lunes, diciembre 26, 2011

Historia de Claudio y Linda

 Linda Delgada tenía algo perverso en mitad de tanta pulcritud. No era perversa en lo evidente, ni siquiera en lo oculto. Era perversa en lo que no había, en lo que no tenía. Todas las ausencias, todos los silencios, toda esa ingenuidad estaban proyectando un mundo atroz y retorcido en Claudio C. Claudio C. de ese modo, no podía encontrar el sosiego, porque el mundo se revolvía a cada instante. Todo lo que circundaba a Linda Delgada se volvía terrible, por qué formaban una telaraña de amenaza, de lejanía. Lo ideal para Claudio C. hubiera sido encerrase, como hacían tantas tardes, en su habitación a dejar pasar el tiempo mientras, esporádicamente y movidos por impulsos o latidos iban haciendo el amor. Linda Delgada asumía sin interrogaciones trascendentes aquellas tardes lentas, algo aburridas, dispersas. A Linda Delgada le gustaba hacer el amor con Claudio C. y el tiempo intermedio pensaba en las palabras desperdigadas de Claudio C. Monólogos extensos sobre un Dios en el que no creía o sobre una bruma metafísica en que sentía que ambos flotaban. Muy pocas veces y con cierto pudor, Claudio C. le leía algún poema escrito la noche anterior.

 Linda Delgada viajó con su familia un mes. Claudio C. conoció el peso de la imaginación. Sumaba días para restar tiempo. Cuando volvió Linda Delgada le pareció irrealmente hermosa. Como si en un mes hubiera vivido una vida. Claudio C había proyectado imágenes desoladoras o terribles en su habitación. Había esperado su llegada y cuando se encontraron vio que Linda Delgada era otra Linda Delgada por la que había transcurrido un mar de sucesos. Sucesos lejanos, incomprensibles, estrechos, o que se iban estrechando en su cabeza. Claudio C. cambió el modo de hablar con Linda Delgada se volvió más nervioso. Linda Delgada le despertaba desasosiego. Ella se mostraba más cercana. Lo había pasado bien, pero se había acordado mucho de Claudio C. Para Claudio C, no obstante, la duda permanente era saber la cantidad exacta y precisa de tiempo que había pensando en él durante aquel mes. Ella no sabía responder porque todas las preguntas al respecto de Claudio C. contenían varias opciones de respuesta encriptadas. Para Claudio C, en el fondo sólo había una respuesta, ella tendría que decir que había pensado dos meses en total. El mes entero había pensado dos meses o tres. Claudio sostenía sin decirlo verbalmente, que él había pensado medio año en ella mientras había transcurrido ese mes fuera. Esas formas improbables de conceptos temporales fueron aniquilando las conversaciones entre los dos. Para Claudio C. el mundo se convirtió en una cerradura, un lugar al otro lado de la puerta. Para Linda Delgada Claudi C se convirtió en la puerta irremediablemente oxidada que la alejaba de otro tiempo que se quedaría brumoso en su memoria.

 Con los años, no se volvieron a ver.

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