miércoles, noviembre 21, 2012

La condición de los colchones

 Siempre he rechazado los refranes. Me parecen peligrosos. Esas capsulitas de la mal llamada sabiduría popular. La gente se agarra a ellos con espíritu casi científico. Esa manía de ciertos interlocutores de concluir tu confesión, esa angustia que le expones, ese desasosiego con un "más vale pájaro en mano que ciento volando"o "mejor una vez rojo que ciento morado". Es, con toda probabilidad, esa filosofía basura, peor que un navajazo, peor que un mal consejo, y sólo te queda, mientras lo escuchas, recurrir a sus armas: "a palabras necias, oídos sordos". Siempre los he detestado, esos clichés, tan cargados de prejuicios. Pero de todos los refranes, de todo ese libro infinito de frasecillas de filosofía barata, la que más detesté, de siempre, era la nauseabunda "dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición". Porque aúna, en tan pocas palabras, la simplificación de las personas, elimina las capas, los pliegues personales, agrupa, etiqueta, con todo lo malo que tiene agrupar o etiquetar. Yo dormía con ella y en nada nos parecíamos y quizá ahí habitaba nuestra armonía, en nuestras diferencias, en nuestra condición distinta. Las parejas también su distancia, eso que provoca la tensión. Dormíamos juntos, en el mismo colchón y sin embargo éramos distintos. ¿Qué mayor diferencia que los sueños de cada uno? Ese mundo intransferible y personal, esa distancia inaccesible; tan abrumadoramente vasta, porque es infinita. En el mismo colchón y en la madrugada sucediéndose secuencias remotas unas de las otras, en esas cabezas casi pegadas, separadas por unos cuantos centímetros de colchón y almohada. Los sueños, eso que sucede en el colchón es, para contradecir al refrán, lo que nos diferencia, nuestra distinta condición. Y sin embargo sucedió lo impredecible y nos costó darnos cuenta, porque los sueños, si algo tienen es que nos son tan ajenos, incluso a sus autores, que es difícil verles la firma, señalar su autoría: ¿cómo sabes que un sueño es de otro si sólo has tenido acceso a los tuyos? No fue inmediato que lo descubrimos. Yo noté, lentamente, que con frecuencia, aparecían elementos en mis sueños que no reconocía, ambientes, situaciones tan ajenas, que por más que fueran mis sueños, no identificaba, me eran tan ajenos que ni la explicación de que eran sueños me satisfacía. Un día, una mañana de domingo, sin prisa, con la calma de saber que no hay prisa por levantarse, le hablé de esas novedades en mis sueños, de esas historias que además de tener la componente absurda del sueño tenían algo más, aquello no era yo y entonces ella me contó que a ella le estaba pasando lo mismo. En seguida nos narramos algunos de esos sueños ajenos y fue entonces que comprendimos, sus sueños y mis sueños se habían intercambiado. Algo físicamente en nuestro colchón hacía que yo soñara sus sueños y ella los míos. Una alteración física sin mucha explicación. En cierta manera soñar se volvió incómodo, porque accedía a su absoluta intimidad, a sus deseos inconscientes, a sus frustraciones ocultas, a sus visiones alteradas. Me veía a mi desde la perspectiva de su yo inconsciente. Yo era ella cuando deseaba a alguien en esos sueños en los que deseas, de repente, a alguien que no deseas. Yo era ella cuando entraba en habitaciones nuevas, y cuando descubría sensaciones enquistadas, pero además, cada mañana, nada más abrir los ojos, sabía que ella era yo, que aún era yo cuando la veía ahí, dormida con los ojos cerrados, habitando en ese mundo que sólo me debía pertenecer a mi, que era yo cuando se acostaba con esa compañera de trabajo que el día anterior había mirado de reojo y se había quedado incrustada en mi retina y de mi retina a mi subconsciente, donde ya el deseo fabricaría una historia enloquecida para, en sueños, terminar acostándome con esa compañera y ella era yo, allí, en ese encuentro fortuito en una fiesta extraña y ella era yo cuando comenzaba el deseo a trabajar en mis sueños, esos sueños míos que ella estaba soñando. Y así nos fuimos dando cuenta de nuestra distinta condición, de que el colchón no nos igualaba, al contrario: el colchón nos demostraba que el otro era más amplio, más inabarcable aún de lo sospechado; y nos fuimos haciendo tan remotos, tan ajenos, nos fuimos descubriendo tan desconocidos el uno al otro que nos fue insoportable seguir engañandonos. Soñar sus sueños me demostró que dormía con una desconocida, que nada sabía de ella y hasta nos fue dando pudor compartir cama con esa persona tan ajena que íbamos descubriendo y desconociendo a pasos agigantados cada noche, hasta que no pudimos más, hasta que casi nos daba reparo saludar a ese desconocido.

 La separación fue amistosa, absolutamente amable. Tan amable como eres con ese vecino con el que te saludas en el ascensor de vez en cuando, al que le muestras tu sonrisa más cortes. Nos despedimos con un apretón de manos y un "ha sido un placer". La vi irse, y me confirmé, porque me lo había demostrado que no, que no es cierto, Que dos que duermen en la misma cama si algo no se vuelven es de la misma condición. Y lentamente, noche a noche, fui recuperando mis sueños.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Genial!

CL

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