martes, junio 29, 2010

Cristal

A mi me parecía que todo se había vuelto de un modo ciertamente cristalizado. Si levantaba la vista hacia lo lejos las cosas se convertían, se cubrían de esa leve deformación, los perfiles se modificaban y todo se convertía en algo lejano e inalcanzable. Además que aquel cristal invisible tendía al azul pero ese azul que apenas se nota. Hay un azul que parece que no está. Todo estaba cristalizado en ese momento, como cristalizado era, en cierta forma, lo que iba sucediendo alrededor. En la mesa de al lado unos belgas hablaban de un modo cristalino, sus voces estaban sostenidas por un muro de cristal. Llegué a pensar que entre mi mesa y el resto del mundo había un muro inapreciable de cristal. Me levanté y al contrario de ese conclusión el muro pareció venir conmigo. Anochecía y caminé por aquellas aceras poco transitadas, algunas luces de coches pasaban de un lado al otro y mi cristal transformaba los destellos en círculos que recordaban a las perlas, perlas rojas, perlas verdes, perlas de humo. Levante la veista, a lo lejos un reloj anunciaba la noche. En esa ciudad anochece tarde en verano y el calor es leve. Recuerdo en ese instante una triste balada que fue un éxito comercial, basada en unas guitarras que se resbalaban y una voz profunda y nostálgica. Aquella canción te desplazaba a otra lugar, a un lugar detrás de un cristal. Pienso en ese instante que quizá aquel americano compuso esa canción en un día que vio todo tras otro muro de cristal y su canción, a su pesar, traspasó el cristal y terminó sonando en radiofórmulas. Tarareo entonces aquella guitarra triste y recuerdo que aquella canción salió en una película sórdida o en una escena sórdida. Llego a un cruce, pasa un taxi negro de izquierda a derecha lo debería haber parado porque seguramente me hubiera sacado del muro de cristal pero decido otro destino. Camino de frente, me cruzo con un grupo de jóvenes famélicos, avanzo hacia el río, me cruzo con una chica vestida de azul turquesa que mira hacia el cielo pensando que quizá esa noche llueve, entonces yo pienso que lo sensato sería no ir al río, no traspasar el muro de cristal pero no me obedezco porque de algún modo mis pensamientos racionales vienen desde el otro lado del muro. Veo pasar un coche verde, de dimensiones desconcertantes y un extraño efecto visual me hace creer que no lleva conductor. Cuando llego al río pienso en alguna película, pienso en que es extraño llegar a ese río una noche de verano. Veo la ciudad desde ahí, incrustada al otro lado del cristal. Hubiera saltado, hubiera dado el brinco y me hubiera dejado hundir, pero en ese instante veo a dos chicas en el otro lado del puente y pienso que quizá todo sea un asunto más básico. Bebo durante horas, el cristal aumenta en grosor. La mañana siguiente, sin embargo, ha desaparecido.

