martes, julio 09, 2013

Un día de julio

 Sobrevolaba un helicóptero por encima de casa casi sin fuerza, como si se hubiera impregnado de la desgana de los días de calor, de la flojera de la tormenta breve que acababa de caer dejando una luz terroríficamente hermosa, una luz agónica en la penumbra del verano. El helicóptero venía de otra era, porque por alguna razón los helicópteros nos recuerdan las capas de la ciudad, en casa todo a oscuras, con las ventanas abiertas, buscando diluir el calor en corrientes que no se llegan a formar, el olor del asfalto que horas antes hervía ahora suelta un olor a tierra húmeda y el helicóptero sobrevolando zonas un poco más allá, quizá controlando los restos de una manifestación desesperada. En casa nada, en casa la oscuridad y los reflejos de las luces de las otras casas del patio. Las noches de verano hacen algo peculiar con el tiempo, lo desmitifican o lo mitifican hasta llegar a una forma desordenada de desmemoria: en las noches de verano sólo recuerdas otras noches de verano que siempre parecen la misma. Las noches de verano son una sola. Durante un rato no pensé en nada o pensé en tormentas del trópico, aquellas tormentas bestiales que duraban dos minutos. También pensé en Andrea, una alemana con la que bailé en Cabudare bajo una de aquellas tormentas y que nos besamos y a mi su lengua me supo a Ketchup, pero no fue un sabor desagradable, todo lo contrario. Era un ketchup natural, que creo que era la mezcla de su olor natural, su dentífrico y la mezcla de las bebidas que consumimos aquella noche: ron, cerveza y un vodka fabricado en Yaritagua. También pensé en Cayo Paicla y una noche que dormimos allí, al aire libre, aunque al final no dormimos, y que cayó una tromba de agua descomunal y nos quedamos metidos en el agua y las gotas salpicaban en el mar y saltaban a la cara y con la borrachera todo aquello producía una profunda risa. A la mañana siguiente tuvimos un altercado indescriptible con la Guardia Nacional y un tipo que se llamaba Cabo Prado. Recordé otras tormentas, también otros veranos. A veces echaba de menos Venezuela, pero no Venezuela a lo largo y ancho, sino algo que no sabía que era exactamente, quizá la vida en Venezuela, la vida de Venezuela que no existía aquí. Las diferencias. Una sensación extraña que hay cuando cae la noche por la avenida Lara, un olor a especias que hay cuando amanece en las calles del centro de algunas ciudades, la imagen de esos tipos que se ponían enfrente de mi edificio, sentados, mirando con absoluto sosiego hacia la nada durante un par de horas cuando empezaba a caer la tarde. A veces echaba de menos algo que con toda probabilidad no existía de un modo concreto, una sensación de atemporalidad permanente. Los biorritmos alterados por el clima, los sonidos del tráfico, algo que era inalcanzable. También aquel vacío extraño en el que viví cuando vivía en Venezuela. No sabía muy bien si era echar de menos o sentir vértigo, un vértigo peculiar, quizá era esa vieja tendencia a poetizar casi infantílmente cierta parte de la memoria. En realidad era esa vida dividida, difícilmente compaginable, de aquellos años y los que vinieron después años. A veces creo que aquellos años habitamos una forma incomprensible y cercana a la locura. Creo que estuvimos locos, pero una locura suave, más cercana a la tristeza que al delirio, más cercana al dolor y a la fuga que al desequilibrio y la convulsión. Caímos en un caos, perdimos la casilla, se nos escapó el suelo. No sé exactamente qué fue, qué tipo de explicación podría caber en aquello.

Ya no sobrevolómás el helicoptero, la tormenta no insistió. El suelo se secó en tiempo record y las luces del patio se fueron apagando. Era día de semana, todos parecían empezar a dormir.

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