miércoles, febrero 20, 2013

Pensador

 El autor aborda el texto tras un periodo de larga reflexión. Es un ensayo, pero no es científico. El tema deambula por su pensamiento casi con obsesión desde hace años. Medita una y otra vez sobre el asunto, investiga, indaga y saca algunas conclusiones. Esas conclusiones, narrando el proceso de llegar a ellas, son lo que transcribe en texto. Mientras teclea, inevitablemente, a su vez, va reflexionando sobre la reflexión. Cuando lleva un buen tramo escrito llega a unas nuevas conclusiones, que en cierta forma, se contradicen con las conclusiones previas que había tomado casi como definitivas y que habían sido las que le habían llevado a escribir. Se para en seco. Hay un punto preciso del momento de la escritura en el que se alumbran las nuevas conclusiones y levanta, casi como si hubiera sido víctima de un susto, las manos del teclado. Se queda algunos minutos mirando el vacío o un desenfoque de lo que tiene delante, que debe ser lo más semejante al vacío. Decide, sin pereza, que debe volver a escribir y que en la nueva narración incluirá, para comprender en toda su dimensión la conclusión, las conclusiones erradas que había empezado a escribir, pero el texto no le vale, porque el punto de partida ya no es exacto. Comienza de nuevo, y aunque el comienzo es parecido, debe dejar ver que el horizonte ya no es el mismo que en el anterior comienzo. Escribe con devoción, con frenesí, con entrega. Inevitablemente, mientras escribe afrontando las nuevas conclusiones de su ensayo no científico, a su vez va reflexionando, porque si algo sucede con el pensamiento es que es infinito y las conclusiones, a su vez, van sufriendo una nueva variación. Sigue avanzando y se atropella entre conclusiones y reflexiones previas y conclusiones y reflexiones nuevas que a su vez son superpuestas por nuevas reflexiones. Se detiene. Decide, como solución al laberinto infinito del pensamiento narrar narrándose reflexionando y concluyendo. Lo que escribirá será un documento de su pensamiento en presente.

 Escribo. Escribo que escribo. Escribo que escribo mientras pienso que escribo que escribo. Pienso que escribo que escribo mientras escribo que pienso que escribo que escribo.

 Muere. Esa es la única conclusión a la que llega su inexistente lector.

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