domingo, junio 27, 2010

Egeo

Llegué a aquella pequeña isla un día caluroso de verano a mediodía. Recordé un cuento leído en la post adolescencia, imaginé esos paisajes y sus habitantes tres mil años antes, percibí el tiempo de una manera portentosa, como si al pisar esa isla hubiera rozado una piedra que te otorga una conciencia cósmica y reveladora, la vasta e inexistente capa del pasado. Caminé por el pequeño puerto, pregunté por habitaciones y me detuve en un café a beberme una cerveza. La cerveza estaba fría y me pareció milagrosa. Pagué y seguí andando. Un poco más adelante entré en una casa con un letrero que anunciaba en mal inglés que se alquilaban habitaciones baratas. Me gustaba la idea de habitar en un casa y no en una posada para turistas. Toqué, salió una mujer mayor. La conversación fue torpe y no me llevó a nada, salvo a comprender que cerca del puerto era complejo encontrar sitio libre. La mujer me explicó que en el otro lado de la isla las cosas eran más sencillas. Salí, caminé y en el puerto alquilé, en una tienda indescriptible, una moto amarilla. Encendí la moto y comencé a recorrer las carreteras de la isla. Durante mucho rato sentí que la vida tiene instantes sublimes y mi viaje en moto por aquella isla me pareció uno de ellos. Seguí las indicaciones recibidas y llegué, finalmente, a la parte Sureste de la isla. No era exactamente un pueblo, sino un conjunto algo desperdigado de casas unifamiliares. Llegué a una que daba a todo el mar, el Egeo se expandía como un cosmos, como una metáfora brillante del tiempo. Bajé de la moto, toqué un timbre. Abrió un hombre, le pregunté por habitaciones, casi sin contestar me invitó a pasar. Subimos unas escaleras, abrió una puerta y me enseñó la habitación. Unas vistas imponentes y una luz inmensa me hicieron aceptar de inmediato el precio algo elevado. Dejé la mochila y el hombre salió. Miré mucho rato por la ventana. El mar, el mar. Miré mucho rato el agua, sus reflejos. El misterio evidente del mar. Me cambié. Bajé y pregunté por una buena excursión al silencioso dueño. Me indicó torpemente un camino a seguir que daba al faro. Salí. La zona estaba silenciosa, vacía, el calor era fuerte pero yo tenía ganas de entregarme a todo aquello. Seguí un camino paralelo a un acantilado. El mar reventaba abajo y pensé que lo hacía desde el principio de los tiempos, la reflexión me produjo una sensación abstracta de gigantismo, de espacio inabarcable. Aquellas olas reventando cada pocos segundos desde tiempo inmemorial. Seguí caminando. Alcancé el faro. Había sentada una pareja silenciosa. Ambos miraban al frente, no hablaban. No supe si saludar o sentarme algo más separado. Pasé de largo y vi que el faro tenía una puerta de acceso abierta. Entré. Subí las escaleras de caracol. Olía a humedad. Llegué arriba, sorpresivamente, allí había una mujer. Saludé, ella contestó el saludo. Miré de reojo sus piernas, su trasero y dirigí luego la vista al frente. Me quedé absolutamente fascinado con la vista. El mar de nuevo, el mar que nunca es el mismo. La mujer entonces habló, me dijo que aquella era la punta más al sur de la isla, luego contó algo enigmático sobre un hombre que habitaba allí y que estaba obsesionado con transformar el faro en el centro del universo, luego dijo que ya nadie venía al faro porque había mucha gente que creía que daba mala suerte y que incluso había quien quería tirarlo, pero que sin embargo había otros que lo querían proteger porque tenían la extraña teoría de que el faro protegía a la isla del mar, que sino fuera por el faro la isla estaría hace tiempo hundida, enterrada bajo ese mar. Le pregunté que a que vertiente pertenecía ella y me contestó que a ella le daba igual una teoría y otra, que a ella el faro