miércoles, febrero 13, 2013

Montañas mágicas

 El espectáculo era hermoso. Se les veía descender con una ligereza inhumana, como si no pesaran, como si sus cuerpos estuvieran dotados de otras características. Se deslizaban como si pertenecieran a ciclos cósmicos, a elementos de otra gravedad. Bajaban las laderas a toda velocidad, serpenteando con gracia, dejando en la nieve unas líneas que parecían tener significados poéticos. Con esos trajes de diseños sintéticos y llamativos. Los esquís, enterrados en la nieve parecían parte de sus píes, como si no hubiera barrera física entre los músculos de las plantas de los píes y la fibra de vidrio de los esquís. Parecían un baile. Un baile de otra era, una era en la que no estaremos, una era lejana, donde el ser humano haya evolucionado en otra cosa, con otras peculiaridades, con otros desarrollos. A última hora llegaban a pie de pista, pasaban a la cafetería y charlaban animados, no había vestigios de cansancio en sus gestos. En sus rostros había las marcas de ese Sol de alturas y los hacía más lejanos, más distantes, más inaccesibles. Bebían algo y se proponían planes para cuando hubiera anochecido. No gastaban pereza en madrugar a la mañana siguiente por muy tarde que hubieran llegado a la cama. Subían en coches hasta las pistas. Tomaban algo caliente y arrancaban la jornada de descensos. No se mezclaban en los ritos de los otros esquiadores. Ascendían a zonas inalcanzables de las pistas. Más allá, donde la nieve no estaba alisada, acomodada para deslizamientos. Desde allí todo era portentoso. Se lanzaban y se hacían nieve, una metáfora humana de un alud.

Uno de ellos era C. Seguramente el más callado, pero el más temerario y hábil en la nieve. Era el menor del grupo, el menos visible en las calles, el más visible en la nieve. Por las noches se integraba al grupo desde el silencio. Era casi ignorado. Desde la cima extrema de las laderas era el líder. Era inevitable verle bajar. Era inevitable no caer en el embobamiento cuando le divisabas allí, deslizándose con esmero, con poética. Una vez abajo, toda la atención que había en él se deshacía: se dejaba de mirarle, para mirar, quizás, a D o P; más habladores, más pícaros, más carismáticos, más seductores. C se quedaba ahí, callado, silencioso, daba la impresión que ausente, como si todo lo que le importara sucediera en un lugar a doscientos millones de kilómetros de allí. Los inviernos, los muchachos, viajaban con frecuencia allí. Ocupaban casas propiedad de sus familiares y deambulaban por las pistas y por el pueblo como si todo fuera parte de un mundo propio, inalcanzable para el resto. Los días que ellos pasaban por las pistas y por el pueblo todo parecía pertenecerles, los demás parecían un relleno, extras de un rodaje millonario. Había un aire fílmico en sus vidas, pero como si nada los fuera, jamás, a tocar. Como si no hubiera posibilidad de un mal día en aquellos rostros limpios, ligeros.

C desapareció de noche. D, sobre todo D, en estado de conmoción decía que no se dio cuenta cuando se largó. Habían estado hablando con unas muchachas, bromeando sobre su estilo con los esquís, ellas se reían. Se sentían en el privilegio de tratar con esa especie de monarquía de la nieve. Ellos bromeaban. Sus frases parecían encadenadas. El ingenio de P enlazaba con precisión con la agudeza de D, que eran siempre los que más hablaban. C se fue. Nadie reparó en ello. Cuando se dieron cuenta, pensaron que se habría ido a dormir: "el pequeño es tímido" dijeron a los muchachas. Cuando llegaron de madrugada a la habitación, la cama de C estaba intacta, faltaban los esquís y las llaves del coche de P. Hubo un enfado colectivo y apareció el nervio. Un alud del que, de momento, sólo se escuchaba un eco de lo que estaba por venir. D bajó rápido a su coche. Arrancó. No dudo. C se había subido a las pistas de noche. C condujo temeroso por la estrecha carretera que iba del pueblo a las pistas. No había luz y la nieve lo enterraba todo en un silencio profundo, un efecto acústico exclusivo de las montañas nevadas. D era joven, pero ya un conductor experto. Subió velocísimo por la carretera estrecha y oscura, marcada en el asfalto unicamente por los focos frontales del coche. Como si la noche no modificara los ritos, aparcó en el mismo sitio donde lo solían hacer. Bajó del coche. Sintió el frío extremo de allí arriba, el vacío y la amenaza milenaria de la noche y la montaña; ahí, en forma de silencio abismal. Gritó. Llamó varias veces a C, pero su voz parecía quedarse justo delante de su nariz, como si el frío y la oscuridad detuvieran el sonido. Las instalaciones estaban cerradas y salvo los focos frontales del coche, no había luz. Se quedó quieto. Durante un fragmento de segundo, pensó que todo aquello era absurdo y se recriminó su imprudencia y su excesiva reacción de nervios. Quizá C andaba por el pueblo, quizá C se había encontrado con alguien, pero esa duda se disipó enseguida; si alguien conocía o intuía las interioridades temerarias de C, ese mundo inaccesible y silencioso, era D. Caminó con torpeza sobre la capa de hielo que había sobre el asfalto del parking. Pasó al lado de la cafetería, el mismo lugar donde tantas veces tomaron consomé o tés calientes, ahora parecía el abismo a un mundo temible. El vacío, la oscuridad y el frío modifican la percepción de las cosas, las convierten en menos apacibles, en una forma de amenaza. Se quedó a pie de pista. Miró hacia la indescifrable oscuridad de la montaña. Imaginó en esa maraña negra a C descendiendo. Imaginó sus giros, su habilidad extrema sobre la nieve. La imagen, esa imagen de C casi cabalgando la nieve y la noche, le pareció ten hermosa que no pudo reprimir una lágrima. Corrió pista adentro. Los remolques detenidos y vacíos. Se cayó varias veces en la nieve. Se detuvo cuando las pistas empezaban su pendiente. Mirando hacia arriba, como si mirara una cima inalcanzable, pensó que de haber subido ¿cómo habría hecho C para subir hasta arriba? Se quedó así, en la nieve, el frío era tan agudo que dejó de molestarle para convertirse en parte total de si mismo. El frío agudo es tan dictatorial que la mente termina sucumbiendo a su poder extremo, como ante un dictador terrible, implacable y violento ante el que la lucha te deja exhausto. Gritó de nuevo. Llamó a C con desesperación. Allí, en la nieve, en la noche, bloqueado por el frío, C asumió de golpe lo peor, la peor consecuencia. C no bajaría más. Durante un periodo de tiempo incalculable, se quedó tumbado en la nieve. Luego, como si ya hubiera pasado el periodo necesario, se puso en pie y caminó a trompicones hasta el parking. Condujo despacio hasta el pueblo. De madrugada todo era vacío. Aparcó frente al apartamento. Detuvo el coche. Subió el tramo de escaleras sin prisa. Agotado. Abrió la puerta, sintió el calor de la calefacción. Todos dormían en las camas, también C.

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