jueves, enero 22, 2026

El Rejas

Enfrente de nuestro edificio, en la zona este de la ciudad, había unos cuantos callejones de casas muy humildes, deslavazadas, como toda la ciudad, y con poco sentido del urbanismo. El contraste, sin ser excesivo, sí era contundente. En mi edificio éramos lo poco que quedaba de clase media en todo el país, una clase media que poco a poco se desmoronaría en un colapso cuyo origen aún no se sabe bien dónde comenzó, por mucho que algunos insistan en ver causas claras.

Nosotros éramos muchachos algo despreocupados, sin excesiva conexión con otros sectores sociales y más concentrados en compartir algún disco nuevo y sentirnos absurdamente rebeldes. No lo éramos, claro, pero en esa fantasía de falsa rebeldía a veces hacíamos incursiones por los callejones, con la extraña sensación de estar entrando en otro universo. Y lo cierto es que sí, que entrábamos en otro mundo, porque en los callejones, sin haber pobreza extrema, sí había muchas dificultades.

Como todo en esa ciudad desconcertante y deshilachada, en los callejones había una casa donde, a última hora de la tarde, daban cerveza para beber en un patio. No era un bar: era un patio sin licencia para vender alcohol donde nos juntábamos los del edificio y los del callejón, y empezamos a ir con cierta frecuencia. Nosotros, con dieciséis años, nos reuníamos con los del callejón, que en general pasaban de los veinticinco.

Las conversaciones eran dispersas. Ellos nos miraban con recelo y nosotros con temor, pero lentamente fuimos confraternando. Lo mismo hablábamos de béisbol que de teorías filosóficas sin ningún tipo de base teórica. Nando Figueras era el más intrépido de nosotros y actuaba como portavoz del grupo; los demás permanecíamos casi agazapados, bebiendo torpemente y emborrachándonos poco a poco hasta empezar a balbucear alguna palabra.

Un día entró allí El Rejas. Un tipo bajito y muy menudo, que andaba con tumbao y mantenía ese ritmo propio de quienes parecen estar siempre pensando en otra cosa. Esa gente que parece vivir en dos sitios a la vez y nunca estar del todo en ninguno. El Rejas era guitarrista y entró con una acústica en un estado de deterioro importante; se sentó en un rincón y empezó a tocar una música atractiva, aunque no especialmente bien ejecutada.

El Rejas no tocaba bien, pero tampoco tocaba mal. Tenía lo que casi todo artista quiere tener: sello propio. No hablaba mucho, fumaba como si compitiera por ser el fumador más rápido de Latinoamérica y permanecía arrinconado tocando una música indefinida, que merodeaba entre una especie de blues desértico y el tumbao cubano. Era una cadencia tan atractiva que, a pesar de que era evidente que El Rejas no buscaba atención ni público, la conversación y el bullicio del patio terminaban dominados por sus acordes.

Como en esa época yo ya había empezado a tocar la guitarra, la tercera o cuarta jornada que coincidimos con El Rejas todos los de mi grupo insistieron en que tocara alguna pieza en el patio.

—Vamos, Rejas, déjale la guitarra al muchacho. No toca nada mal.

Pero si alguna vez experimenté verdadero miedo escénico fue en ese patio, fue ante El Rejas. Traté de negarme, de no tener que actuar ante ese público impredecible. El Rejas apenas nos miró. No era antipático; creo que estaba deprimido o simplemente no se sentía bien en el mundo. El Rejas parecía atrasado por una nostalgia cósmica, arrastrada desde galaxias aún por descubrir. Quizá eso era lo que tocaba: los acordes de un lugar al que nadie había accedido.

El apodo no ayudaba a no temerle. El Rejas no daba lugar a especulaciones. Aunque después la realidad nos ofreció una explicación menos temible y que definía mejor al personaje de lo que cualquiera pudiera imaginar. En los callejones le llamaban El Rejas porque se le percibía como un pajarillo encerrado en una jaula. Esa era la nostalgia que emitía.

El quinto o sexto día que coincidimos con El Rejas en lo del patio me llamó. No recuerdo exactamente cómo, pero me llamó. Me acerqué mientras el grupo debatía sobre la importancia de la justicia social y sobre cómo, en toda Latinoamérica, el problema era que la lucha de clases ya no existía: solo había sometimiento y dolor; ya ni siquiera era lucha.