la hacía feliz, que era el único sitio donde era feliz. La mujer aparte de deseable tenía un tono de voz casi hipnótico, amable, dulce. Estuve tentado de ponerme seductor, intentar sacar una cena para esa noche, un paseo nocturno con ella, pero no me dio tiempo, se giró, dijo buenas tardes y se fue. Me quedé en el faro, la vi ir por el mismo camino que había venido yo. Luego volví a mirar el mar. Mucho más tarde volvía a la casa, a mi habitación, toqué el timbre. Me abrió el hombre silencioso, al abrir la puerta vi, en el fondo del pasillo a la mujer del faro. Entré, saludé. El hombre me la presentó y ella actúo como si jamás me hubiera visto. Subí a la habitación. Me duché. Me quedé mirando desde la ventana la caída de la luz. Me vestí, escuché ruidos. Me quedé quieto. Estaban haciendo el amor. Siempre me resulta extraño escuchar los gemidos de una pareja haciendo el amor. Me puse los zapatos y pensé en salir, sin embargo, algo morboso me incitaba a seguir escuchando los gemidos de ella, imaginé sus piernas, su rostro de deseo y placer, un filtro curioso eliminaba los gemidos del hombre, lograba concentrarme sólo en los de ella, algunos segundos después conseguí deshacerme del imán y salí de la habitación. Bajé las escaleras. Salí de nuevo. Encendí al moto y me fui a buscar algún lugar para cenar. Recorrí al azar algunas rutas hasta que llegué a un pueblo en la parte alta de la isla. No daba a la costa y había más movimiento de turistas. Me senté en una terraza, pedí una ensalada y una cerveza. Terminé charlando con una gente que vivía en la isla. bebí con ellos en unos bares peculiares. Mucho rato después me preguntaron donde dormía, contesté. Me dijeron que estaba loco, que esa pareja era complicada, que el era un tipo violento y que ella era extraña, que estaba muy desequilibrada, que mejor dejara aquella habitación al día siguiente y me fuera a su posada. En medio de la borrachera dije que si, sabiendo que no lo haría, había algo allí, en aquella casa que me agradaba y aquellos comentarios me parecieron chismorreos de pueblo. Volví por la carretera oscura, muy borracho. Llegué a la casa. Abrí y toqué, era muy tarde pero no tenía llaves. Me abrió ella. Saludé. Ella fue amable, me preguntó donde había cenado, que si me estaba gustando la isla. Yo estaba bastante más borracho de lo que había sospechado inicialmente y le dije que sobre todo, lo que más me atraía de la isla era ella. Se quedó quieta y sonrió, se giró y dijo buenas noches. Subí rápido. Me tumbé en la cama. Pocos minutos después les volví a escuchar haciendo el amor. Sus gemidos eran algo más altos que los de la tarde. Creo que me quedé dormido. Soñé con un mar que devoraba hierros. Por la mañana sentí un terrible pudor, una verguenza profunda. No quería cruzarme con ella, pero tenía que salir. Bajé. Estaba sólo él. Saludé, no me contestó. Volví a subir, cogí la mochila, guardé todo y volvía a bajar, le pedí la cuenta. Me miró desagradablemente, me dieron ganas de matarle o como poco escupirle. Entró en la cocina y salió un recibo absurdo que acaba de escribir. Metí la mano en la mochila buscando la cartera pero fue en ese momento que lo decidí, saqué la pistola y le metí tres tiros en la frente. Cayó de lleno, en la caída se golpeó con la mesa. Le miré unos segundos. Sentí que le había hecho un favor a la humanidad. Ella entró en ese instante. Me miró aterrorizada desde la puerta. Pasé a su lado, un lágrima recorría su cara. Tuve ganas de besarla. ella salió corriendo hasta su marido muerto. Yo salí, encendí l moto y volví al puerto. Dejé la moto, pagué el alquiler y me monté en el primer ferry a Atenas. En el Pireo hacía un calor del infierno, allí me encontré con Vladimir. Las cosas han empeorado desde entonces.

