jueves, noviembre 15, 2012

Invisibles

 La primera vez le escuché desde su habitación. La puerta estaba abierta y me llegaba su voz susurrada y juguetona, como todas las tardes. Yo estaba en la computadora, perdiendo el tiempo o enredada con fotos, despistada, porque las tardes se me hacen largas y el niño juega solo y muchas veces no sé me ocurre un plan, algo que hacer. El niño estaba al fondo y le escuché nombrar a alguien, mantener una conversación larga con alguien al que llamaba Bruno. Me acerqué despacio, de repente sentí un golpe inesperado de temor, un temor angustioso, una amenaza. Recorrí el pasillo, pero antes de llegar el niño salió y me dijo que tenía sed, y caminamos a la cocina a la par. Entonces le pregunté qué con quién hablaba y me dijo sin filtro, sin pudor, con normalidad y algo de tedio: "Hablaba con Bruno, mamá". Los siguientes segundos transcurrieron despacio, una lentitud que a mi me resultó pesada, ingobernable y el niño dijo:"Mamá, la casa está llena de fantasmas, pero Bruno es mi amigo" El niño terminó de beber agua y regresó a su cuarto. Desde entonces me sentí vigilada, comprendí la dimensión de las palabras de Bruno y sentí un vértigo gigante, un vértigo desde un lugar que no tiene final, un agujero despiadado. De repente el niño volvió a hablar, con la naturalidad con la que se habla con un tu más intimo amigo. Miré a los lados, esperé una señal, un movimiento de persianas, las sillas, pero sabía de antemano que las cosas no sucederían cinematográficamente. Recordé viejas conversaciones sobre el tema, amigos que había estado rodeados y dudé. Me acerqué sigilosa a la habitación del niño, hablaba despacio y le contaba a Bruno que me acaba de contar que ellos también vivían en casa. Grité. El niño salió corriendo, asustado. Me preguntó aterrado que qué había pasado. Disimulé, no quería preocuparle. No dije nada concreto. Volvió a la habitación. Volvió a hablar con Bruno. Busqué el libro de los salmos. Un ejemplar que tenía en casa de cuando viví en Guatemala, que me regaló una mujer que limpiaba la casa. Hice memoria, pero no recordaba que salmo era el recomendado para salir de este vacío. Finalmente recordé. Abrí el libro. La primera lectura la hice en silencio, la segunda la hice en voz alta, suave, pero alta: ..Y debajo de sus alas estarás seguro; Escudo y adarga es su verdad. No temerás el terror nocturno, Ni saeta que vuele de día, Ni pestilencia que ande en oscuridad, Ni mortandad que en medio del día destruya... Lo leí varias veces, cada vez más alto, cada vez más liberada. FInalmente decidí salir con el coche. Avisé al niño y salimos. Nos montamos rápido en el coche. El niño preguntó donde íbamos. Contesté una mentira. Conduje mucho rato, al pasar por la Avenida Grecia todo, en cierta manera, se desvaneció, todo se me hizo gaseoso, también los peatones y los otros autos, Avenida Grecia me pareció fantasmal y sus componentes, sus peatones, sus conductores me parecieron amenazas, también el estadio nacional, como si todo fuera una capa superpuesta donde todo se había vuelto fantasmal, inorgánico, lejano. Giré en Pedro de Valdivia y sentí como si esas calles no existieran, como si nunca hubieran sido así, como si se las estuviera imaginando un tipo que escribe sobre esas calles, pero jamás las ha visto. Entonces, en una decisión irracional, porque jamás tomé esa decisión racionalmente o de un modo consciente, detuve el auto en la Iglesia de Santo Domingo Guzmán, por la puerta salía una pareja y tras ellos dos ancianas con cara de dolor. El niño me preguntó qué hacíamos allí y no le contesté. Le dije que me esperara. Entré. No había nadie. Tosí y mi tosido reverberó de un modo único, solemne. Lloré y pedí ayuda divina. No hice mucho más. Salí al coche. El niño se había quedado dormido. Me monté, volví a casa. Anocheció en el trayecto, porque me desvié varias veces sin saber donde ir. Cuando llegamos a casa, ya había llegado Paulo, leía y estaba preocupado. El niño se fue a la cama, y yo me senté en el salón junto a Paulo, que era ajeno a todo aquello. No dije nada, simplemente me quedé esperando avisos, movimientos, señales. Luego me dormí. Recuerdo que esa noche no soñé  o jamás recordé lo que había soñado.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ay Vely...relax

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