miércoles, mayo 25, 2011

Paseo por el barrio

Suena algo en la calle estrecha. Suena música que viene desde la calle donde termina esa calle. Es música, aunque a él le da la sensación que lo que suena es el verano, esa lentitud de las cosas cuando casi anochece en verano. Hay ventanas abiertas y en un balcón una tipa habla por teléfono mirando a la calle, está descalza y sonríe. Entra en una tienda, el dependiente mira una pequeña televisión donde se suceden imágenes indescifrables, al fondo, donde están los embutidos y los quesos, hay una chica, es extranjera, y no levanta la cabeza, juguetea con algo entre las manos. Durante unos segundos parece como si él no estuviera. En el local hay una tremenda sensación de calor, casi como si fuera un bloque. Coge bebida, algo rápido de comer y paga. Mientras el dependiente cuenta y devuelve, él desvía la mirada hacia el fondo, la chica sigue ajena a todo, a la tienda, al dependiente, a los embutidos, a él, pero no es ajena al verano. Es como si ella, incrustada allí al fondo anunciara el verano, el verano inamovible, ese que detiene el tiempo justo cuando va a anochecer. Cuando sale a la calle, por la acera pasan dos tipos caminando lento, hablan de cosas livianas, importantes, porque no trascienden. El mira de nuevo al balcón, la chica que hablaba por teléfono ya no está, camina por todas las calles estrechas del barrio. En una esquina una pareja se despide dulcemente, alargan la despedida y le miran pasar. Poco más allá, un tipo pasea el perro, el perro parece estar buscando una calle que no existe o que no se ve, una calle lejana o inaccesible y el tipo parece agarrotado en una calle que desapareció y ambos caminan como si esa calle, por la que ambos van, perro y dueño, fuera un punto de encuentro extratemporal entre la calle invisible del perro y a calle que desapareció del hombre. Llega a un banco. Durante unos minutos piensa que le gustaría que sucediera algo, algo tremendo, volcánico, un giro, pero pasado un rato decide que lo mejor es esa forma del tiempo leve pasando de puntillas. Abre una lata de cerveza y recuerda a la chica extranjera al fondo, en la tienda. Según la recuerda piensa que seguramente, si volviera a la tienda en ese instante, la chica no estaría y por más veces que fuera nunca estaría y sólo estará un día suelto del siguiente verano, cuando para todo, para absolutamente todo, haya transcurrido un año.

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