jueves, diciembre 01, 2011

Anónimos en autobús

 Me gusta esa viaje corto en autobús. Las grandes ciudades ofrecen eso, retornos prolongados de poblaciones que están a treinta o cuarenta kilómetros de casa. A veces voy a ese lugar a trabajar, un edificio caduco insertado en esa población poco habitada, de espacios abiertos, ese edificio que pareció con proyección en sus primeros años y que ahora envejece de un modo extraño; aún es prometedor para haber envejecido, sin embargo ya habita en una forma rara de jubilación o prejubilación. El ambiente en estos años se ha ido entristeciendo. De ser un lugar prometedor a ir quedando anclado en una rutina vacía. No hay trabajadores suficientes para un edificio tan grande y sus pasillos y un porcentaje excesivo de sus mesas y espacios están inhabilitados. Me gusta volver de allí en autobús ahora que se hace de noche tan pronto y ver la ciudad como se va acercando y el autobús prácticamente vacío y el ruido del motor que te recuerda a algo que has olvidado y no acude a la memoria. Me gusta porque me siento anónimo, fugaz. No hay un pensamiento localizable, hay una sensación que va por debajo, acompañando al ruido del motor, mientras la carretera avanza medio vacía ya de noche. Me gusta ese momento que se ve esa estación de tren peculiar en medio de la nada. Unos tipos caminando hacia ella con urgencia porque siempre es terrible ver el anden a lo lejos, ver el tren llegar a lo lejos y que se te escape.  Luego hay trozos sin nada o cosas que no se recuerdan cuando lo describes. Me gusta porque soy anónimo todo el rato, no soy. Soy un cuerpo avanzando en la parte de atrás de un autobús hacia una ciudad por una carretera con poco transito. El autobús lo conduce un tipo que mira al frente y escucha música de lata, música que no se escucha que tapona el ruido o se suma al ruido del motor y se entremezclan en ese inmenso anonimato. Soy anónimo, pero también imaginario. Me da por pensar que soy yo en un recuerdo, que ese viaje no está sucediendo sino que ha sucedido y lo voy recordando o que yo ya no existo y queda ese reflejo deambulando por la 607. Fantasmas, fantasmas en la 607. El conductor, la tipa sudamericana que va delante de mi, el tipo lejano más adelante, yo. Fantasmas . Suena trascendental, pero es más bien ligero cuando se percibe.  Una forma peculiar de hipnosis. La hipnosis urbana, la hipnosis del anónimo. Luego va apareciendo la ciudad y parece que el motor suena distinto y los pasajeros nos vamos acomodando para bajar, los abrigos, las mochilas, los libros que se guardan. El autobús entra en la ciudad y recorre el último tramo con urgencia. Y nos bajamos y hacemos, cada uno, el camino para volver a casa, donde dejamos de ser anónimos.

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