domingo, diciembre 25, 2011

Día festivo

 En la puerta un rumano me pide que le compre comida. Hago un desesperanzador gesto de hombros y cruzo la puerta eléctrica. No hay nadie en la tienda. La cadena ofrece pasillos veloces y cortos con productos de todo tipo, comida, bebida, prensa. Abren fines de semana y festivos. A mi me parece que hay algo inexplicablemente triste en todo ello. Los chicos que trabajan en la tienda son básicamente jóvenes y extranjeros. No hay nadie y no tienen mucho que hacer, pero es día festivo y sus caras muestran cierta amargura. De repente, como salidas de la nada o de un silencio sospechoso, en el pasillo de las bebidas, veo a unas chicas cogiendo latas de refresco y alcohol barato. Calculan gastos y escogen. Hablan con crueldad de un chico que está en la casa donde, después de comprar la bebida, van a ir. Una de ellas va incomprensiblemente poco abrigada para la temperatura que hay en el exterior. Podría ser atractiva, pero sin embargo hay en su belleza algo desolador. Hay seres que parece que no habitan este mundo, y esa chica parece no existir más allá de ese pasillo de un supermercado de una ciudad dormitorio de las afueras de una capital. Cojo dos cervezas, un periódico y un plato de comida prefabricada. Me despisto viendo unas estanterías con libros. Todos los libros morirán en el olvido de lo perecedero, todos son terribles y prescindibles, sus títulos son desoladores e invitan a un optimismo robótico. Camino hasta las cajas algunos minutos después entre esos pasillos vacíos. En la caja coincido nuevamente con las dos chicas. Están delante de mi. No hablan. La chica desoladora saca un dinero que acumula de un fondo común y paga, la otra mira algo que trato de descubrir. Al rato veo que mira al rumano que está en la puerta, le mira con temor y con ternura. Hay una mezcla emocional explosiva en esa mirada. Recogen las bolsas y salen caminando. Pasan al lado del rumano que las mira sin esperar nada. Pago y salgo, el rumano me mira con una sonrisa que viene de muy lejos, de un tiempo ancestral y siento que hay algo que me une al rumano. Le doy una de las latas de cerveza y ríe. Camino hasta el coche y veo que un poco más allá las dos chicas guardan las bolsas en el maletero de un coche caro. En ese momento y sin comprender el motivo, decido seguirlas. Arrancan y suben boulevard arriba. El boulevard siempre está vacío, en día festivo parece un planeta deshabitado, a los lados se van viendo chalets nostálgicos de épocas de esplendor. Algunos están vacíos, otros se han ido deteriorando, los menos aún están ocupados y sueltan humo por la chimenea. Suben cinco o seis manzanas y se desvían a la izquierda. Esa es la zona más apartada de la carretera del pueblo. Nunca pasa nadie por las calles. Las calles son más estrechas. Aparcan delante de una pista de tenis abandonada. Yo sigo un poco para disimular. Por el retrovisor veo que abren el portón de una de las casas de la derecha. Doy una vuelta a la manzana y aparco algo apartado de allí. Camino y observo desde lejos la casa. Es un chalet de piedra en semiabandono, desde dentro viene el sonido de una música disonante y distorsionada. Hay algo de luz y se escuchan unas cuantas voces. Esporádicamente vienen risas. Salto la reja. El jardín es inmenso y está cubierto de encinas. Las hojas gotean el vaho. Me acerco a una de las ventanas apagadas. Calculo el número de habitaciones, el chalet me resulta desorbitado. Podría ser una residencia o un lugar de retiro colectivo. Doy la vuelta y alcanzo la parte de atrás de la casa. Hay una especie de huerta abandonada, unas bicicletas muy viejas y unas carretillas. Veo luz en una de las ventanas y sigo escuchando las voces, la música distorsionada y las risas esporadicas. Durante unos segundos todos los sonidos me parecen pregrabados, las risas, el murmullo constante de voces. Sin embargo sé que no es así. Trato de encontrar una ventana abierta o algo que me permita ver dentro sin ser descubierto, pero todo está cerrado. Vuelvo a la puerta de entrada. La música se para. Oigo el murmullo más cerca y me escondo entre unos matorrales por si sale alguien. Espero unos minutos pero no sale nadie. Vuelvo a acercarme a una de las ventanas. En ese momento, veo a mi lado, a una de las dos chicas. Es la que miraba al rumano desde la caja. Me mira con temor. Yo dudo entre salir corriendo hacia el coche o justificarme. Nos quedamos callados mirandonos. Ella no reacciona. Simplemente me mira. Yo la miro, porque el modo en el que me mira me resulta hipnótico. No sé cuanto tiempo pasa. Se da la vuelta y vuelve dentro. Yo vuelvo al portón de la entrada, salto y voy hasta el coche. Enciendo la radio. Suena una guitarra. El locutor, con voz pausada, cuenta algunas anécdotas que rodean la grabación de la canción. Conduzco hasta casa.

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