miércoles, octubre 30, 2013

Maratón

  A esa hora las enfermeras apagan las luces de los pasillos y de las habitaciones. Se instala un silencio inalterable. En las habitaciones los enfermos están estáticos, dominados por las dosis de altísima medicación y por las células más fuertes de su cuerpo que ya casi se ha devorado a si mismo. Su madre habla del pasado, de su batalla existencial y mira a su marido, acurrucado, con ternura y resignación. Los dos hijos que están ahí para verla no son hijos de él, pero le han tomado un cariño casi paternal. La figura de ese hombre marchito ha sido fundamental en su biografía común y en la sensación de felicidad ligera de todos esos años de atrás. Uno de los hijos mira la hora y le dice que ya es hora de volver a casa, se aprieta las zapatillas y estira un poco los músculos; atravesará la ciudad corriendo. La madre les besa y se despiden con cierta rutina ya, los días de hospital se acumulan tan monótonos que esa rutina empieza a parecer una rutina eterna. Los hijos miran al hombre, dormido, recreando quien sabe que escenas de su vida, ahí, en esa laxitud química. El corredor mira la hora, enciende la música y sale corriendo. Nada más salir encuentra la anchísima avenida donde está el hospital. Son las primeras horas de frío del otoño. El silencio de las zonas periféricas y la ausencia de tráfico imprimen una sensación delicada a las horas. Las primeras zancadas son extrañas, a esa hora de la noche el cuerpo no parece esperar ponerse a correr. Avanza avenida hacia abajo. Una chica por la acera, frontándose las manos para entrar en calor pasea a su pequeño perro que corretea. El corredor, la chica y el perro se cruzan casi sin mirar. En las casas hay luz, reflejos de televisiones encendidas. Sigue sin pasar un sólo coche. A lo lejos se ven los perfiles del centro de la ciudad iluminados con conciencia. Los edificios históricos moldean una figura indescifrable junto a los edificios que pretendieron ser modernos y vanguardistas en la primera mitad del siglo XX y que definen con bastante exactitud el carácter de casi todo un país. El corredor se desvía por una cuesta, pasa al lado de las cocheras del metro, un montón de vagones parados, en esas vías que dan por finalizado cualquier recorrido subterraneo de la ciudad, todas las vías llevan a las cocheras, como el fin inequívoco de todo. Un hombre, muy abrigado, camina entre algunos vagones con una linterna. Las instalaciones gigantes de las cocheras, con su luz apática, apenas deja ver la silueta de ese trabajador solitario. Unos chicos fuman marihuana pegados a la valla, silenciosos, como si la marihuana les hubiera sumido en esa sensación de extraña quietud que habita toda la zona, el humo de la marihuana sobrevuela como un espectro extraño por encima de sus cabezas, el corredor pasa a su lado y siente de golpe ese olor indiscutible. Los chicos le miran pasar como si el corredor dejara estela o viniera corriendo desde el más allá. Le siguen los pasos varios metros, quizá todo lo que el giro de sus cabezas les permite. El corredor ya lleva buen ritmo y los chicos parecen ver no a un ciudadano más corriendo, sino a la metáfora de todos los corredores de la historia. Abajo de la cuesta, el corredor alcanza otra avenida vacía, de frente ve ese solar abandonado que años atrás fue una piscina de nombre pretencioso: "Piscina Miami"y que cerraron porque más que bañarse, los bañistas se habían aficionado a traficar con drogas con el cloro como excusa. Ese trozo de avenida, una vez pasado el solar del que sólo queda el letrero moribundo pero hermoso para una fotografía de "Piscina", termina pasando por debajo de un puente, arriba otra avenida silenciosa pasa. El corredor escucha bajo el puente sus zancadas multiplicarse sonoramente, parece que corren seis, por el otro lado un hombre de aspecto extranjero le mira con desconfianza, ya ni los atletas despiertan tranquilidad en la noche.  