viernes, abril 01, 2011

Vida de Zeus

Desde ahí arriba no se ve toda la ciudad, pero si al menos la parte noroeste. Se ve como un trozo descolgado, como algo que está ahí y es recorrido por corrientes de viento y frío. Cuando arriba nieva se ve ese trozo de la ciudad como una tarta y algo más lejana. Generalmente, Zeus, se queda arriba pasando el invierno, esperando que pasé ese tiempo indeciso y amorfo del invierno. La vida de Zeus en ese pueblo es lenta. Las casas están, la mayoría, abandonadas y quedan doce o trece habitantes que charlan lo justo entre ellos, no por conflicto, sino por desidia. Zeus, con casi sesenta, es el más joven. Zeus, seguramente, es el único que se asome al mirador a contemplar la ciudad allí abajo, al píe de la montaña. No siente nostalgia por la vida allí, mira por saberse ajeno, totalmente descolgado de ese ritmo, de esa aglomeración. Le gusta pasar un rato mirando, recordando a amigos que están atravesando en ese instante las calles. Luego vuelve a la casa, se enciende la chimenea y se queda esperando la noche, porque la noche en ese pueblo es densa, tremenda, ensordecedora porque casi se puede alcanzar el silencio. Cuando llega la noche sale a dar una vuelta, el pueblo está atravesado por el frío y por unas pocas luces de farolas mal puestas. Sube hasta la parte más alta del pueblo donde arranca el monte más frondoso, huele la humedad mezclada con las encinas, con los helechos y se queda pensando en cosas distintas. Mira arriba, el cielo, exagerado, se abre y no se cierra. Hay más luz de la que se sospecha, millones de puntos de luz imposibles de contar. Los mira, mira puntos lumínicos al azar. Su pragmatismo le impide ciertas poesías, ciertos simbolismos, se deja absorver por esa maraña que siempre le traslada a recuerdos imprecisos, a sensaciones difusas. Ya no fuma, sólo suspira. No emite su voz, se ha acostumbrado al silencio. Luego baja por la misma calle, el silencio le recuerda esa soledad escogida, esa firmeza ideológica. Abre la puerta de su casa, esa casa vieja, llena de una memoria poco clara, historias borradas de antepasados, de cuando ese pueblo no era casi fantasmal, esa memoria a la que está tan unido y de la que huye sin huir, sin enfrentarla. La chimenea humea, está agonizando, emitiendo una serie casi irreal de colores encendidos pero casi apagados. Se sienta y lee. Lee algo y se va quedando dormido. Mañana será otro día.

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