domingo, abril 03, 2011

M Muro

La extraña cadencia en el andar no era gratuita. Viéndole venir, M Muro, pensó que aquel hombre no podía ser un tipo corriente. Un tipo corriente no camina así, ladeado hacia la izquierda, pero sin obviar, en el último instante la importancia que la derecha necesita para el equilibrio. Desacompasado, pero no un descompás caótico, antiestético, sino un descompás amable, como esos ritmos sincopados primarios, provenientes casi de la música más tribal, más primitiva. No había orden, pero tampoco un desorden. M Muro no supo si anticiparse, salir al paso y presentarse o esperar los metros que le quedaban para disfrutar un poco más de ese venir, de ese sentimiento peculiar que es ver a un desconocido que sabemos que en segundos dejará de serlo y que incluso, por el trato que habrá. cabe la posibilidad de que se convierta en alguien cotidiano, de un trato sino íntimo si constante, al menos esos próximos días. Finalmente le dio alcance y M Muro se presentó, el otro, con voz grave, sumamente pausada y y profunda dijo que era un placer:

.- Me conocerás por muchos nombres. Son muchos, son variados. Has oído hablar de mi, lo se. Nadie puede obviarme. De todos mis nombres, de todos los que me han puesto yo prefiero uno, el único, el que contiene los demás. M Muro usted puede llamarme Diablo. A secas.

M Muro dudó, la tarea era compleja, difícil, pero estaba dispuesto. Giraron la esquina y sintió la seguridad del poder, la fuerza de saberse dueño de algo, de cosas inapreciables, abstractas, terribles, pero dueño de algo o, quizá no dueño, pero si el que acompaña al que incendiaría las calles ese día y los venideros. M Muro cumplió las ordenes. Empezaron los días oscuros.

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