viernes, agosto 23, 2013

La olimpiada literaria

 No recuerdo ni un veinte por ciento de mis textos. Desde el dos mil tres escribí compulsivamente, casi a diario, sin demasiado freno y dominado siempre por un espíritu de aprendiz. En escribir, para mi, siempre hubo una carrera de fondo. En verdad escribía como el que se entrena para una prueba o quizá para una olimpiada. Como esos que se entrenan en el silencio, perfeccionando una técnica muy lentamente, limando permanentemente miles de imperfecciones. Creo que evolución hubo, los textos de los dos o tres primeros años son repulsivos, llenos de torpezas, sin corregir. La idea en aquel momento era tirar para adelante. La obsesión del texto era la idea, el juego literario, el recoveco y cierta sorpresa en los finales. No sé en qué momento hubo cierto avance. No es que fuera bueno después, pero hubo algo más de dominio, leve, aún terrible, pero sí creo que hubo cierto avance. Aún seguía dominado por ideas que me atacaban en la calle, por imágenes del metro o de una tienda, por una frase escuchada. Sólo hay una virtud en lo que he escrito, la perseverancia. Atacaba con disciplina y con fe, cada mañana, un texto que había masticado el día anterior. Escribir me ha hecho algo más sano mentalmente, eso también ha sido extremadamente positivo. Texto a texto, casi como un diario de pequeñas ficciones, escribir ha venido conmigo todos estos años. No niego cierta relación casi religiosa: escribir, a su manera, ha sido para mi como el que va a rezar, un hilo conductor. He ido notando cierta mejora, no seamos tan despectivos conmigo mismo. No aporto nada, absolutamente nada a la literatura, pero en la batalla solitaria, si creo que la insistencia me ha llevado a no rechazarme y a cierta mejora. También he abandonado vicios. Escribir sigue siendo un rezo, pero ahora, además, hay ligereza. Creo que los años lo que hacen es dejarte asumirte. Ahora asumo con facilidad extrema que soy esto, estos textos solitarios. Sigo aquí, entrenando día a día, tratando de pulir una torpeza innata, la falta de solidez, sabiendo entrenando para esa olimpiada que jamás se celebrará.

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