miércoles, octubre 16, 2013

El Bingo

 La forma en que Castillos se enganchó al bingo define mucho la forma que había cobrado su existencia. De alguna manera el bombo era la metáfora de su mundo, las bolas numeradas un cúmulo de situaciones, la mayoría improbables, que podrían o no caer y coincidir con su cartón, que era su vida. Castillos no dejó de trabajar por pereza o dominado por desgana, Castillos dejó de trabajar por parálisis, porqué se había instalado en una quietud que recordaba a la congelación. Por las noches, víctima de un insomnio cada vez más agudo, se escapaba al bingo de la avenida Lara, compraba algunos cartones tirando de los últimos vestigios de ahorros, con la esperanza de ganar un par de sueldos que sostuvieran la vida en casa los siguientes meses. No jugaba por ludopatía, jugaba por supervivencia, porque había olvidado trabajar o estaba dominado por un frío interior aterrador. En una carrera de fondo demasiado larga, había llegado a los cincuenta y ocho años, desfondado, con dificultades para respirar por el exceso de tabaco en sus pulmones y con la brújula vital absolutamente desorientada. No tenía miedo, simplemente se había quedado sin capacidad de resolver. El bingo, ese azar de números cayendo, eran la única solución que había encontrado. Sin pensarlo conscientemente, había en su apuesta una creencia extraña en las probabilidades y en la estadística, el bingo le tenía que dar, por fin, un golpe de suerte; porque era de los creía en el golpe de suerte y si en los últimos veinte años no había caído el número de la suerte en su vida, el golpe tenía que llegar, por pura estadística, ya, el bingo tenía que ser cantado. No era ambicioso, ningún ambicioso se juega las últimas migas de la cuenta de ahorros en el Bingo de la Avenida Lara. Tampoco había para mucho más, eso es cierto. No podía especular con otros juegos, con casinos de alto nivel, que tampoco había en todo el estado ni en los estados colindantes. El bingo de la Avenida Lara era todo la posibilidad de suerte que el destino le había preparado. Toda su capacidad de acción era ver caer las bolas, escuchar la voz casi robótica dictando números. El extraño sosiego del que escucha un seis en voz alta y lo busca con una chequeo velocísimo por el cartón tachado a medias. Si la voz desganada dice: ocho, cuarenta y dos y un cincuenta, Castillos cantaría Bingo, pero primero cae un veinte y luego un extraño veintiuno. Siempre resulta desconcertante dos números seguidos, como si el azar tuviera golpes de pereza o fuera improbable y pareciera que todo, hasta el azar, tiene truco. Luego cae un siete, tan cercano a su ocho que según un razonamiento inexplicable de Castillos, disminuye, aún más, las probabilidades. En las mesas, bebedores de Whisky malo con cierta ansiedad van marcando casillas y Castillos se deja arrastrar por el pesimismo. Escucha un cuarenta y dos, marca. Ya sólo dos. Una señora un poco más allá sonríe, Castillos nota que la señora toma delantera en esa extraña carrera de números, como si los jugadores fueran jinetes en un hipódromo de bolas y números. La señora pica adelante, Castillos lo sabe y revisa el ancho y largo cartón con nostalgia, porque cada cartón es un golpe de suerte fugándose, la posibilidad de una alteración en su futuro inmediato que se escapa o que se queda atrás, adelantada por el cartón de esa señora pretenciosa. La voz cansada suelta números, como si supiera que en realidad ningún número tiene emoción y dotar de emoción a los números sea un acto desquiciadamente absurdo. Así que dice "tres" y "diecisiete" en un tono único. La señora, con risa nerviosa, con un entusiasmo que Castillos le parece un poco desquiciado, canta Bingo. Se enciende un Belmont, lo mira con sosiego. Se pone en píe y sale al parking, por la avenida casi no pasan coches, la noche es húmeda y cálida. Vuelve a casa conduciendo despacio, muy despacio. Desde la calle mira las ventanas de su casa no hay luces encendidas; todo el edificio, salvo dos o tres habitaciones, está a oscuras. Apaga el motor y le pone cara a esos dos números que no aparecieron. Les pone cara, rostros de gente que conoció en el pasado, las caras que, a su manera, le empujaron hasta ese instante. Camina hasta el ascensor. Se ve en el espejo. Las arrugas, le parece, dibujan algo, un trazo que a su manera, también parece un número.

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