—Las clases altas tienen el monopolio de la violencia —dijo Nando, en un alarde de marxismo que no le conocíamos.

Me senté junto a El Rejas y me pidió que tocara algo. Nunca he sido bueno interpretando repertorios o canciones populares, así que toqué algunos arpegios improvisados, de carácter atmosférico. El Rejas aprobó y me dijo:

—Te voy a enseñar un par de trucos.

No parecía un tipo con formación académica, pero me enseñó algunas escalas y unas piezas que había compuesto. Fue amable, menos temible de lo que su apariencia sugería, y aunque casi no hablamos, fue un rato emocionante. Los grupos del patio hablaban cada vez más beodos, mientras El Rejas y yo intercambiábamos acordes y melodías.

No recuerdo mucho más de El Rejas. Coincidimos varias veces por los callejones, en el patio y alguna vez en el autobús de ruta. Luego desapareció. Años después yo abandoné el país y cambié radicalmente de vida. Pero cada vez que evoco a El Rejas siento una especie de gratitud. Y me pregunto, sabiendo que jamás habrá respuesta, qué habrá sido de su vida. Y claro, me lo imagino lejano, ajeno, distinto, habitando aún en su extraña galaxia.

miércoles, enero 21, 2026

Diarios del atardecer

Juan Ligero llevaba varios años bajando al Parque del Oeste a ver el atardecer. No era un rito poético ni literario. La caída del sol le parecía el mejor momento para pasear: la ciudad va cambiando el ritmo y la gente parece entrar en un sosiego más natural. Juan caminaba por las calles del centro, no siempre siguiendo la misma ruta, y entraba al parque por distintas entradas. Luego, por la amplia explanada, se iba acercando al mirador, donde el sol comenzaba la despedida diaria.

Pero lo que le interesaba a Juan no era el juego de colores ni cómo el naranja mostraba su amplia gama de posibilidades. Lo que le interesaba realmente —y así lo iba anotando en unos cuadernos que llamaba Diarios del atardecer— era lo que sucedía en el mirador: turistas fotografiándose, niños ajenos al ritmo universal dándole patadas al balón, un ciclista despistado que casi atropellaba a una señora confusa o un joven narcisista cantando canciones pasadas de moda con una guitarra de segunda mano.

Había algo en el mirador que le daba a Juan la sensación de notar el paso de los días, porque ningún atardecer repetía sus escenas. El turista alemán que el día anterior miraba meditabundo hacia el horizonte no volvería; las chicas colombianas que reían y se hacían selfies desaparecerían para siempre; y los niños que jugaban en el campo marcado por los límites de los pinos de la izquierda no repetirían equipo, porque nunca se completaba la alineación con los mismos jugadores.

Así, cada tarde Juan llegaba al mirador y observaba los elementos de ese atardecer único e irrepetible. No era para él un acto poético, sino una manera de sentir que cada día era distinto. Claro está que también se dejaba abrumar por esa experiencia irrepetible pero constante del atardecer. Tampoco ningún atardecer es igual a otro: nunca el sol se va de la misma forma. Miraba el horizonte, miraba los elementos que conformaban la escena y los retenía en la memoria para, luego, al llegar a casa, anotar de manera escueta y pragmática ese atardecer único.

Atardecer 1356. 20 de enero de 2025

He llegado algo más apurado que otros días. En el cruce de la transversal 2 con la avenida 8 me he encontrado con Lupe y Andrew. Es la tercera vez que los veo juntos en los últimos meses. Sospecho que son más que amigos y me pregunto por qué no lo dicen públicamente. Hemos hablado del frío y del pronóstico del tiempo: dan lluvias muchos días seguidos, así que hay que aprovechar lo que a lo mejor es el último atardecer naranja de lo que queda de mes.

He subido las escaleras de la entrada principal. Hoy había menos gente que en los días previos. Enero es insaciable. En la explanada principal, un tipo hacía ejercicio sin camiseta; un poco más adelante, un hombre de unos treinta y seis años llevaba un carrito con un niño dormido y hablaba por teléfono. Al pasar, solo he escuchado una frase enigmática: «La realidad es que todo se ha ido quedando atrás». Durante unos segundos he pensado en las posibilidades del significado de esa frase fuera de contexto.

