martes, agosto 20, 2013

La noche de calor

La sucesión monótona de las horas dieron, inesperadamente con la noche. En cierta manera el día se había sucedido como una hipnosis no del todo agradable. Las horas amontonadas unas detrás de otras, como si el horario no hubiera tenido un orden y hubiera sido víctima, también, del calor terrible, de la temperatura extrema y de la falta de brisa. Aquel verano fue cruel, porque no dio tregua. Ni hubo tormentas, no hubo noches pausadas. Se implantó el calor, dictatorial, a mediados de junio y no ceso en su crueldad hasta la mitad de septiembre. Imponente, castigador, permanente. Quizá, aquel día de agosto, si cabe, fue el peor. La noche se asomó con indiferencia, quizá la desaparición de la luz, daba cierta tregua, pero el calor seguí ahí.  Salió al balcón. Vio el mar como el que ve lo indescifrable. Se juntaba aquella masa negra de agua con la otra masa negra eterna del cosmos sobre la tierra. Una mínima luz atravesaba el horizonte, un barco de pescadores quizá, una patrulla policial haciendo ronda. El mar y su silencio nocturno son terribles, en esa quietud se esconde otro cosmos: igual de bestial, igual de salvaje, igual de terrible. Pensó en Marco, aquel amigo de la universidad que perdió la cabeza y se suicidó y se encontró su cuerpo en el Pacífico. Marco, alumno prodigioso, con talento para el estudio que pretendió ser poeta y luego músico y terminó dominado por la furia del cerebro. Se imaginó el mar con esa permanente furia de corrientes invisibles, transportando de todo, arenas, cuerpos inertes, vidas indescifrables. La temperatura no bajaba en la costa ese año, ni siquiera cuando ya entraba la madrugada. En el balcón se quedó quieto, como si moverse fuera un acto de guerra. No hubo brisa, en cierta manera el universo parecía detenido: el mar estático, la noche inmóvil. Tuvo la duda de si realmente algo se desplazaba temporal y espacialmente esa noche. Sintió un vértigo extraño, un vértigo lejano, un eco de algo que no le pertenecía. El calor no remetía, nadie sensato podía plantearse dormir aquella noche. Mejor el insomnio y esa extraña quietud que el nervio del calor en el colchón y la posibilidad casi absoluta de las extrañas pesadillas. Cerró los ojos, así como estaba de pié, la vida le pareció, de repente, un azar demasiado extraño, casi improbable. Escuchó pasar un insecto, quizá una mosca. Sólo ese zumbido le hizo creer que el universo aún permanecía activo, que aún había existencia.

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