sábado, junio 26, 2010

Hombre frente a la inmensidad

No hay entradas. No es verdad que la vida sean caminos que se abren y nosotros decidimos por cual ir. No hay direcciones. Lo que se abre es una inmensidad, no hay nada trazado de antemano. Hay una inmensidad en la noche. Todo está abierto. Bien mirado no hay norte ni sur, eso son acuerdos. De primeras ni siquiera tenemos eso. Luego, si aceptamos el juego, vamos nombrando para no sentir que la inmensidad nos devora. Esa es otra gran mentira: la inmensidad no devora, el que te devoras eres tu a ti mismo. Así que lo que tenemos es amplitud, amplitud sin límites en todas direcciones y movemos los píes sin saber, nada más, que al final sólo nos espera nuestro propio fin, lo demás no es más que nuestros pasos sobre la arena sólida de ese terreno infinito. Las opciones por lo tanto son inabarcables para la decisión. Así que el primer paso es casi aleatorio y ese sin embargo es el que decide el resto de la ruta. Primera huella, ha comenzado el resto del camino. Curiosamente después del primer paso suele aparecer la duda, el temor a la equivocación. La equivocación suele ser el temor a ella. Es ahí cuando los pasos te deciden, no tu a ellos. Asumamos quienes somos, nuestras huellas, nuestro rastro, esa ruta invisible e inexistente que somos. Sólo hay inmensidad. lo demás lo decidimos nosotros.

miércoles, junio 16, 2010

Cuento al revés

Al final esto no es más que el principio.

lunes, junio 14, 2010

Uno

De momento no tengo nombre. Tampoco se muy bien cual es mi función. No tengo espejo, jamás lo tuve, si por jamás entendemos ese tiempo que va desde la primera frase de mi existencia; por lo tanto no se como soy, como son mis rasgos, mi perfil, mi nariz, mis pómulos, mi mirada. Tengo un pasado ambiguo, como ambiguo es mi presente. Avanzo repleto de dudas, sin ninguna definición. Mi existencia se reduce a esto. Realmente aspiro a poco. Me valdría con un nombre, incluso con un mote, un pseudónimo. Eso estaría bien para empezar, poder ser nombrado y nombrarme. Un poco de biografía: Nací en tal sitio, en tal fecha. No me hace falta saber quienes eran mis padres o en que condiciones nací, ahora me bastaría con algunos datos básicos, casi lo básico para rellenar el documento de identidad, porque mi identidad, hasta el momento es apenas perceptible, poco más que nada. Saber, por ejemplo, a que me dedico. Saber si tengo profesión: Médico, albañil, cobrador de frac o espía. Aunque se que nada de eso me será dado. Caí aquí, eso es lo único que se, caí aquí como una piedra que se desprende y rueda hacia abajo. Caí en medio de esto que aún no se sabe que es y por lo que sospecho jamás se sabrá. Lo más que tengo son estas dudas que son todo lo que me describen. Soy la duda de lo que soy. En eso se basa, creo, esta existencia que me ha sido dada no se si por azar o por un destino preestablecido. Caí aquí como gota de lluvia. Soy esa gota inapreciable entre millones de gotas que se suman y hacen charcos o esos riachuelos corriendo hacia abajo, entre obstáculos naturales, abriéndose paso entre accidentes geográficos. Soy esa gota o esa piedra que se desprende de la gran roca. Poco más. Un destino no elegido me trae hasta este texto del que soy personaje y en el que nada se sabe y nada se sabrá de mi. Soy el invisible, el anónimo, el indefinido que se esconde tras estas palabras que no van ni vienen. Soy el personaje principal de esta gran duda de lo que soy. Fui, soy y seré este texto y nada más se sabrá de mi. Aunque bien visto, siendo optimistas algo se sabe de mi, se sabe que no se nada. Se sabe que fui creado allí en el "De momento no tengo nombre" y que mi existencia avanza en ese gran mar profundo. Soy esto, no tengo más, no soy más y aquí concluyo.

