miércoles, agosto 29, 2012

La piel del tigre

  Flix ya no esperaba el momento, ese momento único, iluminado y preciso que esperan los mediocres y los creyentes. Flix no miraba a los lados o hacia atrás con la mirada incendiada del que se cree elegido, quizá porque Flix sabía que a los elegidos o a determinado tipo de elegidos, lo que les queda es la memoria de los hombres, la borroso y alterable memoria de los hombres. Flix había decidido habitar sin grandes aspavientos, respondiendo con nobleza y honestidad a la vida. Esperando la caída de la tarde con el sosiego del que sabe que puede estar presenciando, irrevocablemente, la última caída de la tarde de su vida. No era hombre de turismos convencionales, si conocía ciudades era casi porque las ciudades le llamaban y las terminaba recorriendo como si en cierta manera su vida hubiera sucedido ahí, de un modo paralelo. A su manera Flix habitaba en todas las ciudades que conocía a la vez, quizá porque Flix vivía, como pocos hombres hacen, en el presente continuo. Así que el México DF tampoco le resultaba ajena, la ciudad tenía ciertos parecidos con la ciudad donde nació o la ciudad donde estudió brillantemente Ingeniería Química. Había calles que había recorrido en ficción o en viajes previos y el DF también contenía anécdotas de su vida, porque anécdotas vitales son también las imaginadas, las leídas o las reales. Esta vez estaba en la ciudad acompañado, así que cedió al turismo de monumentos y de guías sin molestias e incluso disfruto los paseos. Los aztecas tenían una atracción casi hipnótica en Flix, por un efecto casi onírico. Para Flix los aztecas resonaban como una vida posible o que no le resultaba tan distante, tan lejana. Veía cierta traslación azteca en algunos símbolos de su vida, semejanzas casi yuxtapuestas, proyecciones de una forma de vida sobre su forma de vida. Flix creía que la evolución no era más que un cambio en los símbolos o en la identidad imaginaria de la realidad, pero no creía en una línea avanzando hacia adelante, el presente era único, permanente: también vivimos en el año mil cuatrocientos veintiocho.

 Comió con sus acompañantes en General Prim con Versalles. Al terminar de comer alguien propuso caminar hasta el Zócalo. Flix no contestó, pero pensó que un paseo vendría bien. No atendió a la conversación colectiva del camino. Atendió a las calles: a flix el DF le resultaba insultantemente familiar, también esa sucursal de las funerarias J. Garcia Lopez. Sonrió y  a su manera recordó un funeral acontecido ahí dentro, pomposo y pretencioso, porque hasta en la muerte se puede ser imbécil. Imaginó ese saludo serio de los funerales e incluso imaginó el ataud de madera y el vestido excesivo de la muerta, porque lo que Flix imaginaba recordar era una muerta, una muerta rubia, una muerta que en algún momento debió de ser su amante. Mientras el colectivo chismorreaba sobre algún alto cargo o sobre las peripecias de algún empleado buscando ascender con mediocridades. Conversaciones que a Flix siempre le aburrieron, además El Tigre, todos los asuntos laborales de El tigre ya quedaban atrás: lo que pasó en El Tigre se queda en El Tigre, pensaba FLix con sarcasmo. Para él había sido una epopeya salir de aquel pueblo imposible, ahora que lo había logrado y que trabajaba en otro país, recordar los recovecos y suciedades de las oficinas en El Tigre le aburrían o le parecían comentarios de otra vida, quizá aquella rubia imaginada en la funeraria de Prim con Versalles era, en cierta forma, la metáfora de su vida en El Tigre, eso pensó cuando, sin darse cuenta, habían alcanzado el Zócalo. Hubo fotos de esas que nunca se ven, el colectivo sonriendo a otro turista que amable se ofrece a inmortalizar la visita. En la foto no se detecta en Flix la abstracción en la que andaba sumido, pero Flix ya había notado que algo gobernaba el ambiente en el centro del DF, un algo pesado. Caminaron sosegadamente hasta la visita al templo mayor. Flix estuvo a punto de anunciar que les esperaba a todos fuera, quizá tomando algo en un café, leyendo las últimas páginas de un manuscrito extraño, delirado, sobre un movimiento artístico inexistente, pero prefirió sacrificarse y acompañar a los antiguos compañeros.

 Flix ya no esperaba grandes imágenes, anunciaciones. Flix, ese tipo asiduo al presente, se encontró de repente en el centro azteca del universo. Allí estaba deambulando por el templo mayor, entre guardias aburridos, vigilando la nada, porque nada harían si todo aquello se viera amenazado. Flix paseó como pasea por monumentos y reliquias el que ya las ha visto anteriormente, el que ya las conoce: Observando lo que ya se prefiere observar. Flix, el hombre presente, el hombre sin aspavientos, entonces, se detiene en seco. Él, que no espera nada, de repente sabe, por una vez en su vida, que ha llegado un momento, un momento preciso, un momento elaborado con su biografía, con su memoria, con sus años: un tigre tremendo, fiero, que pasea sosegado y amenazante por las ruinas del templo Hécatl. Cuando lo descubre, percibe también el pánico que ha congelado los músculos de todos los visitantes y de todos los vigilantes, nadie reacciona ante la presencia del felino, porque nadie contaba con un felino por allí. Flix, analítico y racional, culto y lector de mitología, sabe sin atisbo de duda lo que ya le toca a hacer, la llamada la ha recibido de ese maraña inescrutable de la causalidad, si por algo el tiempo, ese presente inamovible en el que habitamos, le ha empujado hasta ahí es porque de una vez por todas y para siempre debe deshacerse del Tigre, ese pueblo en el que vivió, se representa ahora en forma de felino cruel en mitad de las ruinas aztecas. A su lado, uno de sus viejos compañeros, otro ingeniero químico, azotado por la congelación muscular de los nervios le mira y le pregunta:

.- ¿Qué hacemos Flix? ¿Qué hacemos aquí, ahora?

 Flix aguanta unos segundos, mira a los lados, el templo se ha detenido, se podría asegurar que durante segundos el universo ha detenido su marcha.

.- Ya sé a que vine. Yo sé que hago aquí- contesta sin apartar la mirada del felino amenzante, terrible.

.- ¿Qué dices, Flix? ¿Qué hace, que piensa?

.- Vine a quemar la piel del tigre. Aquí, ahora. En el templo Mayor.

Lo demás, lo que vino, fue presente.


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