domingo, diciembre 18, 2011

La ventana

 Desde abajo se veía la ventana de su habitación. Cuando llegaba la noche había, evidentemente, más facilidad de control. La luz, la simple luz, indicaba su presencia. Si aquella luz se apagaba anunciaba que salía de la habitación al universo. Si aquello sucedía se barajaban mil opciones, pero sobre todo la vista permanecía, entonces, atenta al portal donde la podía ver aparecer para, ya sí, perder su rastro entre calles y calles. El laberinto desquiciado de la ciudad. Pasé muchas horas mirando. Muchas. La cortina lisa, que dejaba intuir algo de movimiento, era mi punto de atención. La luz encendida daba para prefigurar mil comportamientos. Quizá estudiaba, quizá leía, quizá ordenaba su armario o escuchaba música. Yo que sé. Imaginé mil cosas e incluso fantaseé con la reciprocidad: ella pensando en mi abajo, en la calle. Aquella luz era un epicentro emocional. Mi vida giraba alrededor de aquello. Llegaba la tarde y miraba el reloj. Calculaba el tiempo que faltaba para que comenzara el atardecer y ese momento en el que las luces de las casas empiezan a mitigar la oscuridad de afuera. Me sentaba allí, debajo de aquel árbol con posición privilegiada hacia aquella ventana y comenzaba la observación minuciosa de la luz y de todo aquello que a mi cabeza podía traer la luz. Me sentaba, era la época en la que empezaba a fumar, me encendía un cigarro y miraba. Y allí, como un milagro, como una salvación del hastío y de la desesperanza, aparecía la luz. Un fogonazo invisible para el universo y vital para mi. Poco más sucedería las dos o tres horas siguientes. La luz sumada a las luces de los vecinos, de los otros edificios, de los faros de los coches. Una luz más que permanecía estática. Había unas pocas tardes que sucedía lo terrible. Las luces del vecindario se iban encendiendo. Una a una, desacompasadamente, menos la de ella. Aquella ventana se quedaba intacta, a oscuras. Allí me quedaba esperando el milagro, pasaba el tiempo y aquel arrítmico universo de bombillas que se apagaban y se encendian del vecindario, no marcaba la nota que yo esperaba para completar la melodía. La metáfora no es casual. Aquello me parecía una forma peculiar de partitura, una partitura inmensa, caótica que escondía una sola nota que era la que yo buscaba. La oscuridad de aquella ventana desmoronaba una tarde noche de mi vida y me dejaba con la impaciencia y el temor de que aquello se prologara al día siguiente, toda la semana, un mes entero, el resto de mi vida. No sucedía, la catástrofe al día siguiente. Volvía y el milagro volvía a suceder, la luz aparecía y con ella mi imaginación reconstruía hipotéticas situaciones. Una tarde se apagó la luz, como cada vez que la luz se apagaba, comenzaba mi ebullición de posibildades. ¿Había ido a cenar? ¿Estaba en la ducha?¿Estaba en el salón? ¿En la cocina?¿hablando por teléfono? ¿Había salido y debía mirar al portal? Apareció, efectivamente, por el portal. Caminando en mi dirección, jamás la vi venir tan de cerca. Caminaba pausada, casi con temor. Como si estuviera siendo dirigida por un control remoto. Me quedé quieto, encendí otro cigarro y la vi detenerse enfrente de mi, casi debajo del árbol.

.- Hola

.- Hola- contesté fatigado, exhausto ya, antes de la batalla. Jamás había imaginado esa posibilidad.

.- Dice mi padre que por favor dejes de mirar hacia mi ventana, que no lo vuelvas a hacer, que ya está harto. Que si vuelves pondrá otros remedios.

 Se giro y se fue. No volví, jamás, a mirar a la ventana.

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