lunes, abril 04, 2011

El final de la época del parque

A mi me aburría el parque. Me aburrían los ritos primitivos, la falta absoluta de ingenio, el desierto emocional, la apatía, sin embargo con dieciséis años uno tiene poco dominio de sus apetencias, se decide todo por un obtuso instinto de supervivencia y puedes caer en una forma de ocio lánguido, basado en la más pura inapetencia. Siempre he creído en la insatisfacción como motor, pero la insatisfacción también genera auténticos monstruos de la quietud. La insatisfacción mueve a algunos al precipicio, a otros los deja apalancados en sus barrios, en sus calles, en sus habitaciones. Atemorizados ante la nada, ansiosos de la nada. Los del parque nos movíamos ahí, en esa terrible quietud. En verano caía el hachís descomunalmente, caía como un derrumbe insalvable, como nieve en estado de urgencia, como esas casas que se vienen abajo de repente, derrotadas. LLegaba al parque casi al anochecer y fumaba, fumaba y bebía bebida mala y nos emborrachábamos linealmente, que es la peor de las borracheras. A Floro y a Dick les daba, sumidos en una ceguera oscura, por inventarse juegos bélicos, juegos raros donde unos se golpeaban a otros entre risas desganadas. A mi todo aquello me parecía periférico, periférico en el sentido de que la vida, la autentica, estaba sucediendo más allá, lejos de ese parque, lejos de esa gente. De madrugada llegaba a casa caminando a trompicones, me lanzaba a la cama y me quedaba un rato mirando las luces de la calle reverberando en mi habitación. ponía un disco a poco volumen, pegaba la cara al altavoz y escuchaba, mientras me iba quedando dormido. La música tenía algo de salvación, de contraste. Como esas medicinas de choque, bruscas, pero que a la larga curan. Aquellos grupos anglosajones que parecían venir de un sótano húmedo, tremendamente frío, contrastaban enormemente con el calor de entonces, un calor pegajoso, aplastante. A mi me aburría el parque porque me aburría todo entonces. El hachís era una vía de escape repleta de mierda, un túnel por el que avanzas entre ratas y escombros y goteras de las que cae restos de cañerías viejas, un túnel que al final daba a otro túnel y ese túnel no era más que la puerta a un inmenso laberinto de túneles sin salida, pero fumaba como si me fuera la vida en ello. El hachís, el hachís malo, el que fumábamos, daba la sensación de ser un invento químico de un gobierno totalitario para mantener a la juventud en los márgenes de la idiotez, para controlar cualquier vestigio de subversión. Así que en el parque, fumábamos y nos reíamos durante minutos o segundos o años, de cualquier acontecimiento vacío, carente de sentido, encontrando una comicidad balurda. Así fue durante mucho tiempo. Una época que se fue prolongando hasta que una noche, toda la subversión anestesiada durante meses se acumuló en mi puño y sin motivo aparente, una noche propiné un puñetazo a Dick. Él hablaba, porque Dick siempre hablaba, mucho. Hablaba desde una lejanía tremenda. Se burlaba de cada acontecimiento que sucedía en ese micromundo del parque. De alguna manera Dick tenía algo de príncipe, príncipe de ese reino anodino, de ese submundo. Dictaba el humor, dictaba las conversaciones, decía que música era la buena, se burlaba de los otros, de sus deslices, de sus borracheras y él permanecía intacto. Aquella noche hablaba y le llegó de la nada, como una nave espacial despistada, un puñetazo a la boca, un puñetazo que contenía meses de vaciedad. Dick cayó al suelo y yo salí corriendo, porque yo era malo para las peleas. Corrí calle arriba. Mientras lo hacía, afectado por el hachís, imaginé que las calles no acababan, que pasaría una vida corriendo, sintiendo el aliento de Dick en el cogote. Corrí hasta quedar tendido en un otro parque, un parque que estaba más allá de nuestro barrio. Un barrio al que nunca íbamos. Me lancé al suelo y me quedé viendo la cúpula celeste. Respiré hondo. Cerré los ojos. Pasé un rato largo así.

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