viernes, agosto 09, 2013

Ivana Torres

 La última vez en mi vida que vi a Ivana Torres me la crucé en un semáforo de la glorieta de Bilbao a las tres de la mañana. Hacía un frío terrorífico, una de esas noches de diciembre que el ambiente parecen agujas invisibles. Hacía seis años que no la veía, quizá algo más, y ese encuentro anterior había sido a ocho mil kilómetros de ese semáforo de la glorieta de Bilbao, donde conocí a Ivana y una generación de gente que se había ido quedando atrás: exactamente a esos ocho mil kilómetros de distancia. Dudé muchos segundos en saludarla porque Ivana no me parecía Ivana o me resultaba sorprendentemente extraño ver a Ivana en esa esquina de Madrid. Ivana se había diluido en los días, en los años y jamás me hubiera imaginado cruzarme con ella, en mitad de una madrugada de Diciembre, en una esquina tan lejos de aquel sitio. Yo venía de una cena de navidad con gente a la que con el tiempo también dejé de ver, una cena de navidad aburrida, en la que bebí con desgana una cantidad abrumadora de cervezas. En la esquina de Bilbao, buscando un taxi con poca fe, vi a tres personas esperando a que el semáforo se pusiera en verde. Miré a esa rubia que en ese momento era un poco menos que entonces, escuché su voz, su acento, miré con algo de descaro el cuerpo y pensé sin demasiada poseía: "Coño, esta es Ivana". La tenía justo delante de mi, algo más gruesa que aquella post adolescente excitante de entonces, vestida de un modo algo acartonado, pretenciosamente elegante, un estilo de alguien más mayor de lo que Ivana era entonces.

.- ¿Ivana?- se giró más con cara de susto que de curiosidad. El acento y ese tono de voz levemente empalagoso seguía ahí.

.- ¡Iñaki Valle!- dijo forzando la sorpresa alegre.

.- ¿Cómo te va Ivana?

 Creo que nos abrazamos con educación. Intercambiamos algunas palabras, creo que nos cambiamos los números de teléfonos. Quedamos en llamarnos alguna vez. Una conversación velocísima, impregnada de un no saber que decir permanente. Evidentemente no volví a ver a Ivana.

 La vida de Ivana a partir de entonces no debió ser nada sencilla. Supe que vivió en Boston. Conoció a un americano con un futuro prometedor en las finanzas. Se quedó embarazada creyendo que ya venía una vida estable. El buen muchacho se largó con una azafata a Canada. Ella, embarazada de siete meses se bajó a Miami a vivir con el hermano. Buscando apoyo familiar. El hermano intentó ser amable, pero estaba empantanado en un negocio ilícito y terminó huyendo a Venezuela, donde habíamos empezado todos.  Tuvo un parto terrible en una clínica privada. El padre de la criatura no dio señales de vida.. El muchacho nació con múltiples problemas. Rodeado de tubos, lleno de complicaciones y con una esperanza de vida mínima. Ivana se entregó en cuerpo y alma en cuidar a ese cuerpecito. Ivana se entregó a Dios o una forma de Dios y una forma de gratitud abismal. Para Ivana todo estaba lleno de mensajes y esos mensajes había que ayudar a los demás a descifrarlos. Se mudo de Miami porque entre otras cosas el clima era nefasto para la frágil salud del bebé. Volvió a Boston. En Boston pasó un invierno duro, pero se dedicó con esfuerzo a cuidar del niño y a formar un grupo de rezo y de transmisión del mensaje de vida que estaba convencida haber entendido. El niño, antes de los dos años, murió. Ivana entonces navegó más que vivir navegó porque flotaba por un limbo acuático. Buscó al padre de la criatura, el hombre respondió como pudo, pero muy torpemente, a la situación. Ivana volvió a Miami donde vivía ahora su padre con su nueva mujer, la cuarta. El padre seguía siendo serio y esquivo. El hombre le ofreció una ayuda relativa en la que basicamente él no sacrificaba nada. Vivió un par de meses en una habitación de la casa del padre. Se fue. Volvió a Venezuela y Venezuela estaba metida en un maremoto inexplicable, nada era lo que recordaba, porque Ivana había conocido un esplendor que ya le estaba negado: Ivana había sido una adolescente envidiable. Popular, hermosa, apoyada por sus padres, estudiosa, con dosis perfectas de diversión sin caer en la perversión y ya nada quedaba. El matrimonio de sus padres, exitoso en aquellos años, terminó con violencia, la madre seguía viviendo en aquella casa donde todo fue brillo y ahora era decadencia. Consumida por los antidepresivos, había engordado hasta la obesidad y no hablaba con nadie. En Venezuela, Ivana, sintió la desgana, y perdió la fe en su mensaje de vida. Buscó con desespero a aquella adolescente que jamás volvió.

 Anoche soñé con Ivana. Soñé que volvía a aquel edificio donde fuimos vecinos, donde nos conocimos, donde alguna vez me masturbé después de verla pasar desde la ventana de mi habitación. Soñé que entraba a aquellas torres y que en el descansillo entre el sexto y el séptimo me encontraba con ella. Nos abrazábamos y me preguntaba por mis padres, le contestaba fugazmente: mi padre murió hace muchos años. Ivana me miraba con cara de sorpresa y de cierto temor:

.- Iñaki. Iñaki, tu padre sigue viviendo ahí, en el décimo piso.

Desperté sobrecogido. Por la ventana entraba una brisa agradable. Me costó un rato volver a dormir.

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