sábado, agosto 18, 2012

Noche en el Ángel

 Soñó con un tipo dando vueltas a una rueda. El tipo sufría una tortura o una condena y estaba exhausto, al borde de la más absoluta de las fatigas. La rueda era pesada y chirriaba con espesura, como si marcara el ritmo agónico de ese que la movía. El sueño, para mayor dramatismo, sucedía en una especie de blanco y negro. Despertó y en movimiento velocísimo del pensamiento llegó a la conclusión de que el condenado era todos los seres humanos; el terrible dictador de su condena: el dios oscuro y terrible, escondido y vil que no existe y al que todos venerabann. Sudando y mirando alrededor con frenesí, como sólo mira el que alcanza una verdad contundente, se puso en píe y salió corriendo. En la calle no había nadie, en las esquinas cercanas del barrio ni un sólo ser humano, todos parecían dormidos en el mundo en ese instante. Corrió hasta la avenida vertical, vio pasar algunos taxis nocturnos, vacíos, sus conductores mirando a través de sus cristales como sólo miran algunos tipos de taxistas. Creyó escuchar de repente Manic Depression de Hendrix, a lo lejos. Miró a un lado levantó la mano, detuvo el taxi que venía pasando, en ese momento, a su lado: de ahí venía la música. Abrió la puerta y saludó con frialdad, la música reventaba en el interior del coche. "Lléveme al Ángel". El conductor aceleró mientras la guitarra se multiplicaba como un organismo vivo, la guitarra parecía estar siendo tocada en el interior del coche. El Taxista le miró varias veces por el retrovisor, el contestó con una mirada de desprecio, en cierta manera veía al taxista como un freno, como un trámite. Al terminar Manic Depression empezó a sonar Torture me Honey, fue cuando el taxista dijo "Sigue resultando fascinante el sonido de guitarra que sacaba este pendejo depresivo. Esa guitarra habla. Esa guitarra está hablando desde el destierro emocional en el que habitaba ese pinche negro".  Cuando llegaron al Ángel el taxista frenó y le cobró con desconfianza. Pagó. Vio al taxista perderse avenida arriba. Cruzó con nerviosismo al centro de la plaza. Abordó al Ángel de frente, como el que asume la batalla, el combate. Ascendió el primer tramo por la estatua que representa la paz. Miró, como el que mira un planeta lejano hacia abajo, esperando encontrarse ya con un policía, pero no vio a nadie. Desde allí comenzó, torpe y brusco la ascensión hasta Morelos. En Morelos se quedó quieto como si ahí fuera a suceder algo, algo terrible e inevitable, pero la noche sobre México seguía intacta, la ciudad a esa hora parecía el infierno, un infierno donde uno sabe que se está sucediendo el horror y sin embargo todo mantiene la apariencia del silencio y la oscuridad y las avenidas engañosas, un infierno cínico y falso, que juega al sosiego. Como buenamente pudo alcanzó la parte de Miguel Hidalgo y miró hacía arriba sabiendo que desde allí el siguiente tramo rondaría la leyenda. Maquinó la ascensión casi celestial de treinta y seis metros. Empezó a trepar como un mono cuando abajo una patrulla llegó con violencia a píe del monumento:"Bajé de allí, desgraciado" dijo un policía que retenía toda su gordura en una barriga prodigiosa y en un cuerpo finito que le daban un aspecto divertido: "No bajo" gritó sabiendo que ya estaba en problemas. Su misión definitiva de tumbar el Ángel corría cerca del fracaso. Desde esa posición miró de nuevo la noche, el cruce de avenidas, las calles. Recordó el sueño y la iluminación del sueño, también el blanco y negro terrible que decoloreaba todo el sueño. En cierta manera, ahora, él se veía a si mismo como el tipo del sueño, dando vueltas a una rueda terrible y pesada, abajo el policía sonreía degustando previamente el banquete de palos que estaba por venir: "aguante que ya vienen a rescatarlo, princesa" dijo el policía barrigón sonriendo.

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