El hombre va fumando y va poco abrigado para el frío que ya empieza, camina con nervio, pero no el nervio del que viene de algo agitado o va a algo turbulento, camina con el nervio del que habita en la prisa, aunque ya no la haya. Al salir la avenida atraviesa un parque donde una pareja se entretiene corporalmente casi llegando al sexo, la figura del corredor los desconcentra de la atracción y le miran pasar con desprecio, como si el corredor hubiera escogido a mala fe pasar en el mejor momento a su lado para romperles, con mala intención, el momento en el que los cuerpos, internamente, se desprenden del pudor. En ese momento el corredor nota el primer golpe de sudor, eso que los adictos al deporte llaman romper a sudar, ese momento que el cuerpo expulsa las primeras gotas y el físico parece entrar a coordinarse como una especie de sinfonía ligera. A un lado aparece la parte de atrás de un centro comercial casi abandonado. Una chica saca la basura de uno de los dos cadenas de restaurantes que sirven comidas peligrosas a los adolescentes despistados, mientras suelta botellas y bolsas en los contenedores habla por teléfono: "Ya le dije yo que es mejor no hablar. Ya me queda poco para salir y voy para allá" El corredor entonces se encuentra con la curva, comienzan las primeras bifurcaciones, las calles se estrechan. Aparece el río, se cruza con otro atleta que lleva un ritmo más suave que él. Se miran. Cruza por el viejo puente. EL tráfico, de repente, sube la intesidad. Los coches que bajan del centro pasan con ritmo. Mientras cruza el viejo puente ve el agua triste de ese río triste con reflejos que tiritan con desgana. Al final del puente un grupo de adolescentes grita y salta sin un fin concreto. Uno de ellos le dice al corredor:"Vamos que ya falta poco". Una vez cruzado el puente atraviesa por el parque donde tantas veces jugó de niño. No hay nadie, ni siquiera luz. Al final del parque comienza la cuesta terrible que da acceso al centro, justo al lado de la catedral y el palacio. En la cuesta se cruza con una chica que sube con esfuerzo y que se asusta al verle aparecer por su espalda, el corredor pide perdón. El corredor siente ganas de parar y hacer el resto de la cuesta andando, pero no se deja vencer por el esfuerzo y sigue. Arriba o casi arriba pasa por una de las puertas laterales de la catedral, un cura, vestido de cura y con caminar de cura le mira, entre asustado y nervioso. Se detiene, el cura piensa que es un atracador. Finalmente alcanza el final de la cuesta con la respiración a ritmo completo. Gira por la calle llana. Frente al palacio, algunos extranjeros se hacen fotos y sonrien. Por las calles del centro la carrera cambia. Evita a algunos peatones. Las tribus urbanas se parecen cada vez más entre sí. Las formas de las calles, cada zona, moldea la forma de sus peatones. Llega a la vía grande, el tráfico es furioso a pesar de la hora, los letreros de los teatros anuncian estrenos con títulos pomposos, el semáforo está en verde y frena la marcha, varios peatones junto a él esperan para cruzar. Del otro lado ve a alguien que conoce y que no le apetece saludar, se acomoda la gorra para seguir. Se mete por las calles más estrechas, las que ya le acercan a su casa. En la plaza del cine abandonado hay una pelea durísima, se escuchan sirenas, una prostituta grita mientras llora, invoca a satanás. Se mete por la calle de los restaurantes, le da olor a México o a un olor que el recuerda de México. Sube el tramo, pasa por la puerta del cine pornográfico que está cerrado. Una chica con gorro simpático casi se tropieza con él, se miran sonriendo, también los tropezones pueden ser amables. En la plaza de arriba un tipo toca guitarra, pero en un estilo poco habitual, canta con falsete y se mueve como si sonara una orquesta entera. Gira, toma la calle que termina en su calle, acelera porque tiene ganas de llegar. En el portal se encuentra a la vecina más simpática del mundo, le pregunta por sus hijas. Sube las escaleras a buen ritmo y abre la puerta. Todavía huele a cena. Saluda a su pareja, se acerca a la habitación de las niñas que duermen con las bocas abiertas, como si soñaran con fuentes de agua. Se tropieza con un juguete que hay en el suelo y una de ellas balbucea entre sueños. La carrera ha sido, a su manera, una Maratón. El que corre para avisar que allí, donde se libraba la batalla la guerra casi termina. La vida continúa.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gran relato, de lo mejor que te he leído.

P.

Anónimo dijo...

Uff. Me ha hecho pensar en la simultaneidad de la vida y la muerte. La simpleza y la grandeza de estar vivos. El dolor inherente también. Las batallas silenciosas por la supervivencia en los hospitales mientras que afuera todo continúa. La indolencia involuntaria de las masas que ignoran y la necesidad de los que saben de seguir adelante. Ese corredor. Ese paciente. Esas figuras que habitan en la rutina del hospital. Grandes seres humanos.

CL.

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