jueves, diciembre 13, 2012

Los viajes circulares

 Mi padre conducía como salvación. En la carretera parecía encontrar la redención o el escondite de la tormenta. Todo estaba lejos, como si la carretera fuera el lugar en la carretera donde no se está en un lugar, como si las carreteras no pertenecieran, no fueran de una región, de un país. Había algo de viaje cósmico en el modo en que mi padre se desplazaba por las carreteras. La paz, si es que era la paz lo que buscaba, sólo era ubicable en aquellos kilómetros de carreteras tremendas. Le daba igual. Entre semana desaparecía y yo fui descubriendo que no había destino, porque mi padre ya no buscaba trabajo, ya no buscaba solución, mi padre se largaba un martes o un jueves carretera adelante, por el oeste, por el este: El Cuji, Tamaca, Duaca, Tocuyo, Bobare, San Felipe. Conducía en círculos amplios alrededor de la ciudad. Como si fuera el anillo de un planeta, en órbita sobre ese centro de acción que le condenaba al fracaso y a la decepción. Visitaba esos pueblos como si tuviera algo que llevar o algo que vender, como si hubiera un cliente de un negocio imposible esperándole dentro de un local desangelado. Mi padre iba a esas poblaciones y se sentía ajeno, ajeno al mundo, en cierta manera se convirtió en un zombi, un zombi de un tipo de cine dirigido a unos pocos, un cine no de serie B, ni siquiera de serie Z, era una serie exclusiva, zombi vivos en tierras áridas. Un tipo raro conduciendo un automóvil sin mayor glamour y ni siquiera estética decadente, un automóvil normal para un tipo que era ajeno a todo, incluso a él mismo. Conducía horas y llegaba a casa como el que llega de trabajar. Como el que ha estado ocupado en viajes de negocios, ventas importantes, pero mi padre venía de viajar sin viaje, de conducir hacia afuera de la ciudad como el que sabe que por más que se corra al final te pillan, que huyes sabiéndote derrotado.

 Yo le vi pasar una vez en Carora. Yo estaba enCarora con una compañera que le había robado el coche a su padre y me había propuesto buscar algo allí, un favor a su mejor amiga, algo difuso; y yo fui porque esperaba una recompensa en la parte de atrás del coche, a las afueras de Carora. Conducía como si no hubiera final y cuando llegamos a Carora me dijo que la esperara en el coche, que entraba un momento en una casa. Esperé media hora fuera. Aún hacía calor y la tarde estaba a punto de caer y esperaba con paciencia a la muchacha, mirando como el Sol se desvanecía y como Carora se sumía en un letargo suave, como Carora rozaba la laxitud y la extrañeza. En cierta forma Carora parecía colgar de algo, de una masa de aire estático. Cuando la tonalidad de la tarde se cargaba de azul oscuro y algunas de las pocas farolas se empezaban a encender, vi pasar a mi padre conduciendo, mirando hacia adelante, despacio, como si estuviera patrullando con desgana una ciudad sin problemas de delincuencia, un policía con poco trabajo. No me vio. Le vi perderse despacio por la calle por donde parecía terminar Carora y le imaginé haciendo el camino a casa. Al rato salió mi compañera. La recibí casi como a una novia, y ella sonrió porque no esperaba esa ternura. Arrancó el coche y condujo hacia la ciudad. Pocos kilómetros después se detuvo a un lado e hicimos el amor

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me da nostalgia, y cada vez me identifico más con tu viejo. Últimamente me sorprendo dando viajes circulares. Rompo el ciclo y vuelvo indefectiblemente a eso que llamo casa. No hay hogar. No hay donde volver. A veces siento que llevamos vidas fortuitas. A veces olvido que todo esto lo causamos nosotros mismos con el martillo y el cincel de nuestras decisiones. Y aquí voy, creyendo que controlo mi destino con esta decisión cagante de huir hacia algo que tengo miedo de esperar que me haga feliz.

CL

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