sábado, junio 12, 2010

Relativo

A mi me gusta la sentencia desgastada del todo es relativo. ¿Me entiendes? A mi siempre me da por pensar en esas cosas, en las percepciones, en las diferencias. Hemos pasado hace unos minutos por tu portal y para ti tu portal es el portal, ese espacio que abre y cierra la intimidad de ti y de tus vecinos diariamente y sin embargo hemos pasado el portal y a mi me era ajeno, otra cosa, el escenario extraño de una película inclasificable, una trama entre suspense y misterio con toques paranormales. El portal, incrustado en esta avenida gigante para mi es un hueco, un orificio a esto de aquí, sin embargo mientras hablamos, a mi no me resulta ajeno ese bullicio, el portal ha sido un poco una frontera entre esa sensación profunda de anonimato y esto, tu lámpara que da luz suave, tus pies sobre el sofá. Entiéndeme, yo llegué anoche aquí y tengo percepciones confusas. Esa avenida es gigante y traga. Esos edificios disparados hacia el cielo y de repente hemos pagado, nos hemos bajado y hemos ascendido esas escaleras y tu has abierto la puerta y yo he pensado en que ese rito es diario y sin embargo para mi todo es tremendamente ajeno, y no ya sólo ajeno sino algo casi incomprensible, acompañado de sentirte desubicado, en una ciudad desconocida, en una acera que jamas has visto. Todo es relativo, estamos frente a frente. Tu casa, tu en tu cotidianeidad y para mi, esa ventana ofrece una vista desconcertante. Para mi es rara esta ciudad, ese gigantismo, esa inmensidad. SIn embargo todo se reduce a tus pies sobre el sofá, a tu mano apoyada en la mejilla. ¿Tienes sueño? ¿Quieres dormir ya? Yo me iré, saldré por el portal, por tu portal por donde tu sales cada mañana al mundo y todo será poco real. Miraré esos elementos que te colocan en lo cierto, las puertas del ascensor, los buzones con nombres de gente que jamás veré, bajaré las escaleras, pisaré la avenida. Sospecho que caminaré y me sentiré viviendo algo que no es del todo cierto, tiendo a potenciar esas agradables sensaciones de desconocido. Cuando eso sucede tiendo a creer que somos nosotros por puro accidente, por puro azar, bien podríamos haber sido otro que no está, que no existió. Somos otra posibilidad. Sin embargo hay tanto de agradable en tus pies sobre el sofá y esa inmensidad inabarcable entrando por la ventana. Mañana todo esto será recuerdo, tu recordarás un extranjero que pasó por tu casa, yo recordaré este viaje y esta casa como algo que no sucedió del todo. Los portales dejan entrar más que a casas, son orificios a otras formas de realidad. Tu portal es extraño para mi, por el se accede a esto, a esta calidez en medio de lo desconocido. Hay tantos portales en el mundo, tantos buzones con nombres de gente a los que lo mejor no llegan cartas. Buzones que jamás se abren, cargados de correspondencia que jamás se abrirá. Tu portal para mi es extraño, a ti te lanza y te recoge cada jornada. Los portales más que cualquier otra cosa, son el paradigma de lo relativo.

