domingo, marzo 18, 2012

Tú eres tu pelo. Tu pelo eres tú.

 Yo tuve mi valla. Dos años, dos años enteros. Frente al centro comercial más grande, más opulento de la ciudad. En la entrada del parking, por donde entran todos los coches de esos niños bien y esas señoras serias. Se me veía de perfil, la melena elevándose hacia el cosmos, ligera, casi como si levitara. Como si mi melena, en cierta manera, fuera algo más que una melena. Creo que en aquella época mi melena ejercía cierto poder sobre la gravedad. Era un anuncio de un champú de calidad. El champú para la clase media alta. No recuerdo el slogan, pero todo en aquella valla giraba alrededor de mi melena. El fondo era blanco. Un blanco puro, casi virginal. Y yo estaba de perfil, lanzando mi melena. Se me veía de medio cuerpo, como si acabara de salir de la ducha. Se adivinaba mi cuerpo desnudo, pero no se me veía nada; sólo piel, mi perfil y la melena. Cuando la pusieron fui con mi madre y mi hermana pequeña. Detuvimos el coche frente al parking y nos quedamos mucho rato mirándome. Mi madre no dijo nada concreto, sólo en algún momento dijo que en esa valla había un logro, también una enorme stisfacción. Mi hermana miraba alucinada y me hacía preguntas de la sesión de fotos. Todo le producía una curiosidad inmensa. Yo narraba aquella tarde en el estudio profesional: el catering, las frases del fotógrafo dirigiéndome, aquella laxitud en como saltaban los flashes inmensos ubicados estratégicamente. Miles de disparos del que sólo quedaría uno, una foto de entre las miles a las que estuve expuesta. Y allí, estábamos, delante de la elegida. Aquel momento preciso en el que mi melena emergía en todo su esplendor, gobernando el instante, el momento. Luego volvimos a casa y en el camino mi madre se puso a llorar, no sé por qué, pero lloró.

 De vez en cuando pasaba con mis amigas por la valla. Los fines de semana íbamos al centro comercial y entrábamos por el acceso más cercano a la valla. En cierta forma todo giraba, sin ser consciente del todo, alrededor de la valla. Mi fiesta de la mayoría de edad la celebré con mi grupo de amigos debajo de la valla. Fue la primera vez que me emborraché, también la primera vez que me acosté con alguien.  Era un chico que venía de otro grupo y que era amigo de un amigo. Un chico tímido y serio. Un chico raro. Nos habíamos quedado solos, ya de madrugada, metidos en su coche, escuchando música. Mirábamos la valla y él, después de mucho rato, me dijo que salía hermosa en la valla, pero que le parecía más hermosa en la realidad, ahí sentada en el asiento de copiloto de su coche. Entonces hicimos el amor. De un modo torpe, tosco, aparatoso. A veces, era raro, pero abría los ojos, porque todo el rato los tenía cerrados como para no ver, no sé el qué, pero no quería ver; sin embargo cada rato los abría y me veía ahí, en la valla y veía que él me besaba y me acariciaba medio ansioso y también miraba la valla y cuando él se puso a un lado, cansado, exhausto, silencioso, los dos mirábamos y a mi, por primera vez, me dio vértigo verme allí. Y él ya no habló más. Arrancó el coche y me acercó a casa. Esa noche me costó dormirme, porque a veces en el silencio y la oscuridad me venía mi imagen de la valla, como si ella, la de la valla, todavía estuviera por la ciudad, como si por las noches, cuando nadie miraba, yo salía de la valla y dejaba de ser yo, y ese pensamiento me aterraba. Sentía miedo de mi misma.

