martes, agosto 27, 2013

Los días de arena

 A medianoche o cerca de la medianoche, no exactamente en la medianoche, no cuando el reloj se clava en esa hora imbécil que es la medianoche, esa minuto imposible del 00:00, solía tener pensamientos pesados. La medicación era contundente y ya era adicto a esas sensaciones laxas del cuerpo. No se imaginaba ya la vida sin esa pesadez ligera, porque eso era lo que le daba la morfina, una pesadez sin cuerpo, como si la gravedad se hiciera tremenda pero el cuerpo menos pesado. Si cerraba los ojos se venían imágenes simpáticas, como de otras épocas. La cabeza se le había puesto vintage: con texturas y velocidades raras. La estética del pensamiento se había ido un poco al Rococó y el contenido tenía mucho de indescifrable, aunque si se ponía fino, lograba encontrar cierta coherencia en aquellas secuencias de apariencia inverosímil. No era delirio, claro que no era delirio, lo que le producía la morfina era un colocón potente, ya llevaba muchos días consumiendo pastillitas y jeriguillazos en esa habitación amable. El hospital sí tenía eso: bien decorado, agradable. Bien mirado no parecía un hospital, parecía un lugar un poco distorsionado de vacaciones. No había piscina, por más que cuando cerraba los ojos, muchas veces, le parecían piscinas de colores peculiares. No había pistas de tenis, y a veces se le venía la palabra tenis y veía una raqueta abrumadoramente grande, deslizándose por una nebulosa hermosa, al otro lado, una tenista maravillosa, con falda al vuelo esperaba eternamente esa pelota que dentro de dos o tres siglos tendrá que devolver. La tenista es hermosa, no llega a verle la cara, pero está ahí y él desliza la raqueta en un peloteo acolchonado, esponjoso, para golpear la pelota amable hasta su raqueta, la de ella, eso sí, de tamaño real. Deja los ojos cerrados, viendo la escena hiperralentizada, mira con detalle el movimiento de piernas de la tenista; si algo tiene la enfermedad es que te pone en límites casi agresivos de sexualidad. Todo transpira sexo y hay, permanentemente, unas terribles ganas de hacer el amor. Hacer el amor con cada una de las enfermeras, con las médicos altivas y distantes, con las visitantes de las otras habitaciones. En realidad la agonía y la morfina se mueven por encima de una corriente, una corriente que si no se mira no se percata, pero que todo lo gobierna: esa corriente es el sexo. Tres noches atrás se masturbó y le costó un horror y sin embargo el orgasmo fue excelso. Las drogas, aunque sean legales, multiplican los placeres, sino no habría drogas. Se marcó una paja de campeonato en el pequeño baño de la habitación, una paja épica, porque le dolían hasta los dedos, pero la lucha del dolor y del sexo propiciaron un final, unos últimos diez segundos memorables. Se quedó idiotizado con el pene en la mano en sentado en el retrete, se limpió y volvió a la cama. Esa noche durmió mejor.

 Los días pasan que no pasan. Los días de hospital son un embutido de minutos. Como si uno mirara la arena del reloj cayendo y al final lograras ver el paso de cada grano de arena. Luego los granos de arena, eso sí,  son absolutamente indiferentes, pero sigues viéndoles caer, deslizarse unos entre otros, batallando por caer por ese agujero. Lo mismo dan veinte minutos que setenta y cuatro horas. Todo es igual, salvo las enfermeras, que con los días él logró hacer un estudio profundo de su profesionalidad. Le caía bien la que se llamaba Julia, le parecía torpe la del pelo recogido, le atraía desquiciadamente Ruth, la chica que veía en imágenes cuando logró masturbarse en el baño. Toas eran obedientes a una carpeta donde había anotados los horarios de su medicación. Él ya confundía todo, también las noches. Y así, en esa acumulación de horas indiferentes todo se fue sumando a una sola hora. Como si ya el tiempo se hubiera agotado.

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