jueves, marzo 01, 2012

Después del accidente

  En Andorra, o cerca de Andorra: por qué creo que ese punto exacto todavía no era Andorra.; tuvimos un accidente. La camioneta se deslizó de un modo casi artístico por el asfalto, un asfalto que, luego supimos, estaba repleto de aceite. El aceite, eso nos dijo un pastor, había caído de un camión que los transportaba desde el sur hacia el extranjero; que durante algunos kilómetros "se le han ido cayendo botellas de una marca de gran calidad de aceite de oliva" sin que el camionero se hubiera percatado. En la caída, las botellas se iban rompiendo y desparramando por el asfalto. Algunos minutos después pasamos nosotros y en uno de los primeros grandes charcos de aceite de oliva de calidad extra, la camioneta se desplazó en un movimiento entre violento y lento, dejándonos algunos segundos después, atascados entre el anden y un seto al borde de la carretera. La furgoneta pareció mantenerse intacta. Revisamos todo bien, nos miramos, nos preguntamos, contrastamos información con un buen hombre, el pastor, que pastaba a uno de los lados, y quien fue quien nos contó lo del aceite, y decidimos seguir. No hubo heridas. No hubo ningún daño físico, pero es cierto que desde entonces las cosas en el ambiente de la camioneta empezaron a sufrir cambios; cambios, evidentemente, a peor. Se intensificaron los ratos de silencio, durante tramos de bastantes kilómetros nadie hablaba y en la camioneta se instalaba un vacío sobrecogedor. Un vacío total o un silencio absoluto: que se asemejan terriblemente; también empezamos a notar que detrás de la apariencia de no daño en la camioneta, el motor sonaba de un modo distinto y que parecía afectado. Cruzamos Andorra. Seguimos hacia Francia. En Francia hicimos un tramo larguísimo de kilómetros. Un tramo por un trayecto algo indescifrable pero que nadie se atrevió a discutir a K, puesto uqe el silencio seguía instalado. Muchas horas después llegamos a Burdeos. En Burdeos, sin saber por qué, nadie se hablaba. Cada uno se fue por un lado distinto. Sólo K dijo que nos viéramos dos días después ahí, en ese parking donde habíamos dejado la furgoneta. Esa noche me emborraché hasta el delirio y olvidé parte de los acontecimientos de la noche y de la mañana siguiente. Desperté en un hostal desagradable cerca de la catedral Saint Andre. Salí a la calle, la temperatura era perfecta: 22 grados. Entré a la catedral, una mujer rezaba de espaldas, arrodillada, el pelo le caía hacia adelante. La miré cuando me di cuenta que mi sobrecogimiento venía por la música de órgano que sonaba en ese momento en la catedral. La reverberación, la solemnidad del sonido y la mujer joven rezando de rodillas me produjeron una contracción pectoral. Aguanté varias veces las ganas de toser. Cerré los ojos, aquella música tenía un poder descomunal en mi, se apoderaba físicamente y todo sucedía en esa especie de drama y elevación. Quise caminar para ver la cara de la mujer joven, pero ese poder físico que la música tenía sobre mi me lo impedían. Una nota grave, un grave repentino y constante, prolongado y misterioso me dieron una nueva sensación, casi un impulso. Avancé: me puse delante de la mujer. Tenía la cabeza agachada, tapada por el pelo. Sentí de nuevo ganas de toser. Una contracción entre física y emocional en el pecho. Me acerqué con la intención descarada de apartarla el pelo y descubrir su cara. Entonces tosí, tosí con fuerza descomunal. Me tapé la boca con la mano. Cada contracción, en cada tosido, me desmoronaba por dentro. Noté un líquido espeso en la mano que salía de la boca a cada tosido. Miré: era aceite de oliva. Mi tos era aceite de oliva. La mujer, entonces, levantó la cara y me miró. Cerré los ojos. No sé si se desvaneció la música. La muerte huele a aceituna.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Fue la tuberculosis oliva. Hay que tener mucho cuidado con ella. La mujer del rostro tapado, Olivia.

CL

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