 Me gustaba verme de día. El tráfico debajo de la valla, los coches pasando por allí y la valla ofreciendo mi melena sideral, poderosa. De día me reconocía en la valla. Ese gesto de la nuca, las esquinas de mi cuerpo. Ciertamente estaba hermosa en la valla. A veces, en casa, cuando salía de la ducha, recién secada, me quitaba la toalla y frente al espejo imitaba el gesto, el movimiento y trataba de verme reflejada, de encontrar en mi, en el espejo del baño de casa a la chica de la valla. Repetía una y otra vez el gesto, pero no era exacto. En realidad me obsesioné con repetir el gesto y cuanto más lo buscaba, menos se iba pareciendo. Como si en la vida uno sólo tuviera derecho a un gesto así, tan preciso, tan contundente, tan atractivo.  Al poco conocí a Paulo. Paulo se me acercó un día que yo entraba al centro comercial. Él estaba allí mirando la valla. Ensimismado, hipnotizado y a mi me hizo ilusión ver a un chico mirando así. Le miré y el me miró y me reconoció. Se le desencajo el gesto, como si estuviera viendo una luz. Una luz fugaz, repentina pero absoluta. Una luz que durante unas milésimas cegara, sin concesiones, el universo entero. Entonces se me acercó casi corriendo y me dijo que era yo: "Eres tú". Lo repetía una y otra vez. Y me reí. Se presentó. Me invitó a comer y a merendar y a cenar. Y me preguntaba cosas y me contaba su vida. Una vida, por otro lado, desolada y violenta. No por qué Paulo hubiera sido violento, sino porque todo en su vida era un golpe, un golpe bestial y triste. Un golpe en la mandíbula de la existencia. Me parecía tierno Paulo. Tierno y salvaje, pero un salvaje domado. Un León de dibujos animados. Un León que habla con voz dulce y se emociona y llora. Entonces nos besamos, nos besamos con frenesí debajo de la valla y se hizo de noche y Paulo miraba la valla y luego me miraba a mi. Nos abrazamos e hicimos el amor debajo de la valla. Al aire libre, temerosos de la madrugada, pero no pasó nadie. Hicimos el amor con euforia. Paulo me cogía con fuerza entre sus brazos y me elevó y me miraba desde abajo, levantando la cara, mirándome y mirando la valla. Creo que nunca he vuelto a sentir tanto amor. Todo parecía fundirse allí, la valla, los gestos, Paulo. Todo.

 Por las tardes Paulo me buscaba en casa. Y nos íbamos en moto al centro comercial. La valla seguía. También se fue haciendo rutinario verme. Creo que también para Paulo. Se fue perdiendo la novedad y yo pensé que quizá era momento de buscar protagonizar otra valla o quizá un anuncio en televisión o un calendario o una portada de una revista. Necesitaba crecer. No sólo por mi, sino porque las cosas con Paulo se iban volviendo menos sorprendentes. Cuando le conté mis proyectos a Paulo no le gustaron. Se puso iracundo. Como si el León dejara de ser de dibujos animados y se hiciera de fuego. Golpeó cosas, lanzó su teléfono móvil contra la valla y me insultó. "Egocéntrica, narcisista, ególatra, endiosada, petulante, creída, mimada, frivola..." Gritando una y otra palabra. Gritando como si le doliera el estómago. Le abracé, le dije que no lo haría, pero en el fondo yo lo había decidido y busqué sin decirle nunca nada más. Al poco me llamaron para otra sesión para una campaña para marquesinas de paradas de autobús. No recuerdo que argumenté aquella tarde para no ver a Paulo. Sé que le molestó mucho no verme. La sesión fue triste. El fotógrafo era triste. El estudio era melancólico. Como si todo en aquella gente, en aquellos publicistas, hubiera perdido esplendor, brillo. El resultado también fue notablemente peor. Y apenas colocaron un par de marquesinas en las zonas menos pudientes de la ciudad. Por eso mantuve en secreto aquello.

 No sé, sin embargo, como se enteró Paulo. Pero apareció en casa. Abrí la puerta, me miró como si no me mirara, como si en verdad yo no estuviera. Me cogió del brazo sin hablarme, me bajó a su coche. Recorrimos la ciudad callados. Llegamos al centro comercial, detuvo el coche y frente a la valla me dijo que había visto la marquesina del anuncio de Mantequilla. Sentí una punzada en el pecho. Miré la valla como tratando de buscar ayuda en mi misma, allí, elevada. Como si la de la valla tuviera las claves, soluciones. Paulo no dijo nada. Abrió la puerta del coche. Le vi andar decidido. Llegar a píe de la valla. No vi más o lo vi todo. Vi el fuego subiendo como una enfermedad contagiosa. Vi la valla arder, mi melena derritiéndose, volviéndose carbón. Vi cenizas y el viento.

 De Paulo no supe mucho más. Nosotras, mi madre mi hermana y yo, nos fuimos del país. Hice algunas cosas más con agencias, pero fui dejando de lado aquella carrera. Y salvo el vicio de repetir el gesto de la valla frente al espejo cada vez que me seco el pelo, de aquello queda en mi, poco más.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Y la cinturita de avispa: Q.E.P.D. †

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