuraba veloz, mientras ella miraba el reloj y calculaba las horas que le iban quedando para dormir. Esas horas de sueño que restaban, esas horas escasas y que la sumían en una forma de cansancio irrecuperable, marcaban la velocidad de nuestra cita diaria en el terminal del norte. Luego cogíamos un autobús hasta su casa, un autobús casi siempre vacío, con dos o tres pasajeros más como mucho. Nos sentábamos atrás y yo la cogía la mano, una mano que tenía algo de inmóvil. El trayecto era relativamente corto. Nos bajábamos en la parada cercana a su casa y caminábamos ese último trozo abrazados. Algo que yo imaginaba como un postre, la parte más sabrosa de una comida de comedor de fábrica. Al llegar a su portal nos despedíamos con laxitud y ella me besaba con cuidado. El beso, generalmente, era pausado, húmedo. En su saliva se podía adivinar, o eso imaginaba yo, como podía oler la sustancia roja con la que pasaba las horas del día metida en ese laboratorio minucioso e innacessible. A veces, cada ciertos días, en una frecuencia aleatoria, e indescifrable, ella abría el portal y me llevaba de la mano hasta el ascensor, subíamos al último piso y hacíamos el amor en las escaleras, en el último tramo, justo antes de la azotea, por donde jamás pasó nadie. La escalera siempre a oscuras, reverberaba con enigma nuestros gemidos contenidos. Cuando terminábamos de hacer el amor. Ella se subía las bragas y se acomodaba la falda y me daba un abrazo que parecía un eco, pero no un eco de la escalera, un eco de algo que empezó a sonar hace diecisiete o dieciocho milenios y cuyo sonido todavía cae y cae, y llegaba prácticamente inaudible y transformado en ese abrazo al que yo me sostenía como si mi cuerpo colgara en mitad de otros ecos. Luego me daba un último beso y bajaba hasta su piso por las escaleras. Yo escuchaba sus pasos escalón a escalón y me quedaba un rato sentado en ese tramo de escaleras, como si no hubiera muchos sitios más donde ir. Luego bajaba a la calle y caminaba durante algo más de una hora hasta mi casa. Dormía poco, me asomaba a la ventana de la habitación y trazaba líneas de edificio a edificio. En verdad creo que fue una época poco memorable. El tiempo se sucedía abotargado, como un día de bochorno. Un día llegué a la estación y esperé en el banco donde siempre la esperaba. Vi llegar el autobús de la línea que ella usaba, pero venía poca gente y ella no se bajó. Pensé que lo habría perdido y esperé al siguiente. Media hora larga que se me hizo algo pesada y que me produjo cierta ira porque reduciría media hora al escaso rato que pasaría con ella. En el siguiente tampoco llegó. Durante algunos minutos me quedé sentado sin encontrar mucha explicación. Finalmente decidí esperar uno más. Había anochecido y el terminal estaba bastante vacío. La sensación era rara. A la fealdad natural del terminal se le unía mi sensación molesta y ese vacío artificial. Tampoco llegó en el siguiente. El conductor, además, detuvo el motor y dejó parado el autobús en esa línea en el suelo que marcaba la parada de todos los autobuses de esa línea. Vi al tipo ojear con desgana todas las filas de asientos, recoger las monedas y guardarse las llaves, abrió la puerta de mitad del pasillo y salió por ahí. EL autobús parecía, de repente, un animal, una especie de ballena mecánica, lo que no parecía era un autobús. Transmitía, tan quieto, la sensación de un enorme animal dormido, o quizá en coma, en la orilla de una playa en una isla deshabitada. Salí del terminal sin nada decidido. Barajé posibilidades. Quizá había salido pronto, quizá no me había podido avisarme. Caminé por las calles anchas aledañas al terminal. En una esquina vi a unos chicos con las puertas de un coche abiertas de par en par, escuchando una música que jamás había escuchado. Los chicos fumaban y miraban hacia arriba, como si esperaran el paso de un avión o unas aves. Caminé mucho rato, sin decidir a donde caminaría, pero finalmente me vi debajo de su portal. Contando los pisos, vi luz en su casa. Miré un rato y me fui. Al día siguiente repetí los ciclos: tampoco apareció.

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