Paseos con D

Generalmente los tres nos quedábamos dormidos a la vez. Muchos podrían pensar que el asunto no es real o que es un juego literario, pero sucedía. Luego, muchas veces he pensando que realmente no dormíamos, tendemos a explicar finales despertando a los protagonistas de un sueño y yo tuve la tendencia a hacerlo, y ahora que lo transcribo pienso que a lo mejor no nos quedábamos dormidos sino que efectivamente hacíamos aquello que era semejante a levitar. Habitualmente D marcaba la ruta. Es decir D era la primera en entrar en eso que podríamos llamar zona de sueños o el otro lado. Allí D nos esperaba, porque nosotros dos, mas adultos, mas contaminados éramos infinitamente más torpes a la hora de saltar la valla. En eso D era admirable, saltaba la valla con habilidad admirable. D emulaba a esas saltadoras de altura, que cogen carrerilla, avanzan a grandes zancadas y evitan arqueando la espalda el obstáculo. Aquello era sorprendente porque D aún no tenía 3 meses de vida pero realizaba el salto con enorme precisión. Luego M y yo esperábamos, dudando, algo temerosos. Invitando al otro a que lo hiciera primero. D nos miraba desde el otro lado ya, con cara de "joder, si no es tan dificil". Así hasta que finalmente M y yo lográbamos entrar. Una vez allí se habitaba en una constante ingravidez. No había suelo, tampoco techo y sólo se escuchaban sonidos agradables que recordaban a Xiláfonos, a esas melodías que tocan determinados virtuosos con las copas de champán, a flautas de madera y coros lejanos que parecían reverberar en medio de las montañas. Hacía sol, siempre hacía sol y avanzábamos dirigidos por una habilidosa D. A D le gustaba ir sin plan, sin mapa. Los caminos se deshacían. Eran vaporosos y mientras seguíamos esas no rutas lo mismo cantábamos canciones inventadas con letras poco coherentes que apretujábamos con emoción los mofletes imposibles de D. En ese peregrinaje D lo mismo dormía que soltaba una sonrisa blanquecina. A nosotros nos gustaba ese lado donde no es tanto que se sueña sino que se está en otra forma. A veces volvíamos, deshaciamos el camino,saltábamos de nuevo la valla y regresábamos aquí, a donde se esta despierto, pero otras veces, como hoy, que llueve y no hay manera preferíamos seguir, seguir sin destino, sin rumbo, guiados por las piernas en ese lugar de sonidos maravillosos.

viernes, junio 11, 2010

Malibú azul claro

Yo tenía entonces un Malibú azul claro. Solía conducir muchas horas y el Malibú es un carro que hace las cosas sencillas en las longitudes exageradas. A mi me parece que las máquinas ya no son tan fieles como antes. Yo estuve años con mi Malibú y ningún problema, ahora ninguno te dura lo que duraban. El Malibú recorrió el país varias veces. Ha cambiado la relación con el automóvil. Uno se ataba a la máquina de otra forma. Era parte de ti. Yo fui taxista de largas distancias y fui comercial de una empresa de productos ferreteros. Iba, venía. No había concepto de viaje con el Malibú, sino que el Malibú y yo habitábamos en modo prolongado. El país era una cama, una habitación, un pasillo longitudinal, una cuerda que une puntos. Dormía aquí y al día siguiente hacía seiscientos, setecientos kilómetros y dormía en otro lugar. Cuando se vive así uno ve el país desde otra perspectiva, también comprende las distancias, las ciudades, incluso la forma de las carreteras. Hay veces que te parece ver sentido en los cambios de rasante, en el giro inapreciable del asfalto. Las líneas discontinuas se vuelven un lenguaje, otra forma de conversación. Así era y era siempre con el Malibú. Uno se monta, arranca y va como flotando. El malibú no avanza, levita, huele a leyenda. Cómodo el volante, amplio sus asientos. Es robusto pero avanza como si nada. El Malibú tiene algo de barco y vuelve el asfalto océano. Si, fui taxista de larga distancia, montaba a alguien aquí y lo llevaba hasta la frontera: ochocientos kilómetros sin parar. Apenas hablaba, me gustaba callar y dejar al cliente a sus anchas atrás. Disfrutar del paisaje. Ese paisaje variable: los rasgos, virtudes y defectos de un país amplio y complejo. Y le prefiguraba una vida a aquel personaje que deambulaba extraño por el asiento de atrás: Hombres taciturnos, mujeres serias. Una vez llevé a un tipo de unos cuarenta y cinco años. Barba poco espesa, pelo desordenado, traje elegante y fino, una maleta negra. Se sentó pegado a la ventanilla de la derecha, justo detrás del asiento de copiloto. No movió la vista del paisaje, la maleta en las piernas. A mitad de camino me pidió parar. Frenamos en medio de la planicie, a esa hora cálida que se esconde el sol. Me detuve en el arcén. Por esa carretera hay poco tráfico, no obstante me siguió pareciendo peligroso detenerse ahí, en medio de la nada, pero obedecí, al cliente hay que tratarlo bien. El tipo bajo y caminó por la inemnsa planicie hasta un árbol lejano. Yo le miré todo el camino, avanzaba sin prisas mientras el sol se iba ocultando y haciendo el instante, si cabe, más incomprensible aún. Junto al árbol lejano, a unos quinientos o seiscientos metros le vi moverse sin entender muy bien que hacía, estuvo unos minuto, seguía oscureciendo, hay un momento en el atardecer que luz va bajando cada vez más rápido. Volvió minutos después sin la maleta. Me dijo que siguiéramos. Arranqué el malibú y ya en la oscuridad hicimos el resto del camino. Al llegar a la ciudad de destino, me pidió que le dejara en las afueras. Frené en el malibú, abajo, desde la curva donde nos frenamos se veían las luces de la ciudad amontonadas como una galaxía lejana, la montaña gobernándolo todo. Me pagó el doble de lo acordado. Me bajé para despedirme, me gustaba dar la mano a los clientes. Chocamos la mano y con seriedad me dijo: "no le diga a nadie que llevó al jodido demonio", se giró y se fue andando. Me quedé diez minutos quieto, mirando la ciudad y luego mirando el malibú. Evidentemente yo no creía que aquel tipo era el demonio, satán, lucifer, el mal en si mismo, pero arranque el Malibú y contrario a lo que hacía siempre, deshice el camino, conduje enfurecido, obsesivo, a una velocidad muy imprudente y llegué horas después al punto donde nos habíamos frenado. Era de noche. Dirigí las luces del malibú hacia el árbol en medio de la planicie. Caminé iluminado por las luces de mi fiel compañero. Llegué hasta el árbol. Busqué como buenamente pude la maleta. Lo vi colgando de una rama. La cogí, la abrí. Llegó el amanecer. Guardé la maleta atrás, me detuve en la primera población, vendí a buen precio el malibú. Guardé el dinero y me subí a un autobús. Sentí dolor, por supuesto que sentí dolor de separarme de aquella manera del Malibú, pero era la única manera de acabar con aquello.

