martes, agosto 13, 2013

El alemán

 El alemán recorrió toda España buscando rastro de un pintor por el que se había obsesionado. El pintor, abstracto y terrible, había tenido algún breve momento de gloria, alguna exposición menor en pueblos de provincia y alguna venta generosa en la década de los setenta, pero jamás ocupó bibliografía de expertos, ni perteneció a ninguno de esos férreos grupos de la élite artística. De lo poco que se sabía de si biografía, daba notas sobre un autentico artista atormentado y terrible, con profundísimas crisis que alcanzaban cotas peligrosas de violencia. Se sabía de muchas peleas, muchísimas. Muchas veladas de su vida debieron acabar a golpes en plazas de pueblos de provincias españolas. Se sabía de una vida llena de mujeres y alcohol, rozando la pobreza permanentemente y huyendo de ella rodeado de amigos con poder. 

 El alemán persiguió la obra del pintor por toda España, llegó a Extremadura. Conoció pueblos pequeños, fríos en invierno, terriblemente cálidos para un alemán blancucho en verano. Encontró obra del pintor en lugares insospechados. En bares tradicionales, colgados con desgana, había cuadros, esos cuadros tremendos, llenos de trazos negros, de tamaño imponente, desgarrados. Allí, casi como trozos de paredes llenas de humedades, ignorados por los habitantes de pueblos lejanos, encontró el alemán hasta setenta cuadros. Los fue comprando uno a uno, bajo la mirada de recelo de cada uno de los vendedores. Como si la compra del alemán escondiera algún acto subversivo o casi terrorista de carácter desconocido. Así recorrió toda Extremadura, pueblo a pueblo, bar a bar, alcaldía a alcaldía. Terminó en una finca descomunal, cuya dueña, una joven heredera, permanecía aislada de toda forma de vida. El alemán se enamoró sin control, sin límites, como sólo se pueden enamorar los locos. La chica casi nunca hablaba, el alemán sólo hablaba del pintor, no obstante se emparejaron. El Alemán se instaló en la finca. Hacían el amor siete u ocho veces al día. Luego callaban. El alemán construyó con cierta torpeza, pero con pundonor, una nave amplia y diáfana en un trozo de la finca. Allí instalaría toda la colección que había obtenido del pintor. Un museo sin visitantes. Tardó ocho meses en concluir su obra. El día que terminó la obra e instaló los cuadros llevó a la muchacha, que hasta ese momento no había visto nada. Entraron a media mañana. Ella lloró con emoción levemente contenida. Sin hablar se quedó cinco horas mirando cuadro a cuadro. Él, sentado en una esquina, estuvo las cinco horas viéndola recorrer su obra, viéndola mirar cuadro a cuadro. Al terminar ella se acercó, le besó en los labios y sin cambiar el gesto le dijo: deshaz esta atrocidad. Él la miró esperando el gesto que convirtiera la frase en una broma. Nunca llegó. Ella salió de la nave. Él se quedó mirando algunas horas más todo aquello. No pudo o no tuvo indicios de cuando empezó el fuego. Cuando se quiso dar cuenta la nave ardía. Al alemán, por más que lo intentó, no le dio tiempo a salir.

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