miércoles, abril 20, 2011

Futuro

A Dolores la conocí en un bar que abría a las tres de la mañana cerca de la calle baja. Era un bar que ponían música muy rítmica, muy incendiaria, como si bailaran demonios simpáticos. Sonaban bongos frenéticos y bajos muy orgánicos, el sonido de la batería de esas músicas provenía de un modo espacial extraño, como si soltaran a la vez la batería en otro lugar de los sótanos, desde otro local. Dolores era fea, la piel la tenía reventada, como si en su cuerpo, hacía dos milenios, hubiera habido una explosión terrible. Su voz provenía de las cavernas, de unas cavernas húmedas en subsuelos de ciudades del siglo treinta y uno. Bebía orujo y fumaba tabaco negro. Hablaba, únicamente, del futuro De un futuro hipotético pero que ella asumía real. Un futuro construido en su mente, hilado, trenzado, tremendo, donde nadie salía bien parado. Dormía poco, porque "el futuro será un lugar menos amable que el presente y este hay que aprovecharlo". Por las mañanas ponía una mesita al lado del lago del retiro y leía las cartas a los turistas y algún lugareño deprimido en busca de cualquier solución, de cualquier vana esperanza. A veces la acompañaba, me gustaba el parque por las mañanas, que parece ajeno al resto de la urbe. Sonaban músicos de mejor y peor calidad, paseaban extranjeras con las que hablaba de mentiras de situaciones complicadas y escuchaba lo que la bruja Dolores le decía a los desesperados. Comprendí que sus discursos eran cíclicos, que tenía unos quince o veinte pronósticos y que los repartía a sus clientes circularmente. Pasaba la mañana atenta, Dolores creía en sus predicciones, creía en sus intuiciones y en su "don". La escuchaba. A una Venezolana le auguró un viaje turistico terrible por España, la recomendó salir corriendo del parque, montarse a un taxi ir al aeropuerto y volver a su ciudad:"este viaje es tu fin". La venezolana aguantó el tipo hasta que la bruja Dolores le dijo:" En Sevilla vas a conocer a un hombre. Ese tipo es el diablo. No la metáfora del Diablo, no. El Diablo, el mismo Satán" La venezolana miró a Dolores y le dijo:"Verga, pero si yo mañana voy a Sevilla". Dolores sonrió y dijo:"Yo ya te avisé. Sal volando". La venezolana obedeció. A una sueca le habló del destino terrible de los nórdicos, que morirán, todos, ahogados por el deshielo. La sueca sonrió y yo me enamoré de ella. La invité a café en una terraza del parque. No hablamos. Tomó el café y se fue. Esa mañana, a última hora, me senté en el otro lado de la mesa. Le pregunté a Dolores por la sueca y Dolores dijo:"Esa chica no te conviene, cariño. Morirá de leucemia en menos de siete meses" Reí y le dije que nos fuéramos a beber. Bebimos, hablamos, de madrugada terminamos en el local donde había conocido a la Bruja Dolores. En el local, muy de madrugada, montaba unas sesiones extrañas de invocación. Los habituales atendían a sus delirios. Esa noche me habló a mi. Me habló de cuevas, de ratas, de miseria. Me predijo un futuro sin ápice de esperanza. Un futuro no incierto sino cierto y terrible, nebuloso y gris, como un río húmedo, lleno de niebla, en un día que no tendrá día después, el último día en la tierra. Me habló de una mujer, una tipa "de profesión moderna. Diseñadora o publicista. Mamarracha en cualquier caso. Te carcomerá las entrañas y tu te dejarás comer. Morirás tirado en una cuneta. En una moto gigante que habrás robado en un acto de desesperanza". Tres días después, Dolores murió de una infección pulmonar. Yo, lentamente, fui olvidando aquel futuro.

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