He llegado al mirador. Como siempre, la mayoría eran grupos o parejas. Siempre busco al observador solitario, pero no siempre hay. En la esquina de los pinos del norte he visto a un tipo apoyado, muy serio, muy concentrado, mirando la lejanía. Hoy el sol se iba ligero. Había algunas nubes y, en enero, el naranja hay momentos en los que casi se vuelve violeta. No ha habido nada reseñable hasta que alguien ha gritado. Sobresaltados, la mayoría hemos mirado en dirección al grito, pero no parecía nada dramático ni urgente. Una joven con su novio hacían bromas y cosquillas. Ella se ha sentido violentada por las miradas.

Así llevaba Juan su diario de atardeceres. Alguna vez, después de anotar el día, se movía por las hojas al azar y encontraba las anotaciones de un atardecer pasado. Había anotaciones de todo tipo: desde días anodinos hasta días desconcertantes, como aquel 6 de junio de 2023, cuando un individuo de acento indescifrable le dijo que lo que veíamos eran los restos. Juan preguntó los restos de qué, y el hombre, serio, rotundo y sin apartar la mirada del horizonte, contestó:

—Los restos de todo. El apocalipsis ya fue. Somos lo que queda después del fin del mundo.

martes, enero 20, 2026

Rodolfo

La mañana que Rodolfo nos dijo que quería ser ET yo sentí una profunda confusión. Miré a Suso, que a su vez miraba a Rodolfo, desconcertado. No sabíamos muy bien a qué se refería, dónde quería llegar, pero lo dijo tan solemne y apabullante que no daba lugar a dudas. Como Suso siempre fue más elocuente y seguro que yo, esperé una respuesta, una iluminación en sus palabras, pero Suso le miró como esperando que la transformación sucediera en ese mismo instante, cosa que no sucedió.

Unos segundos más tarde, contrario a mi costumbre de permanecer siempre callado, pregunté directamente:

—¿Y eso cómo piensas hacerlo?

Y tras unos segundos de silencio Rodolfo contestó, sin rodeos:

—Aún no lo sé.

El mecanismo de transformación era algo que parecía no haberse planteado aún, asuntos técnicos en los que no había perdido el tiempo, porque su gran empresa era filosófica, amplia, profunda y existencial. Pero había un camino sin retorno: Rodolfo quería ser ET.

Durante las siguientes semanas, en silencio, yo observaba cada parte de su cuerpo esperando ver los primeros signos de transformación. Miraba las manos, la piel, los ojos, pero sobre todo los dedos. No aparecía ningún síntoma, ninguna fuerza interior que fuera derrocando la vieja piel por la nueva. Sin embargo, Rodolfo se mantenía firme en su plan.

Su conversación se había vuelto extraña, desapegada de nuestros conflictos diarios: los partidos de fútbol del recreo o la pesadilla de las tareas de matemáticas. Nada de eso parecía ya importarle a Rodolfo y comenzó mi admiración. Quizá ser ET, me preguntaba, consistía en ser ajeno a los problemas de este mundo o mirarlos desde la periferia cósmica, desde la lejanía de un planeta desconocido.

Suso parecía haber olvidado aquella afirmación rotunda: quizá lo había visto como un mero juego o una amenaza para llamar la atención y parecía haber borrado o ignorado aquella sentencia radical: “Quiero convertirme en ET”. Pero para mí algo había cambiado en ese trío sólido de amigos. Uno de sus vértices estaba explorando otros mundos y algo de esa via de exploración llamaba mi atención.

Desde entonces, cada mañana, al reunirnos en la salida del metro de Dos Caminos para caminar juntos el último tramo hasta el colegio, yo esperaba una señal; de hecho, la anhelaba, la deseaba. Si Rodolfo empezaba una lenta transformación, el mundo sería radicalmente distinto, pero si nada de eso ocurría iba a sufrir un desengaño, una extraña forma de desesperanza. Que Rodolfo pudiera ser ET abría las puertas a la utopía.

La mañana del siete de abril Rodolfo no llegó a la salida del metro donde siempre nos reuníamos los tres. Durante unos minutos extra, Suso y yo esperamos con paciencia su aparición, pero no llegó. Nos miramos y empezamos a subir por las calles en cuesta hasta el colegio. Callados, aún con el sueño en los ojos, solo se escuchaba el arrastrar de nuestras zapatillas en el suelo.

