domingo, noviembre 17, 2013

Las perchas

 La vieja se ha despertado poco después del amanecer, a esa hora azulada, que parece inexacta: no es de noche, no es de día, acabas de despertar, pero el cuerpo te pide sueño. Una hora puente, una hora que te recuerda quien eres exáctamente. Eres ese cuerpo desperdigado por un colchón, confuso, algo desubicado. Luego te desperezas, te vas haciendo al día. Superas esa especie de Jet Lag que es despertarse. La vieja se ha puesto en pié y ha mirado por la ventana. Llovía con intensidad de la época. En noviembre llueve como sólo llueve en noviembre. Es como cuando llueve en julio, en julio sólo llueve así. Esa lluvia le ha dado algo de rabia a la vieja. El duelo tan reciente y esa lluvia son mezclas explosivas. Desde el fondo del tuetano a la vieja le ha venido una de las máximas filosóficas más demostrables de la historia de la humanidad: "la vida a veces es una puta mierda"; pero el desanimo no ha durado más de dos minutos. La viaje gobierna su existencia bajo un sentido de la supervivencia sobrenatural y conoce los recovecos del dolor con la sabiduría y la experiencia del que va de vuelta de todo. La vieja sabe que la felicidad es un bien no escaso, sino extraño: la felicidad asalta, difusa, inexacta, esquiva, en la esquina más remota de la biografía. A la vieja, por ejemplo, le resulta de una felicidad desbordante preparar la cafetera, arrancar el día. Por más que el duelo sea tan reciente, por más que cada mañana todavía le golpee a hostia pura y dura la cara de Jesús agonizando. La ventana de la cocina da a los patios de atrás, donde años atrás correteaban ratas del tamaño de gatos y donde los niños jugaban campeonatos de fútbol con finales épicas y llenas de irregularidades en el arbitraje. La vieja dice que lo más extraño de internet es que ya no se ve a niños jugar en las calles. No lo dice con nostalgia, lo dice con una extrañeza sobrecogedora: como el que habla que anoche vio naves espaciales bordeando el lago de la casa de campo. Los niños no juegan en la calle y antes las calles eran el espacio de los niños. Antes el conflicto es que los niños, asalvajados como ahora, como siempre, golpeaban con violencia balones que a veces amenazaban el equilibrio de los ancianos al andar. Antes el problema es que esos capullos no tenían cuidado con la gente que pasaba por la acera. Ahora no están: ¿Dónde coño se meten los niños? se pregunta mi vieja mientras remata la primera taza de café de ese domingo lluvioso.

 La vieja hoy no tiene planes. Se los inventa sobre la marcha. Cuando acaba el día se lo ha rellenado con habilidad. "No evito la tristeza, no la huyo. Evito sufrirla todo el rato en el mismo lugar. A la tristeza también hay que moverla. Hay que sacarla de paseo como a esas mascotas que se les coge el cariño de un hijo". Lo mismo saca cajas de ropa vieja, como que reordena libros, como que coge el coche y se va a ver al hermano del difunto o a su hijo mayor. La vieja desplaza la tristeza por la ciudad, como si jugara a despistar a un gps. La viaje ya no se anda con juegos, ya no retiene el llanto, el llanto más profundo de su existencia. Tampoco detiene esos pensamientos inabarcables, inmensos. Esa poderosa sensación del vacío. Ayer mientras guardaba una camisa de Jesús se quedó mirándola en la percha, inútil, colgando como ese trozo de tela que es, sin valor. No dijo nada más que algo tan profundo como un: "Tú fíjate". Tú fíjate como ya nada, como de esa percha cuelga la camisa en una imagen absoluta del absurdo. Una percha y una camisa en un armario de una casa cualquiera. En esa percha cuelga el vacío.

1 comentario:

Anónimo dijo...

"Tú fíjate" hace un mes esta camisa era de alguien.

Es increíble el poder del dolor en hacernos crecer. Ésta es una señora cuyo crecimiento parece no detenerse nunca. Admirable su aguante. Insigne.

CL

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