jueves, noviembre 08, 2012

Edmundo Sócrates

 Cambié algunas rutinas. Retrasé la ducha de la mañana, por ejemplo. Adelanté la hora de despertar. Me alejé de algunos vicios ligeros. No era fetichismo, en realidad mi idea giraba en torno a que si modificas tus rutinas, inevitablemente modificas tus ciclos biológicos, lo que con suerte darían una nueva forma de entender algunas cosas y por lo tanto una nueva inspiración para afrontar la tarea creativa. Con el tiempo me percaté que esos cambios habían sido, ciertamente, muy ligeros. Nada biológicamente podía verse muy afectado si apenas modificaba horarios de duchas o retrasaba horarios de comidas. Entonces decidí ser algo más rotundo. Modifiqué la alimentación: eliminé la carne de ternera y de cerdo, seguí comiendo pollo. Aumenté el consumo de alcohol y me apunté a un gimnasio. Creativamente no sufrí grandes avances. Todo mi proyecto literario seguía estancado. Las ideas fugaces de novelas me parecían detestables. Los intentos de cuentos caían en viejos vicios y no aportaban nada. Noté una profunda falta de libertad en mi forma de crear, además de una notable inconsistencia. Entonces me mudé, dejé el trabajo fijo y empecé a experimentar con mi cuerpo. A veces no comía, otros días comía compulsivamente. Aumenté el consumo de alcohol, de la cerveza pasé al ron.  Mi nuevo apartamento era un local que quedaba libre en una nave en una zona industrial periférica, al norte de la ciudad. El apartamento tenía una sola ventana que daba a una zona de la autopista de confluían y se bifurcaban avenidas y desviaciones. La idea de construir un argumento a partir de aquella imagen me pareció que escondía algo interesante. Consumí drogas populares y probé algunas más inaccesibles. Probé la ayahuasca. En una noche de la que recuerdo pocas cosas, salvo imágenes aterradoras y líneas milenarias expandiéndose por campos secos. También un desdoblamiento en el que me veo viéndome y dialogo de forma desconfiada conmigo mismo. Después de la ayahuasca intenté escribir poemas, poemas pretenciosos y nauseabundamente hippies: frases JimMorrisianas y de post adolescente idiotizado, enfrentado a un mundo del que es el mayor participe. Conocí, entonces, a Edmundo Socrates, traficante de perfil bajo de drogas. Cocaína y heroina. El tipo es inquieto y toca percusión en un grupo de mambo psicodelico. A veces le acompañaba a ensayos en un local cercano a mi apartamento, en la misma zona industrial. Los ensayos son a oscuras, la música es frenética. Probé, allí, en ese maremagnum atronador, la heroína fumada. Si hay mucha gente que vende su cuerpo a la heroína es porque el viaje de heroína es irrepetible o eso me pareció. No obstante me cuidé mucho de no caer en vicios. Edmundo no consumía, sólo vendía. Hablaba con desprecio de los drogadictos, también de las mafias y del mundo de la droga, y se maldecía por dedicarse a eso, pero el mayor problema de los traficantes es que empiezas joven y te jode el resto de tu vida: "De cualquier trabajo te vas. Pones tu renuncia en una mesa y te largas. De este nadie se va. Es una cárcel".  A Edmundo le confesé mis intenciones. Le hablé entonces de mi proceso creativo de mi idea de potenciar la creatividad modificando mi vida. A Edmundo todo aquello le pareció una profunda imbecilidad: "Sólo hay una manera de potenciar el proceso creativo: en activo. El arte se haciendo corriendo hacía adelante. En el enfado, en el testadurez, en el hastío, en el agotamiento, en la desidia y en la felicidad fugaz.   Esa experimentación física, esa idea de que las drogas o la sordidez invocan a la creación es el markenting de los traficantes. Es la mejor campaña publicitaria de la historia. El underground es comercial. Pon a unos cuantos yonkies, el frenesí de la mala vida, unas cuantas imágenes distorsionadas y tendrás a millones creyéndose artistas. El arte es otra cosa. El arte no puede ser esa cosa tan vacía de pseudorecokeros y de niñatos insatisfechos. El arte es un viaje absoluto, pero un viaje de verdad, con todas sus consecuencias. También la de la indiferencia y la de saberse mortal y mediocre. El arte no es esa arrogancia de pelearse por ser especial, único. El arte no es autobiografías de ciudadanos jugando a la autenticidad. El arte es la sangre y la piel. Las lágrimas cayéndose en mitad de algo incomprensible. La fuga por temer la locura. La locura de verdad. La locura que hace daño. No ese juego infantil y estúpido. No. Eso no es el arte"

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