martes, febrero 05, 2013

Apartamentos compartidos

  La habitación era interior, no había vestigio de luz natural. La ventana daba a un patio tan estrecho, que la ventana del vecino parecía parte de su habitación. No había casi barrera divisoria de los sonidos íntimos. A los vecinos les conocía hasta las manías. Hacían el amor con frecuencia y hablaban de un viaje: proyectaban un viaje inabarcable o carísimo, una huida hacia adelante. Se duchaban por la noche, antes de hacer el amor. Conocía su ritmo sexual, la cadencia y casi las necesidades de cada uno. Él parecía maniático, repetitivo. Ella parecía pensar en otra cosa, como si el sexo entre ellos dos sucediera en capas distintas. Luego se quedaban dormidos o muy callados. Por las mañanas se iban pronto y su habitación parecía, de repente, más grande, como si el vacío en el piso de al lado multiplicara los espacios. Fumaba y abría la estrecha ventana que daba al patio. Girando la cabeza de un modo extremo, lograba ver el cielo por el hueco de arriba del patio y adivinaba qué día hacía. En general los días en esa casa siempre parecieron invierno, básicamente porque sólo vivió un invierno allí. A la llegada de la primavera buscó otro agujero más confortable, o al menos con más luz. Pero el invierno lo vivió allí, en aquel agujero oscuro. Se ponía enfermo con facilidad. Pasó varios procesos gripales y tendía a fiebres altas. Se abrigaba con tres mantas porque la habitación era un cubo de hielo y comía sopas de sobre como si en ellas hubiera algo que sólo él era capaz de percibir. Había dos compañeros con habitaciones al fondo. El trato con ellos era de una intimidad extraña. Uno era adicto al hachís, el otro estaba enamorado de una alemana que jamás se acostaba antes del amanecer. La alemana entró un día en su habitación, el compañero se había dormido muy borracho y ella andaba golpeada por una crisis existencialista: le habló del dolor y de la distancia, de la brevedad y de la fugacidad. Ella empezó a hacer fotos de la pared. Los vecinos empezaron a hacer el amor y ella se sintió invadida, como si el sexo de los vecinos fuera un virus o un transmisor. Se metió en su cama, hicieron el amor. Ambos notaron que habían ido en coordinación con los vecinos y que las dos parejas habían terminado a la vez. Esto supuso algo enigmático y mágico para la alemana que, eufórica, volvió a subirse en él y repitieron. Cuando terminaron por segunda vez, el compañero entró. No hubo una violencia común o típica. La violencia que hubo fue, en cierto modo, novedosa, original. Todo quedó en silencios y en frases inconexas. El compañero hablaba de paisajes y de lugares inventados con los ojos inyectados en sangre, la alemana sollozaba y trataba de vestirse, él notaba como inevitablemente la fiebre volvía a subir y reflexionaba, en mitad de la escena, sobre sus bajas defensas y su terrible facilidad para ponerse enfermo. Cuando amaneció todo había terminado sin golpes pero con la sensación de haber sido golpeado. La alemana logró amortiguar la polémica y se fue a la habitación del compañero a dormir. El compañero le pidió, sin gritar, pero con contundencia, que abandonara la habitación antes de que terminara aquella semana. Cuando amaneció guardó los libros y la ropa en su amplia mochila y se fue sin pagar la ultima mensualidad. Esa noche durmió en un hostal a las afueras de la ciudad. No fue a trabajar durante tres días, cuando volvió le despidieron. Pensó que en cierta manera, aquel caos estaba generando un nuevo aire, una nueva dirección. En el hostal pasó dos noches más. A los días encontró una habitación con ventana a una calle en un piso donde vivían una andaluza y un italiano que cocinaba en un restaurant de altura. La calle hacia la que daba la ventana era ruidosa, pero a esas alturas el ruido era menos importante que la luz.

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