lunes, septiembre 26, 2011

Los nombres

 A tu mejor amigo no te lo presentan: aparece. M tenía año y medio, casi dos, cuando conoció a C. C un par de meses menos. M era sonriente y entusiasta, C era alegre y explosivo. Nadie pronunció las palabras de presentación en dos seres humanos tan minúsculos. Nadie dijo: "M este es C, C esta es M". Nadie dio a conocer el nombre del otro. Simplemente, en el instante que se miraron, comenzaron una amistad que se prolongó en el tiempo. Una amistad basada en las entrañas, en los instintos, que son los cimientos de esas amistades tan tempranas. Los primeros encuentros fueron simpáticos, primarios, emocionantes. La concentración de cada uno en determinados juegos era variable y sólo cada ciertos periodos esporádicos coincidían en la misma actividad. Pero el ser humano crece a velocidad de vértigo y en seguida hablaban, gesticulaban, eran independientes. Tenían cinco años. M proponía entretenimientos a C, C accedía y cambiaba algunas normas. Así treparon algunos árboles, saltaron algunos muros, corrieron por caminos imprecisos y descubrieron el escondite, el juego que define la infancia, posiblemente la vida, seguramente la historia de la humanidad. C era más pícaro que M, M era ingenua y emocional, C se escondía y asustaba a M, M caía, casi siempre, en la trampa. Sin embargo C acudía a M cuando se asustaba o cuando se hacía daño. La amistad era sólida a los seis años. En el colegio C conoció a otros grupos, expandió su radio. M también, pero la influencia de esos grupos era menor, para ella C era el epicentro; para C, no obstante, M tenía cierto halo del pasado. Las reuniones sucedían los fines de semana, cuando sus padres, los de M y los de C, programaban viajes o actividades lejos de la ciudad. Un fin de semana, a los siete años, viajaron. Durmieron en un camping lejano, entre el silencio del campo y bajo árboles que a M le recordaban o le sugerían otros lugares, lugares lejanos, remotos, casi inaccesibles. A M le gustaba llamar a C y C odiaba, cada vez más, que M dijera una y otra vez su nombre. Entre los caminos, entre los árboles, M le buscaba diciendo una y otra vez:"¡C! ¡C! ¡C!" y C se escondía para evitar a M, la constante voz de M llamándole. Y M se preocupaba porque C se perdía entre paisajes irregulares, entre árboles indescifrables. Anochecía y M comprendía que era la hora de volver a la zona de acampada, reunirse con los padres, preparar la noche, abrigarse bien. Llamaba incesante a C y C huía, agotado, exhausto, de oír su nombre una y otra vez. Entonces a M, aquella tarde, se le apareció un hombre mayor. Caminaba pausado. Les había estado observando mucho rato, quizá toda la tarde. Se acercó y le dijo: "Los nombres se gastan. Si dices muchas veces un nombre la persona va desapareciendo. Si quieres que C no desaparezca, no podrás pronunciar más de siete mil veces su nombre. Si lo llegas a hacer, si en algún momento alcanzas las siete mil veces, C desaparecerá". M miró al hombre entre asustada y revuelta, entre nerviosa y alucinada, había vértigo y misterio, atracción y rechazo. El hombre se giró y se perdió entre los árboles, segundos después apareció C: callado, ausente, sin hablar.

 M jamás contó lo sucedido. Dudaba entre lo cierto y lo manipulado. No sabía si el viejo estaba encompinchado con C o si simplemente era un loco o, si en el fondo, lo que dijo era cierto. Desde aquel día, paciente, obsesiva, preocupada contó y fue sumando una a una las veces que decía el nombre de C. C entre juegos, C por teléfono cuando fueron creciendo. Sin nombrarle los días que se llevaban bien para no desgastarle. Nombrándole enloquecídamente los días que se llevaban mal para acercar se desaparición. Todos recuerdan la tarde en que M, durante un minuto, quizá dos, dijo el nombre de C repetidamente, deliradamente; una y otra vez. Iba contando, iba sumando. Iban creciendo. Tres mil veces nombrado y llegaron a los nueve años: nuevos juegos, otros amigos. Cuatro mil veces y llegaron los once: primeras tardes en el cine. Cinco mil veces y llegaron los trece: el abismo de la pubertad. Llamadas para contarse secretos y M diciendo "C, es que me ha pasado esto " y la cuenta se iba agrandando y seis mil veces y llegaron los quince. M jamás olvidó sumar. Cada vez que pronunciaba el nombre de C recordaba mentalmente la cifra. Seis mil setecientos. "Sólo me quedan trescientos y somos tan jovenes" Y M se preocupaba, porque ella cumpliría la promesa que se hicieron los ocho años de ser amigos siempre, hasta el final. Y con dieciseis quedaban cien y empezaron a salir por las noches, juntaban los amigos de él con los amigos de ella y descubrieron el alcohol y en las primeras borracheras conocieron la pasión y la confusión y M se despertó una mañana pensando que lo mejor era separase de C, no por los besos de la noche anterior, no por incompatibilidad, no por C, sino por salvar a C, porque desde la noche anterior sólo quedaba una vez. Sólo podría nombrarle una vez más. C nunca comprendió. Habló mal entre la gente de M, del trato que había tenido con él. C lo vio como un engaño, como una perversión. Si la llamaba ella nunca atendía. Sí la veía a lo lejos en la calle, ella se giraba y desaparecía. Todo lo que intentaba M era, por todos los medios, jamás volver a pronunciar el nombre de C. M llevó una vida sosegada. Buena estudiante, viajó y vivió en el extranjero. C no terminó la carrera.  C se casó pronto y se divorció rápido. Tuvo algunos trabajos y algunas etapas complicadas. M tardó en volver de fuera. Se dedicó a algo que no la completaba y durante años sintió una profunda y poco evidente insatisfacción. Cada cierto tiempo recordaba a C y caía en una nostalgia hermosa. C viajaba por carreteras y pasaba poco tiempo en el mismo sitio. Cuando recordaba a M recordaba bosques y a su padre, cierto esplendor, cierta luz. M mantuvo bastante parecido con su cara de la infancia, no ensanchó mucho con los años y lo más notable era el cambio de color de pelo. C seguía siendo delgado pero había perdido mucho pelo. Asunto que vivió con cierta angustia.  A los treinta y algo, el azar que sigue su curso y gana siempre la jugada, los cruzó en el centro, a la salida del metro, una tarde de sábado. M subía las escaleras, C venía andando por la acera. C la reconoció en seguida. Sonrió a lo lejos y se acercó, casi corriendo, con emoción infantil, a saludarla, la tocó el hombro. M giró:

.- ¡M! Soy yo. Soy C

 Ella le miró, reconoció los rasgos, las formas de la cara algo desgastadas pero manteniendo casi las mismas líneas. Percibió la perdida de pelo y reconoció la mirada de C. Esa mirada lejana y ausente. Suspiró e inevitablemente dijo.

.- ¡C, eres tú!

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