martes, enero 07, 2014

Músico frente al momento

 Compuso algunas canciones accesibles, con características al uso de la música dominante. Hubo un conato de éxito. Algunas personas de la industria entraron en contacto con él. Meses después, horrorizado por el espectáculo laboral que gobernaba aquel negocio, decidió romper un contrato que le mantenía ligado a una discográfica menor. Los siguientes meses se cubrió de dudas. En realidad era inevitable sentirse ligado a una fuerte moral y la música no podía ser ajena a aquello. Al fin y al cabo la música sale de los órganos, son parte corporal. Deambuló con anarquía por terrenos casi inhóspitos de su pensamiento, esas eras personales que se habita en una especie de autodestierro, se busca en uno mismo la comprensión del mundo, de los otros, de la vida en común, de la formación de las sociedades, de la vida en la tierra. Se trata de entender qué es lo que uno pinta y qué es lo que uno aporta a ese global, al mundo; de qué manera también uno es parte del engaño, de la desigualdad, de la locura. Habitó ahí, casi inacessible. Dejó de componer o compuso sin alardes, como componen los que se salvan de la quema con su instrumento. Hay quien compone, casi con toda seguridad la mayoría de los que creen en la música, porque no hay forma humana de comunicarse mejor, porque es un grito en la inmensidad, porque cabe la posibilidad que al otro lado, donde todo parece el silencio, alguien, uno solo, escucha y comprende o también comunica algo en mitad de esas ondas sonoras invisibles.

 Pasaron meses, posiblemente algún par de años. El tiempo de los cambios no se mide y es mejor no medirlo. Las prisas, las urgencias, el frenesí por alcanzar son la parte contra la que hay que luchar. Es eso exactamente con lo que hay que acabar. Eso es lo que uno, como poco, puede aportar: acabar de una vez por todas con la prisa, con la necesidad de acabar. El cambio, el gran cambio iba sucediendo sin saber exactamente si había un fin. Volvió a componer o no exactamente componer al uso. Hacía piezas, hacía argumentos sonoros. No había un fin, el fin era hacerlo. La estructura mundial de la música era exactamente lo contrario al espíritu real de la música. Se toca por festividad o por amargura, no para recibir la admiración. Hasta los escenarios le parecieron aberrantes. Tocó para público, claro; pero tocaba, como norma, como una obligación, a la misma altura, para eventos donde sucedieran más cosas: mercados, fiestas de cumpleaños o reuniones familiares. Nada del concierto por el concierto. La música debía ser parte de algo más, debía recuperar su esencia tribal: tocar para la tribu, para los otros, para musicalizar. Evidentemente la batalla ética no era sencilla. EL sistema tiene un arma a su favor terriblemente poderosa: la vanidad. Si en algo se sustenta el mundo es en ella, en ese veneno soberbio de la vanidad. Huir de ti mismo, darte el placer de ser aplaudido requiera de cierta fortaleza. Hay un final en el que es inevitable esperar el aplauso, una leve ovación, un suave reconocimiento; pero la decisión era firme, porque la batalla era por recuperar lo que casi agonizaba: el espíritu real de la música, ese lenguaje fundamental y necesario que une en lo no verbal, que conjuga y no eleva a un individuo, sino a un grupo vinculado por raices mucho más allá del centrismo de un solo individuo. La música es, sobre todo, sus oyentes. Así lo entendió y así comenzó su batalla salvaje entre el ruido y la melodía. Así fue el resto de su biografía musical.

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