domingo, marzo 25, 2012

Perros Calientes (6)

 San Cristobal está lejos de todo y eso uno lo sabe, lo saben ellos: los que nacen y viven allí, lo saben los que se van y los que nunca han ido. Lo saben todos, los que jamás han oido hablar de San Cristobal y los que aman u odian San Cristobal. San Cristobal está muy lejos. San Cristobal nos da, definitivamente, la posición real de nuestra vida. San Cristobal arrebata la sensación poética de lejanía y te da la lejanía real. Viajar, siempre, es vertiginoso. Viajar a San Cristobal, dependiendo de donde vengas, te da un puñetazo en las pelotas. San Cristobal te devuelve a la realidad de la lejanía. Estás lejos, muy lejos, terriblemente lejos de la Avenida de la Doblada, de la Calle Pericles, de la Playa de Samil, estás lejos del puente Rande, lejos de la carretera de la Coruña, estás lejos del verano en Baiona, lejos de la playa de Patos, lejos del Castro. Playa America es un lugar remoto. Estás lejos de Kiko, de tu tía Carmen. En realidad Kiko y la tía Carmen se convierten en hologramas. Eso lo sabe mi madre, lo sabe mi hermano y lo sabe mi padre que empieza a sospechar que el camino más que vertiginoso, está lleno de trampas. Honestamente uno no tiene nada en contra de San Cristobal, pero allí, subterráneamente se sucede una revelación familiar que nadie se atreve a desvelar, a verbalizar.

 Nos montamos en un coche de esos que estéticamente nos emocionan y atravesamos algunas montañas de Los Andes. El día está nublado y húmedo. Hay vendedores en la carretera que ofrecen alimento. Físicamente me siento raro: débil, cansado, con sueño. Mi madre no se rebaja a la pena o al cansancio, en cierta manera indica el camino. Yo estoy agotado. Y aún hoy no sé de qué, pero estoy físicamente fatigado, como si hubiera perdido fuerza. Yo no sé que sienten los demás, pero me pesan las piernas. Llegamos a la frontera con Colombia. Hay un ajetreo descomunal. Gente que va y viene, tipos que venden cosas, coches que pasan, militares gordos, militares cansados, militares que parecen malos, militares que uno imagina recién ascendidos del infierno, militares del mal, militares que parecen pesadillas. Entramos en Cúcuta.

 La secuencia delirada que se sucede a partir de ese instante es indescriptible. Llegamos a una comisaria. Contactamos con un tipo a las afueras de la comisaría, recomendado por otro tipo dentro de la comisaria. El tipo de fuera tiene un coche. Nos montamos. Nos vamos a hacer unos analisis de sangre. Nos pinchan pero los resultados, lejos de todo análisis, nos los dan a los dos minutos. La fatiga aumenta. De ahí vamos con los análisis a otro lugar donde una gorda que parece la reencarnación del mal nos mira con desprecio mientras va poniendo sellos en unos papeles. Nos hacen unas fotos. En las fotos parecemos de otra era: Mi madre parece la madre de otro, yo parezco el hijo de otra señora y mi hermano parece haber abandonado su cuerpo. Mi padre sonríe: si se ve la foto de mi padre, uno podría adivinar con exactitud que justo en ese momento comienza su batalla, una batalla descomunal y salvaje contra un agujero negro. Siempre nos va llevando de un sitio a otro el tipo con el que hemos contactado. El tipo vive de eso, de meterte en el delirio burocrático de un país que vive en el mayor de los delirios burocráticos irresolubles del mundo o de cualquier planeta del infinito cosmos en el que también haya asuntos burocráticos que resolver. Básicamente en ese momento entramos a formar parte y a participar en las corruptelas de ese continente hermoso e imposible que es Latinoamérica. Lo que nos hubiera supuesto quizá años en España, nos lleva una mañana en Cúcuta.  Mi madre nos mira y dice con cierta forzada sonrisa que aquello parece una película. Se me caen los brazos porque estoy exhausto. Cada vez que nos bajamos del coche del tipo siento que me voy a marear, pero nunca sucede. Creo que tampoco lo expreso. Cada vez que nos volvemos a montar pienso que aprovecharé para dormir, pero los trayectos son tan cortos de una gestión a otra que apenas da tiempo a ubicarse en el asiento. En una de las gestiones mi padre discute con una tipa. La tipa dice que los españoles son arrogantes y mi padre responde con arrogancia. Yo pienso en España sin saber que pienso de España. Porque para mi España es mi bicicleta que no volveré a ver, y Kiko y los partidos de futbol y Susana la morena del piso de abajo que me besó en mi portal una semana antes de salir de España. Y a mi, mi bicleta, Kiko, Susana, no me parecen arrogantes, aunque bien pensado: ¿Qué es la arrogancia?

A mediodía tenemos residencia en Venezuela para los próximos cinco años, después de haber realizado un tour por oficinas y oficinillas de gestores con maquinas de escribir oxidadas, dirigidos por este conductor silencioso al que le damos el dinero por la fechoría y el que además se encarga de ir sobornando a cada uno de los millones de gestores y desconcertantes personajes del tour.

 Comemos en Cúcuta. Comemos mal en Cúcuta porque hemos llegado tarde a algo y entramos en un sitio inmenso que parece un comedor. Paseamos por las calles de Cúcuta donde hay vendedores ambulantes y música. Vemos vinilos, que en ese momento casi nadie llama vinilos sino discos. Vemos camisetas diseñadas por mefistófeles para burlarse de los mortales. Vemos pantalones con formas más allá de la comprensión humana y volvemos a San Cristobal. Esa noche ceno seis perros calientes. Los perros calientes me parecen, definitivamente, el gran hallazgo del nuevo mundo.

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