lunes, diciembre 24, 2012

El tío de Braulio

 El Tio de Braulio vivía por el oeste, en una casa muy pequeña. La casa, por algún motivo inexplicable,  siempre tenía inundaciones. Unas inundaciones que nadie sabía porque se producían. La casa humilde, construida con sus propias manos y de aspecto triste, estaba en mitad de un terreno desolado, pegado a la autopista de circunvalación de la ciudad, por esas zonas donde sólo hay perros, chatarra y frío. Lo de las inundaciones eran motivo de obsesión del tío de Braulio, y por lo tanto de Braulio, que sentía por su tío una devoción casi mística y se preocupaban por el asunto de un modo casi religioso o casi paranormal. Como si la única explicación posible fuera lo insólito. A veces Braulio en su tarea de investigador del más allá me llevaba hasta allí, en un autobús q pasaba cada mucho rato y que te dejaba lejos. Había que caminar sin desgana y escuchando teorías desquiciadas sobre las inundaciones en la chabola, que casi siempre circulaban en torno a oscuras invasiones subterráneas de extraños cuerpos subacuáticos; porque para Braulio, y seguramente para su tío, aquel agua era el indicio de que no estamos solos en el universo. A mi, el tema, me daba igual; incluso si sus teorías disparatadas fueran ciertas. Me daba igual lo que sucedía en casa del tío de Braulio, me daba igual el agua, ese suelo permanentemente empantanado. Yo iba con Braulio por azar, porque la vida lo había colocado ahí, había dicho que ese era mi amigo, pero en realidad a mi todo me parecía lejano, inaccesible. En cierta forma me sentía como ese agua colándose por agujeros invisibles de paredes tristes. Filtración húmeda e inexplicable. Si aquellas inexplicables inundaciones eran indicios alienigenas, a mi en el fondo me hacía sentir en compañía.

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