jueves, junio 10, 2010

Gago

El Gago tenía algo de alienígena. No lo digo en un sentido ofensivo, lo digo en sentido biográfico. El Gago tenía una vida rara, inalcanzable, peculiar y si uno afina, casi podría decir que su vida comenzaba en el descenso de una nave al planeta tierra. El Gago tenía algo de experimento marciano, no era del todo real. Vivía con un tío que no le trataba del todo bien, el tío tenía una colección de hijos casi infinita, nunca llegamos a descifrar cuanta gente vivía en aquel apartamento que era del mismo tamaño que, por ejemplo, el mío; en el que vivíamos, mis padres y mis dos hermanos. En casa del tío del gago había al menos nueve o diez personas viviendo, y como el Gago era el hijo de la hermana que falleció en extrañas y ocultas circunstancias era el menos beneficiado de semejante amontonamiento. Yo estoy seguro, eso lo pienso ahora, muchos años después, que el Gago no tenía espacio reservado en aquel hogar. El Gago salía a la calle a primera hora, tuviera o no tuviera que hacer, generalmente se entregaba a un ocio tedioso, curioseaba por el vecindario, intimaba con los más pequeños y organizaba campeonatos de fútbol llenos de ilegalidades y trampas para terminar ganando, siempre, el equipo en el que el era, por supuesto, capitán. El Gago jugaba al fútbol por salvación, en el fútbol encontraba como llenar esas horas que sucedían a lo largo del día en las que no tenía hueco. Jugaba con ansiedad, El Gago no soltaba la pelota porque si la soltaba se quedaba sin hueco, se quedaba aislado no sólo en el medio del campo sino en el medio del planeta, a base de ese temor el Gago convirtió aquello en la virtud del regate. El Gago no tenía ni idea de jugar en equipo, pero tenía el mejor regate de todo el barrio. Era inmenso en esto, pedía la pelota al portero en el borde del área e iba ascendiendo y librándose de torpes jugadores que le iban saliendo al paso, llegado al área contraria no dirigía el pase al jugador en posición privilegiada, sino que amagaba y volvía un poco al medio campo, como si acabándose los regates se acabara el mundo. Para el Gago el mérito no era meter gol, era regatear al destino, al vacío, al dolor. Jugar en el equipo del Gago era insoportable y terriblemente aburrido, corrías, te desmarcabas una y otra vez y la pelota jamás te llegaba. Con el Gago ha sido la única vez que he actuado de defensa contra mi propio equipo, le entré por detrás y le robé el balón en el medio del campo para avanzar, para ir adelante, para crear jugada, por la ilusión vana de meter gol en aquella cancha olvidada. A eso dedicaba sus horas el Gago, a eso y a mentir. EL Gago vivía en una realidad paralela. Había visto todos los eclipses, había jugado con Romario en un partido misterioso, había dado la mano a Maradona, pero no le había dado cualquier mano, la Mano del Gago había chocado con la famosa "Mano de Dios". El Gago había estado anoche en la mejor fiesta de la historia de la humanidad, rodeado de prostitutas de lujo que le ofrecían el mejor licor del mundo, el Gago tenía un negocio indescriptible que le daba cantidades alucinantes de dinero al cabo del mes. Sin embargo todo el mundo quería al Gago, había algo entrañable en aquel personaje parlanchín y solitario. Uno imaginaba al Gago entrando en aquella casa hiperhabitada, sin espacio, dando vueltas entre primos, sin saber donde sentarse, sin saber donde quedarse quieto. Cuando estábamos abajo, después del algún partido y el tío aparecía a lo lejos, el Gago se escondía. Luego desaparecía por las noches, salía a la calle y no volvía, no sabíamos donde iba. Un día me llevo a un prostíbulo lamentable. Me dijo que estaba enamorado de una de las chicas que hacía show. Fuimos de madrugada, me senté en la mesa que el me dijo. El local estaba medio vacío, En aquel escenario apareció una chica jovencísima y empezó a ejercitarse alrededor de una barra metálica. Había poca luz, la música se oía con un crujido extraño a través de los altavoces. Miré un rato el espectaculo de la chica y giré disimuladamente los ojos para ver el gesto del Gago, sorprendentemente el Gago lloraba. El gago que siempre hablaba de sus peleas, de sus puños, de como le había partido la boca a más de uno, estaba llorando. Acabó la música y salimos. En aquella época yo había descubierto a Porno For Pyros y salí de allí tarareando una canción de aquel disco, "Cursed Female", no se muy bien porque, supongo que íbamos callados y aquella ciudad de noche era triste o porque había dejado de entender nada y porque las cosas, realmente aparecían y se iban, te llegaban en medio de la 26 con 42 y se perdían en el siguiente cruce o porque las cosas van y vienen, como regates del Gago en esa cancha cósmica e infinita del vacío, de la nada, de lo inacabado, porque mas que infinito, el universo en ese momento parecía inacabado, como esas construcciones terribles que están abandonadas, construidas sólo hasta el esqueleto, con cimientos que apuntan hacia la noche, hacia una noche donde no habita nadie y reverberan melodías malintencionadas. Entonces el Gago, muy digno, muy contundente, muy épico me prometió que un día sacaría a aquella chica de allí y que si era posible se casaría con ella. Por supuesto todo era mentira o todo sería mentira. Han pasado años de aquello, quince o dieciseis. Me fui de allí, nunca más vi al Gago. Años después alguien me dijo que el Gago era taxista y que un día le había llevado y que seguía mintiendo, que contó no se que historia sobre el taxi, sobre su vida que por supuesto no era cierta y que estaba gordo como Maradona que era su ídolo definitivo. Le imaginé recordando a aquella muchacha mientras conducía aquel taxi imposible, le imaginé recreando sus regates mientras llevaba a alguien, a cualquiera, a alguno de nosotros, pero me congratulé de que ya había en el mundo un hueco para el Gago, la cabina de aquel taxi, su nave atravesando la galaxia vacía. Porque no lo ovidemos, el Gago en el fondo era o tenía mucho de alienigena.

