viernes, agosto 24, 2012

La mística del embalse

 Él recordaba, y yo nunca resté un ápice de idealización del pasado a su recuerdo, un embalse en el que había estado acampado de niño con sus padres. Un embalse en un entorno paradisiaco, decía; y yo era incapaz de imaginar un embalse paradisiaco porque los embalses, en principio, tienen mucho de terror o del inicio del infierno. Los embalses retienen aguas, aguas turbias. Hay una presa sosteniendo el ciclo natural de las cosas, su artificialidad inundando una zona que no debería de estar inundada, que por principio no debería haber quedado sumergida. Es la metáfora perfecta de todo lo que será residuo, es el futuro del horror, porque será agua consumida y agua residual, agua que correrá por grifos para terminar agonizando en alcantarillas. Pero él había estado por allí de pequeño y recordaba noches de verano con sus padres, noches con familias de otros lugares que también habían llegado allí con sus preparadísimas tiendas de campaña y de ciudades lejanas y hablaban de la vida familiarmente y el tiempo corría raro, como debe de correr el tiempo de los insectos o de las plantas o del agua del embalse. Y pasaban varias noches ahí, haciendo una vida distinta, correteando cerca del embalse y nadando en él, resaltando las ventajas que tenía el agua del gigantesco embalse con respecto al mar, allí, tan lejos, tan repleto de turistas, tan semejante todo. En el embalse eran pocos, poquísimos, porque pocos eran los que habían descubierto ese paraje de pinos y encinas y de agua dulce, donde se acampaba y el verano se volvía otra estación, como si fuera una no estación, como si la vida en el embalse tuviera que ver con una forma artificial de paraíso inalcanzable.

 En el trayecto ya fue saboreando el pasado. Esas imágenes reales del presente que se van enfrentando en atroz batalla a las imágenes de la memoria del niño de seis años que un verano pasó por allí. Iba desmenuzando el encuentro, haciendo una comparativa imposible entre lo que fue, lo que vio, lo que recordó y lo que íbamos viendo. Las carreteras distintas, más anchas, menos bruscas. Poblaciones que ya no nos encontrábamos de camino por que las nuevas vías habían evitado, sobre todo, atravesar poblaciones que se estaban, debido a ello, quedando solas y abandonadas en mitad de la meseta. Luego el camino estrecho que ya casi bordeaba el pantano. El encuentro con ciertas imágenes y las leves diferencias: "lo recordaba más frondoso", luego la vía de arena que ya no estaba, que había quedado enterrada bajo una capa de asfalto que también estaba empezando a envejecer. Desvios que confundían y bifurcaban las opciones de encontrar el punto preciso de la orilla del embalse donde pasó aquel verano lejano, las dudas, el empeño en encontrarlo, la hora que avanza y la noche que cae sobre el embalse.

 .- No sé, igual deberíamos acampar aquí y mañana seguimos buscando el punto preciso. Aquí hay árboles y se ve la orilla. Nos podremos bañar a primera hora y la noche será parecida. Tampoco creo que estemos lejos- argumenté temerosa, sabiendo que jugaba con un recuerdo incrustado en la fantasía.

.- Sí, pero es que no era exáctamente así. Era algo distinto. No soy capaz de reconocerlo del todo.

 Pero acampamos ahí porque en la oscuridad ya la búsqueda era imposible y la noche bajo encinas es la noche bajo encinas.

 No durmió bien. Pasó mala noche, como si temiera una realidad atroz, como si de repentele aterrorizara encontrarse con un presente que haría irrecuperable aquel recuerdo impoluto y brillante. Sonaban chicharras, sonaba la noche y en cierta manera a mi me pareció hermoso. Soñé con una luna o un satélite quizá algo más azulado, quizá más grande. Desperté pronto y caminé hasta el embalse. La orilla estaba llena de bolsas plásticas y de latas de cerveza y fanta naranja y limón vacías. La imagen del embalse más que desoladora era obscena. Insulté a media voz y a solas al ser humano, a todas las razas, a todos los hombres y mujeres del planeta. Él recogía con nervio la tienda de campaña, como si quisiera, antes que nada, antes del fin del mundo, encontrar su esquina precisa del embalse, tuve ganas de avisarle de lo que vería :"tu embalse es un embalse de mierda, está lleno de residuos, de latas, de plásticos. Parece el apocalipsis" pero no lo dije, quizá debí decirselo, pero no lo hice. Él preparaba todo para un encuentro místico, no quería asomarse al embalse hasta no estar en su esquina mitológica. Subimos al coche y avanzamos por un camino terrible, lleno de piedras y agujeros.  Avanzamos guiados por un destino inexistente, el se dejaba llevar por su intuición:"lo voy a encontrar" y lo encontró. Encontró unos árboles que dijo que eran aquellos árboles y en los que yo no noté diferencia ninguna con los arboles del punto donde habíamos pasado la noche. Se bajó del coche. Señalo zonas del terreno:"aquí ponía la tienda mi padre y aquí mi hermano colgó una canasta en la que jugamos un campeonato" y entusiasmado, como si el niño de seis años hubiera vuelto, se puso el bañados y salió disparado hacia el embalse y le vi casi correr entre las encinas, le vi avanzar con emoción y me quedé sentada. No se abrió el cielo, no vino un grito desgarrador en forma de eco desde la orilla del embalse, pero sé que hundió la cabeza y seguramente, durante varios segundos, quizá un minuto, no quiso salir a coger aire.

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