sábado, mayo 07, 2011

En el coche

¿Nacemos solos? No nacemos solos. No nací solo. Estoy solo ahora, pero no fue así en el principio. No recuerdo mi nacimiento, recuerdo las primeras épocas, el entorno amable. La levedad de la primavera, sábados en la finca, la risa de una familia unida en el éxito social, los privilegios de una burguesía honesta. Las relaciones entre primos, los juegos entre árboles mientras el sol anunciaba que empezaba la mejor época del año. Las conversaciones largas con los tíos más jóvenes, el descubrimiento de autores, las primeras noches, los experimentos con las drogas, el alcohol. Recuerdo siempre gente, una prolongada familia unida en la experiencia vital. Luego viajes, amigos. No nacemos solos, nacen solos algunos, no todos. Nacemos. Todos nacemos. Ahora, sin embargo, estoy estacionado aquí, frente a este edificio gris, un parking medio vacío, portales por los que hace rato que no pasa nadie y algo de lluvia. Hay luz en la habitación, una luz tenue, la misma luz de siempre. No recuerdo porque escogimos ese apartamento. Nos gustaba el entorno arbolado, nos entusiasmaba la posibilidad de pasear por esos bosques de alrededor los fines de semana. La urbanización agradable y silenciosa. Cosas que luego importan menos de lo que se piensa en el momento de la decisión. Nunca paseamos por los bosques juntos, si acaso, en la última época iba yo solo. Me anochecía ahí dentro y volvía a casa, cruzando ese portal por el que hace rato no pasa nadie y subía y tu tardabas en aparecer. Casi no hablábamos ya y yo que me pasaba el día en casa hubiera hablado con los árboles. Hay luz, esa luz tenue que dejaba encendida cuando me ponía a leer. Me fui porque cuando me fui creí que volvería a casa, un avión, un océano de por medio y otra época atrás. Me uniría a la vida familiar que seguía intacta allí, en casa. Sin embargo prolongué la decisión. ME alquilé un apartamento en el centro de la ciudad, donde a ti no te gustaba vivir. Bien pensado, jamás viviría en esta ciudad, pero el azar juega sus cartas de un modo no siempre comprensible. Me adapté a una forma extraña e inconsciente de espera. Hay veces que esperas nada, algo, una vibración, un movimiento sísmico, un maremoto, el deshielo. Empecé a frecuentar un local, había buenos conciertos, conocí a gente en ese local. De todo había algo importante, yo había vivido siendo parte de un nucleo. Cuando perteneces a una familia así, no hay vacío, eres parte de un sistema planetario sólido, que gira alrededor de una idea común que todos desconocen pero que se asume. Desde que vinimos a esta ciudad comprendí que hay formas fugaces de existencia, nómadas. En el local veía conciertos y bebía y charlaba. A veces salía con alguien de ahí, cogíamos el coche y conducíamos a otros sitios. Conocí una forma de ciudad que habíamos ignorado al llegar. Locales tristes, con gente triste o locales animados con gente que no sabía que era tan triste o gente que parecía triste pero era enormemente alegre o gente alegre que desconocía el significado real de su tristeza o gente que se regodeaba alegremente en la tristeza. Volvía a casa de madrugada y comprendía que no había nacido solo, que hay quien nace solo y quien no. Tampoco se muere solo, sólo unos, otros no. Hay luz en la habitación. Y estoy en este parking donde hace un tiempo soy ajeno. Los ciclos, las rutas vitales. Mira donde estamos ahora. Ahora encenderé el motor del coche, carretera al centro. Ese trayecto que recorríamos entonces, medio callados. He conocido grupos interesantes, alguna música que te habla de cerca. A veces duele, a veces dudo, como si en verdad, en el fondo creyera lo opuesto de lo que creo. Como si todos fuéramos varias cosas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

"A veces duele, a veces dudo, como si en verdad, en el fondo creyera lo opuesto de lo que creo. Como si todos fuéramos varias cosas."

Vivo en un búnker que sólo tú puedes atravesar con rayos-x.

No. No nací sola. O sí, pero ya no lo estoy.

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