miércoles, junio 09, 2010

Cuando acaba la jornada laboral

Cerraba mi puesto a las 22:15. Me despedía de los del turno de noche y salía a la calle. Era difícil volver desde allí. La nave estaba en medio de una calle poco transitada, así que tocaba atravesar todo el polígono andando y llegar a la estación. El camino era espeso, las avenidas del polígono tenían mala luz y poca acera y generalmente uno caminaba pisando el más profundo vacío. Mientras andaba solía pensar en la cena o en algún compañero o alguna llamada realizada durante la jornada. Eran tantas voces al cabo del día que dejas de pensar que hay vidas al otro lado del que te contesta. Terminabas por ver esas voces como formas sonoras de los dueños de la empresa, cada llamada parecía la llamada trampa, ese número de teléfono que se cuela en la lista infinita y que no es más que el teléfono de uno de los auditores, que te contestaba como uno más para ver tu capacidad de oferta, para estudiar tu discurso. Treinta llamadas a la hora, quince habían colgado, cinco habían aguantado la presentación de la oferta y cortaban argumentando ningún interés, cinco escuchaban sin atención, con temor a cortar; tres escuchaban todo pero al final se escapaban del contrato y dos solían caer. Yo era bueno, de los mejores, no obstante vivía marcado por la llamada al auditor. El auditor se presentaba como el modelo que escucha toda la oferta pero al final se escapa. Cada vez que marcaba, cada vez que aparecía una voz contestando desde cualquier punto del país, imaginaba al auditor, libreta en mano, anotando mis virtudes y mis errores. Pero al final, siempre llegaban las 22:15 y todo pasaba a otra forma de vida. Caminaba paciente por el polígono, avanzando hasta la estación. Solía hacer frío y calculaba la posibilidad de comprar un coche y la cuenta jamás salía, pero me entretenía sumando mientras las naves del polígono se quedaban a los lados, vacías, silenciosas, iluminadas absurdamente para nadie, con esos focos potentes que remarcaban la zona de acceso de transporte y donde intuía a un vigilante nocturno agazapado, protegiéndose del frío y pensando en el vacío, porque en eso piensan los vigilantes de las naves, en el vacío y en el absurdo, gobernando la nada desde esa caseta estrecha que protege del vacío y de algo que no existe. Algunas veces veía una silueta al otro lado del cristal de esas casetas imaginaba al vigilante observando mi paso de un lado al otro de la calle, avanzando por ese universo desangelado, contando mis zancadas, calculando que yo no fuera su auditor o el tipo que va a medir su capacidad laboral, a veces pensaba que quizá aquella tarde había llamado a esa silueta en la caseta ofreciéndole la nueva oferta con 20 llamadas gratis y un teléfono de regalo de última generación si se cambiaba a nuestra empresa, quizá yo había sospechado que esa voz de la silueta que ahora me observa había sido la voz del auditor y sin embargo era la voz de ese que me miraba pasar polígono adelante. Otras veces, en otras naves, ladraba un perro, un perro bestial, gigante, salvaje. Según avanzaba sentía un golpe en la sien, imaginando mal cerrado el portón de la nave y la posibilidad de esa bestia saliendo de ahí, ladrando delante de mi, en medio de ese vacío. Lo imaginaba con tanto temor que el temor convertía la imagen en algo casi sólido, casi emergente. Caminaba sintiendo el temor en la sien, que era un lugar donde jamás sentía el temor salvo cuando escuchaba ladrar a aquel perro. AL final se diluían sus ladridos como se iba diluyendo el polígono y su vacío violento. Entonces a lo lejos se empezaba a ver las luces lejanas de la estación y miraba pendiente de no ver pasar mi tren, de no verle llegar, detenerse y salir adelante sin mi, a veces aceleraba más mis pasos para no sufrir los efectos de esa imagen de la impotencia, el tren saliendo poco antes de que yo llegara. Algunas veces incluso corría, corría en ese tramo que ya no había polígono ni nada, sino un trozo de carretera sin iluminación, la transición del vacío a la soledad de la estación y corría y no pensaba más que en atletas legendarios: en Sebastian Coe, en Steve Ovett, en Said Aouita e imaginaba que mi carrera era la final del 1500 de la olimpiada del año 2346 y que yo era el último corredor luchando contra ese rival terrible que era el tren. Corría y creía escuchar siempre el tren llegando, pero no era así, siempre llegaba a tiempo, al final siempre me daba tiempo. Alguna vez en la estación vacía, antes de picar mi billete en la maquina imaginaba que aquello era la meta y ya llegaba hasta el andén victorioso, con la sensación de haber logrado terminar otra jornada y durante el trayecto a casa era relativamente feliz.

sábado, junio 05, 2010

Voz

Tiene algo de delicia, de exquisitez. Nada de esto está pasando, claro que lo se, así que no insistas en recordarlo. Disfrutemos, nada más, de este delicioso y exquisito momento. No pares de susurrar. Sigue rellenando los huecos de esta habitación con ese susurro casi inaudible. Ya no entra luz por la ventana y no seré yo el que encienda velas o luces artificiales. Dejemos todo a oscuras y sigue susurrando de ese modo infinito, sigue con ese hilo de sonido que sujeta motas de polvo por toda la habitación, yo seguiré aquí sentado, recogido de modo circular. Ya luego trataré de descifrar palabras en ese murmullo constante. Ahora abro los oídos, dejo abiertas las compuertas y que vaya pasando todo lo que acontece en este rectángulo. Está todo quieto: Los libros en su sitio, las butacas colocadas, la mesilla con la lámpara. El fantasmagórico estado de las cosas cuando permaneces a oscuras, inhabitadas. Así habita está habitación cuando no hay nadie, así viven los elementos cuando nadie los vive. Todo tan detenido, tan a oscuras. Me quedo aquí, recogido y tu sigues susurrando, esa fila de frases indescifrables. Si no me muevo, si apenas respiro engaño al entorno y se cree que no estoy y actúa la habitación como cuando no hay nadie, la casa vacía, el susurro de tu voz que aparece, seguro cuando yo no estoy y te escucho, deambula tu susurro por entre el aire cerrado. Imagino ese chorro deslizándose como culebra por el ambiente de esta sala. Así, de esta manera, puedo participar en esta fiesta de las cosas inanimadas, en esta quietud inquebrantable. Todo tan quieto y tu susurro, tu voz que viene de tan lejos recorriendo en espirales acústicas esta sala. Así es, sospecho, siempre que salgo, que llega la noche y yo no estoy, todo quieto, todo silencioso menos tu susurro y así será a partir de ahora, yo aquí recogido e inmóvil, todo en su sitio, inanimado y tu susurro lejano, constante, permanente e indescifrable, que recorre esta sala desde aquel día lejano que caíste. ¿Por qué vuelves aquí? ¿Por qué a esta sala? ¿ Cómo escogiste habitar invisiblemente esta habitación? Aquí me quedo. Te escucho, ya habrá tiempo de descifrar tu susurro de donde sea que venga.

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