jueves, marzo 22, 2012

El viaje

 Lleva algo más de cinco horas conduciendo y me dice que quizá, lo mejor, sería parar un rato. Sostiene unos segundos la mirada al frente y me dice que inevitablemente esa hora es la hora perfecta, no sé sabe para qué, pero es la hora perfecta. La agonía lumínica, la carretera oscureciéndose y un vestigio de luz en esa inmensidad que parece ir desapareciendo en una especie de azul definitivo, le dan a todo un caracter de fragilidad y contundencia definitivos. Como si en verdad todo sucediera o dejara de suceder para siempre en esos pocos minutos previos a la noche. Yo le pregunto que música es esa que suena y ella desviando con inmediatez la vista de la carretera me mira y contesta que sospechaba que la había puesto yo. En ese instante las luces de un camión en sentido contrario iluminan su cara, imagino también la mía recibiendo el fogonazo de luz en mitad de ese principio de la oscuridad. Miro el equipo de música del coche, hay un CD dentro. Lo saco para ver que es lo que suena. Es un CD grabado y no pone ningún nombre., sólo la marca. Lo vuelvo a meter. La canción que sonaba arranca de nuevo. Físicamente, la música que suena me desmorona. Vuelvo a mirarla, sin saberlo, mi mirada es interrogatoria, y con una sonrisa nerviosa me dice que ella no sabe que hace ese CD ahí. No sé que es eso que suena. A un lado se ve un restaurante. Nos detenemos. Abrimos las puertas y notamos el frío nocturno. En el estacionamiento no hay ningún coche más. "Este país es raro" pienso y se lo digo a ella y ella me contesta que en cierta forma ese país no existe. No existe en el medio. Existe sólo a los lados, en las costas, pero el medio es un agujero. Entramos y pedimos de beber. El camarero es un chico joven que parece estar asustado, pero no de algo, sino asustado de todo, del silencio, del trabajo, de su propia vida. Ella pide comida y se va al baño. Me siento en una mesa de madera falsa, una madera de plástico. El chico se acerca y me sirve la cerveza y el refresco de ella. Durante algunos segundos me planteo la posibilidad de habernos perdido y que ella no lo sabe o que lo sabe y disimula. Me parece no estar cerca de nada y recuerdo un viaje realmente parecido cuando era pequeño y a mi padre se le hizo de noche y mi padre se detuvo en un restaurante que siempre recordé como el lugar más triste del mundo. Mi padre pidió conejo para cenar y cuando estaba terminando nos miró y muy serio dijo que nos habíamos perdido. Y yo pensé que era muy raro perderse, que en realidad no existe la posibilidad de perderse y se lo dije a mi madre y mi padre me escuchó y me miró y me dijo que perderse no es un asunto real, es un fallo en la memoria, un fallo temporal que luego no sabías deshacer, por eso no puedes seguir hacia adelante y tampoco hacia detrás, por qué en algún momento, las líneas se habían roto. Ella aparece del baño contenta, ligera. Se ha lavado las manos, me confiesa que es adicta a lavarse las manos. Se siente frente a mi. De repente me viene un soplo del olor del jabón que ella ha usado. Ella bebe con cierta urgencia el refresco. Y yo aprovecho para beber cerveza. El sabor de la cerveza me desconcierta. Entonces ella, sin saber muy bien por qué, con enorme melancolía, me habla de sus hermanas. Las describe y yo, que las conocí hace muchos años, soy incapaz de saber cual es cual, porque he olvidado cual es la mayor y cual es la mediana, pero ella habla con desgarro, casi como si llevara doce siglos sin verlas. Me habla de un viaje, un viaje milenario, un viaje en el que terminaron metidos en una playa de dificilísimo acceso y que por la noche su padre les dijo que iba a ser muy difícil volver y que tendrían que buscar un lugar al aire libre para dormir e intentar volver a primer ahora por la mañana. Entonces duermen al aire libre las tres y su padre y a ella le cuesta dormirse y muy de madrugada ve que todos se han quedado dormidos y siente algo casi tenebroso con esa luz cósmica en mitad de la playa, la luz nocturna del universo y dice que durante minutos la luz le parece llevar un sonido, un sonido leve y que mira a sus hermanas dormir y sabe, entonces, que las adora, pero que habitan lejos, lejos de ella y ella, que aún es bastante pequeña, piensa que ha viajado a un lugar de difícil retorno, que ha ido, en cierta manera, hasta ese lugar para habitar invisiblemente ahí, el resto de su vida. Entonces bebe un trago más de refresco y me mira y me dice que esa carretera, la carretera por la que viajamos, es ese lugar y que si yo voy con ella y si ese camarero está ahí es porque en realidad nosotros habitábamos allí ya. Que por esa carretera, en mitad de ese país, solo pasamos esos, los que vivimos lejos. Y le pregunto por el camión que reflejó la luz y sonríe y contesta que no debería querer saberlo todo, que hay cosas que es mejor dejarlas en el misterio.

 Pagamos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Revelador. Demoledor. Íntimo. Conmovedor. Hermoso, muy hermoso. Me ha sacudido de forma insospechada. He sollozado hacia el final, desde el relato de la noche en que ella, sus hermanas y su padre debieron parar a dormir en esa playa de luz sonora.

Colgada.

Pasarán días antes de que este post deje de resonar en mi sistema.

Vivo, siento, me rodea esa atmósfera onírica. Acabo de venir de la costa, de regreso al hoyo suspendido en el oscuro abismo del olvido. Gracias por esto.

CL

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