jueves, agosto 02, 2012

Los brillos en la piel (1)

 Con esa familia el ser humano lograba la metáfora perfecta del verano. Ellos, los seis, eran el verano o esa forma donde culmina un concepto hedonista y feliz del verano. Ese tiempo detenido, esa ligereza, la belleza de la luz del sol reventando en un mar pausado e inmenso; los días libres, amables y hermosos del verano y ellos conviviendo o entremezclándose con ese tiempo liviano, con esa forma de tiempo sublime, perfecta. Los seis habitando esos días como si esos días les pertenecieran o hubieran sido creados para ellos o casi por ellos. Seres humanos pero casi entes mitológicos, leyendas deambulando por aquella urbanización de veraneo, pasando como proyecciones celestiales por el césped que rodeaba la piscina. Asomados con quietud, casi como estatuas perfectas en esa terraza que miraba al mar, donde conversaban y reían, casi conscientes de que el verano, el mar, la luz que cae en las tardes estivales, les pertenecía porque para ellos había sido creado ese ciclo, esa estación. Eran, basicamente, hermosos. La madre, atenta y dulce con los cuatro hijos, conservaba aún el esplendor de una juventud que a pesar de los cuatro hijos, de los años de entrega a ellos, de los partos ya lejanos, de la edad, aquella mujer aún resultaba atractiva, el cuerpo muy poco azotado por el desgaste que debería ser más evidente, la mirada de quién fue irresistible antes de ser madre aún conservaba buena parte de ese poder, todavía las cabezas masculinas de distintas edades giraban a su paso por la orilla de la playa. El padre, alto, atlético, feliz, fuerte, la cumbre de ese prototipo de líder de la manada. Admirado por sus hijos, habilidoso aún en los deportes que todavía practicaba junto a sus hijos, serio pero de sonrisa profunda, esa sonrisa del que no desfallece, podría dedicarse a una actividad intelectual o física, daba igual, estaba preparado para todo. Los hijos bronceados por un Sol que era amable sobre sus pieles brillando en esos chapuzones divertidos en la piscina. Los hijos, que jamas se peleaban y se trataban concariño y diversión, como sabedores de formar parte de un grupo excelso: el mayor, el más pausado, sonreía y enseñaba habilidades a los dos pequeños, esos gemelos divertidos, pícaros y juguetones, que saltaban y brincaban como si la vida, toda la energía vital del planeta se encerrara en en esos cuerpitos bien hechos. La hija, la segunda de los cuatro, era una adolescente delicada y tierna, la más callada de los cuatro hijos, también la que más se ausentaba y a la que menos se la veía en esos chapuzones repletos de saltos y piruetas habilidosas en el bordillo de la piscina de los gemelitos pequeños y el hermano mayor sensato. Sin embargo cuando aparecía sonreía a los gemelos, con una sonrisa que pasaría inadvertida entre sus amigos adolescentes, pero que anunciaba a alguien sublime, capaz de detener el tiempo en un acera de cualquier ciudad, y los gemelitos la adoraban y la salpicaban tiernamente para que les brindase un baño con ellos y ella, dulce les decía: "ahora no gemelitos pícaros, luego nos vemos en casa".

 Uno podía mirarlos horas, perseguir sus pasos en aquellos días de verano para encontrarse, siempre, con una postal de idilio, con el brillo de ese bloque familiar. En el camino de bajada a la playa uno podía cruzarse con esa pareja, padres de cuatro espléndidos muchachos, caminando abrazados y pausadamente, como esas parejas que no han sido rozadas por los vértigos del hastío, disfrutando de sus virtudes, confesándose, aún, secretos de atracción en el otro o quizá rememorando los rasgos diferenciales de esos hermosos gemelos carismáticos. A veces les veía en el restaurante cercano, cenando intimamente, alejados del bullicio de dos adolescentes y dos niños en permanete movimiento. Disfrutando el uno del otro, aprovechando el verano para no descuidarse el uno del otro. Sin embargo su intimidad no descuidaba las funciones de padre; otras veces se les veía jugar con los chicos o hablar con ellos, como si en el verano hubiera ratos para dedicarse a hablar de otras cosas, conversaciones a píe de playa sosegadas, donde alguno de los padres parecía aconsejar que en la vida también es importante charlar, conversar con los que quieres. Era increíble, pero había tiempo para todo, para cada una de los virtudes y momentos que requiere una familia perfecta, feliz. No había hueco en ellos, no había posibilidad de conflicto. Uno era incapaz de imaginar una discusión fuera de tono, recriminaciones o rencillas. Todo parecía conversado entre todos. Eran el verano. El verano absoluto. Les mirabas y eras incapaz de imaginarles en Madrid, en mitad de un día nevado del invierno, uno de esos poquísimos días que la capital se cubre de nieve y luego la nieve se descongela fea, cubierta de restos de pisadas. Uno no podía imaginarles allí, en cualquier calle de esa ciudad, en mitad de un tráfico o acosados por la rutina, bostezando en un semaforo o mostrando signos de hartazgo de la monotonía. Ellos parecían habitar ahí, en esos pocos días de verano, en esa despreocupación, en esa laxitud, en ese brillo solar reventando al atardecer contra el mar. Daba igual, uno podía verles a los seis juntos o al mayor de los hijos solo, a la muchacha caminando a media mañana por las callejuelas cercanas a la playa: nunca, jamás, había aburrimiento o pereza o cansancio. Iban siempre, cada uno por separado, o en conjunto, felices de vivir, disfrutando cada segundo de la la existencia, de esa existencia fugaz de la que todos somos víctimas. Si me preguntaran, diría que eran eternos y que vivirían eternamente ahí. Y eso lo pensaba cada día que me cruzaba o cuando los veía desde mi balcón, donde alcanzaba a ver esa terraza amplia donde cenaban y sonreían. Con toda seguridad no era una forma de felicidad ansiada por todos los seres humanos, no era ni siquiera mi ideal de vida feliz, pero todo en ellos parecía rondar una cierta plenitud. Había algo de mirar admirado o uno miraba buscando encontrar el hueco, porque en cierta forma siempre se espera el hueco en esas formas que son las formas que visualizan tus ideales. Nunca hablé con ellos, creo que cruzábamos uno saludo educado en las periferias de la playa, tan cercana de esa urbanización donde ellos pasaban los días y donde yo sumaba tiempo para no volver, ese lugar insospechado por los otros, en el que sabía que jamás me encontrarían. En esa diferencia creí que podría encontrar, cada día de aquella estancia en aquella costa, un analisis. Como si su esplendor familiar tuviera algo que completarse con mi decisión de permanecer allí, ajeno a todo. Si yo había llegado allí, era precisamente porque en mi estereotipo no entraba en su estereotipo. Yo estaba tan lejos de aquellos gemelillos adorables, de aquella atractiva mujer madura, madre noble y pareja cariñosa, de aquel hombre que representaba los valores del buen padre. Me completaban en mi huida, allí donde nadie jamás me hubiera encontrado. Por eso les observaba, porque mirarles era encontrar mi negación, porque en todo aquel esplendor, estaba mi opuesto, lo que yo no era. No deseaba aquello, no había vestigios de envidia, era simplemente una forma casi documental de aprenderme en ellos. Si algo no era yo, era aquel esplendor, aquel verano, aquellas horas largas del día repletas de actividad acuática y cenas sosegadas, en aquel restaurante con cristalera al mar...


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