miércoles, mayo 18, 2011

Canción

Queda poco para que acabe esta canción. Lo idóneo, en este momento, sería que la canción fuera eterna. Que durara siete u ocho días, que este momento no fuera un momento sino que fuera una época. Le quedan segundos, la conozco, conozco esa cadencia, esos susurros que vienen de habitaciones lejanas, ese ambiente casi fantasmagórico, ese drama invisible, esas cuerdas terribles que son poco perceptibles. Esto no debería acabar, ¿Por qué las canciones tienen que acabar? La posibilidad de ser sonido, de ser parte sonora de esto que agoniza. Habitar entre una nota y otra, ser esa tecla aguda de piano lejano que acaba de sonar anunciando, definitivamente, el instante final de agonía de la canción. ¿Por qué no vivir en la canción? Igual el instante que agoniza es eso, soy yo perdiéndome en la acústica invisible de la habitación, llegando como un sonido comprimido a otros lados de este hotel, atravesando el pasillo de este tercer piso. Llegando como amontonado con los otros sonidos allí donde me voy haciendo inaudible. Se cae, se cae el sonido, se va, termina. Final a negro.

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