Fue entonces cuando Suso, siempre más pragmático que yo, dijo:

—Rodolfo no va a volver.

Sentí una forma de vértigo que nunca había experimentado; de hecho, jamás he vuelto a sentir esa forma de vacío. Escuché el sonido de nuestras zapatillas marcando ese ritmo cansino sobre el suelo en el camino hacia el colegio. En las calles cercanas iban apareciendo otros compañeros y yo ya no me atrevía a preguntarle a Suso, porque estaba seguro de que Suso sabía algo más. Pero aquella frase definitiva me dejó desconcertado y, por qué no decirlo, asustado.

El día transcurrió sin grandes anuncios. Cada vez que los profesores pasaban lista, nadie respondía con el “presente” cuando se nombraba a Rodolfo. Una clase tras otra, la falta de información me iba torturando e incluso miraba por la ventana, esperando ver una nave atravesar el cielo: señal de que Rodolfo habría completado la transformación y estaría camino de su nueva casa. Pero no sucedió.

Rodolfo, como bien había anticipado Suso, no volvió. Poco supimos. Sus padres se habían mudado repentinamente de la ciudad. Nadie sabía hacia qué destino. Se especuló. Se habló de alguna capital de Centroamérica o de alguna capital europea, pero nadie sabía a ciencia cierta dónde se había ido a vivir Rodolfo y, sobre todo, por qué no nos avisó.

Salieron algunas conspiraciones y teorías. Mi madre me dijo que se sospechaba que los padres de Rodolfo eran espías o agentes de algún tipo de organismo internacional. Había teorías menos trepidantes, como que el padre de Rodolfo era médico de una ONG.

Quizá la verdad solo la sabíamos Suso y yo, pero nunca lo corroboramos el uno con el otro. Ninguno habló de la posibilidad más probable: Rodolfo se había convertido en ET.

lunes, enero 19, 2026

Frente al colegio

  Pasé por la puerta del colegio donde mis hijas hicieron primaria. Ese colegio queda cerca de casa y no es extraño pasar por delante, pero esta vez pasa a la hora del recreo. Se escuchaba el bullicio constante de los niños en el recreo. Sentí nostalgia y desconciérto. Ese ruido es siempre el mismo ruido. Quede donde quede el colegio, sea el lugar que sea, ese ruido es siempre el mismo. Ese bullicio compactado de gritos y voces y carreras. Un leit Motiv eterno que parece siempre exacto. Recordé cuando mis hijas aún iban ahí y el paso del tiempo, esa sensación que viene sin aviso, se presento con el bullicio de niños. El colegio pareció la memoria de todos los colegios. La época que llevaba a mis hijas, muy pequeñas aún. Esas imágenes que configuran tu pequeña biografía paternal. El bullicio en el que ellas estuvieron y que ya no están. Recordé también mis colegios, cuando yo formaba parte del bullicio eterno y constante, cuando me mezclaba en esa masa sonora de carreras, conversaciones imposibles y partidos de fútbol mezclados. Ahora pasaba por la puerta del colegio y en ese momento que el colegio eran todos los colegios, todos los bullicios, pensé que mi relación con el bullicio cada vez será mas lejana. Fui parte del bullicio, luego muchos años despues llevaba a mis hijas al bullicio. Alguna vez las vi desde fuera jugar, en medio del patio, sumando su voz al bullicio. ¿es eso el mundo? ¿Es esa masa sonora dónde está todo? Todos pertenecemos a ese ruido. Como si fuera el origen de nuestra vida en sociedad, donde entramos al mundo como seres individuales pertenecientes a la gran masa sonora. Ya no seré parte de ese ruido, lo fui. Ya no serán mis hijas parte del barullo. Lo han ido dejando atrás lentamente, aun lo tienen cerca como para abrumarse por el paso del tiempo. Lo recordarán una mañana lejana, cuando pasen por la puerta de otro colegio y recuerden que ese bullicio también fue el suyo y que ahí sigue. Nuestra esperanza es que siga, que se mantenga, que ese ruido esté ahí por siempre. Porque esa masa sonora es la humanidad.

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