sábado, julio 20, 2013

Anestésicos

La calidad de Sol de la zona era indiscutible. En realidad nunca supe que era la calidad del Sol, qué se medía bajo aquella sentencia, pero había algo intangible, incalculable, bajo la luz solar de aquella zona; al menos aquellos días. Por la mañana la luz reventaba en el mar y deslumbraba, el efecto espejo multiplicaba la luminosidad y se creaba un ambiente de absoluta irrealidad, como si la mañana no estuviera sucediendo o sucediera de un modo inexplicable. Aquella luz era tan bestial y deslunbraba tanto que la prinera hora del día parecía una autentica mentira. A esa hora todo estaba cerrado y en el pequeño paseo maritimo todavía el bullicio no existía y aun quedaban vasos de los últimos juerguistas, esos que vivían el verano en las otras horas. Pasaba algún corredor a ritmo de trote, mirando el suelo, como si contaran los pasos de su carrera matutina. En la arena no había bañistas, prro sí algún pescador amateur con el optimismo impoluto.  ¿Qué coño esperaban de ls vida, del mar, del tiempo, aquellos hombres de ciudad con la caña enterrada en la arena? Jamás les vi sacar algo o mi paciencia no podía competir con la de ellos. La mañana, entonces, tenía un giro. Como si en el guión estuviera escrito que derepente  aparecieran los extras y todos los secundarios. El paseo se empezaba a llenar, en la playa se enterraban las prineras sombrillas: nada quedaba, de repente, de aquellos inexpertos y extraños pescadores. Los balones de plástico con logos de marcas de cremas solares empezaban a rodar, un bullicio de olas y diminutos chillidos ifantiles cubriría hasta casi la noche toda la zona, un bullicio constante, casi eterno: ¿quién forma ese bullicio a pié de playa? Si te fijas uno a uno, descubres que esos chiquillos no gritan, sin embargo, si cerrabas los ojos, ahí estaba: siempre. Esos gritillos alegres, los gritillos que se dan cuando se saltan pequeñas olas. 

 Tampoco recuerdo cómo pasaba yo las horas: algún baño, alguna cerveza, poca cosa. Nada que te hiciera pensar que de repente ya había vivido doce o trece horas y que lentamente al pueblo le llegaba la hora de cenar. Me escondía del calor, a veces me tumbaba en alguna sombra y pensaba poco. Si aguanté fue porque todo aquel ambiente tenía algo anestésico, habitaba, pero no experimentaba: todo sucedía pasando y la memoria permanecía en una suerte de hipnósis, o como si el pasado estuviera dormitando: las playas, a su modo, son cápsulas del tiempo; todo lo que fue cobra la forma de la misma arena. Los días no se parecían pero mantenían una cadencia casi identica. Me fijé mucho en la forma peculiar de cada día, esas pequeñas diferencias ambientales entre uno y otro. Las variaciones de la humedad, el cambio de la marea, los ritmos del viento: nunca los elrmentos se repetían idénticos.

 Me fui. Pagué el hostal y me fui a un pequeño terminal de autobuses con poquísimo tránsito. La anestesia en la memoria se fue pasando en carretera. Al ir entrando en la ciudad, el efecto de aquellos días también se fue pasando, de golpe, como esas medicaciones que puerden su efecto de golpe. Las vacaciones no curan, sólo son un analgésico. La gripe seguía ahí: intacta.

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