miércoles, agosto 28, 2013

El sabor de los tomates

 Se despertó tarde, casi a mediodía. Había soñado algo poco concreto: una ciudad difusa, como siempre, esa hora rara antes del anochecer, contaminación y luz solar decadente, unos individuos con características indescifrables; todo terriblemente críptico. Al abrir los ojos el golpe del primer día nublado después del verano. Afuera sonaba un helicóptero, imaginó a un presidente, a un ministro o a un par de policías sobrevolando con desgana, rutinariamente, la ciudad. Camino de otro punto donde alguien esperaría. Recogió del suelo la ropa y bebió un sorbo de agua desmesurado desde el grifo. Se miró las manos y las tenía agrietadas, los días de playa habían humedecido la piel y ahora, en el clima seco de la ciudad, la piel se resentía. Miró el teléfono, algún mensaje impreciso y poco importante, ojeó el correo y alguna información del día. Sintió un golpe de pesimismo básico, en bruto, sin pulir: el mundo es una mierda, pensó sin demasiado esfuerzo. Pensó en la diferencia que había en ese momento en ser Sirio o no serlo y que le había llevado a él, que camino inescrutable y tremendo, a no ser Sirio y ser español. Imagino ramas, bifurcaciones ancestrales, laberintos genéticos, movimientos territoriales, todo a una velocidad extrema, y de repente él ahí, sentado en esa silla de Ikea, mirando por la ventana. 2El mundo fue y será una porquería", la popular melodía la silbó, no sin cierta sorna.Se preparó un café en esa máquina regalada. Cayó el café con esmero, casi imposible, demasiado artificial. Lo bebió acostumbrado a ese café no café. Pensó en el café y luego en las verduras: "la batalla la perdimos en las verduras, cuando el tomate dejó de ser tomate. Cuando aceptamos que esa abstracción también era un tomate". Se fue al baño. La casa crujió, quizá en el pasillo, quizá la madera del parquet. Orinó con desgana. Luego busco crema hidratante para las manos, la sequedad de la piel era un poco insoportable.  Volvió al salón, contestó algunos mensajes y sintió cierto hastío del teléfono. Tuvo ganas de empotrarlo contra la pared. El teléfono le pareció, de repente, que le estaba quitando matices a la vida, nos igualaba demasiado, pero nos igualaba en lo monótono, en la dinámica. Nos estábamos haciendo siameses en el patrón de comportamiento. Lo miró con recelo, como el adicto a una droga ilegal mira el jeringuillazo que está a punto de meterse y sin mucho aspaviento lo lanzó contra la pared de enfrente. Le gustó ver los pequeños pedazos, casi como una suerte de obra postmoderna, esparcidos por el suelo, chips y trozos de cristal como metáfora de algo que no se entiende del todo. Por supuesto tuvo un vestigio de arrepentimiento, luego se sintió heroico y luego nada, no sintió nada o sintió cierta gracia infantil, como cuándo robaban en la tienda de paquita. Se preparó un sandwich que comió a intervalos mientras se vestía. Salió a la calle y a ratos se sintió superior a todos los que caminaban mirando el teléfono. Sintió que ya estaba todo superado, que empezaba una nueva etapa, que daría charlas a los adictos no reconocidos. Vendría una nueva era, la era post tecnológica. El ser humano volvería a buscar el sabor del tomate. Lentamente pero sin pausa toda esa velocidad innecesaria se iría frenando y llegaríamos a la pausa.  Luego se detuvo en un escaparate de una tienda de telefonía, "que más da2, pensó, tampoco está tan mal. Vienen bien y uno no puede ir siempre a la contra. Entró y se compró el iPhone 5. Por fin lo tenía. Se había deshecho de su iPhone 4S y ahora el cinco y todas sus prestaciones ya estaban en su mano. Fue a casa como niño con zapatos nuevos. Esa noche cenó ensalada de tomates con ventresca.

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