sábado, septiembre 21, 2013

Los días

Durante años, no sé cuantos, pero durante años viví aferrada a cierta irrealidad. No hablo de inestabilidad mental o distorsiones. Hablo que en general mi percepción de la realidad venía condimentada de percepciones alteradas. Por ejemplo, en aquel tiempo creí en los vínculos con mi familia, creí que mi familia era un puente sólido, y sin embargo no era cierto. Es decir, lo que me unía a esos tipos era un acuerdo bastante cruel, bastante basado en lo incierto. En realidad ese acuerdo mudo con mis hermanos, en el que forzábamos por estar más unidos de lo que en realidad estábamos, se parecía bastante a la cultura de la transición de España. Un acuerdo sin limar, sin mirar, sin hacer frente a lo real. Un acuerdo miserable, tratando de no mirar a lo esencial. Acordar verbalmente una convivencia, pero sin resolver el autentico problema. En verdad mis hermanos actuaban con soberbia, creían que los otros hermanos, incluida yo, siempre les debíamos algo. Ciertamente me he encontrado con los años mucha gente así, que basan sus afectos o sus relaciones en que el otro le debe, son banqueros emocionales, todo lo que hacen es darte crédito para ir cobrandote intereses. Sorprende ver la cantidad de gente que actúa así. Al punto que he llegado a pensar o a creer que quizá el ser humano muchas veces no tiene otra forma de actuar. Sin embargo, cuando llegaron los verdaderos problemas, los reales, comprendí felizmente, que hay quién no actúa financieramente en sus afectos. Hay quien se relaciona de un modo directo, por el puro placer de vivir junto al otro. Un día me crucé con una vecina. La había visto un par de veces o tres. Había hablado un día de no sé que asunto, creo que unas filtraciones que había en el garaje y la segunda vez ella se acercó a comentarme algo del libro que llevaba en la mano. Cuando empezaron los problemas, estuve meses sin pasar por aquella casa, que en realidad no era mi casa. La tarde que volvimos, él se tumbó en la cama, con los ojos cerrados, fue la primera vez que le escuché hablando medio en sueños, al principio parecía un idioma incomprensible, luego parecía árabe, con los minutos empecé a comprender alguna frase suelta, hablaba de niños pequeños, avisaba a alguien de que venía una tormenta, todo muy confuso, todo muy disperso. Bajé a caminar por la avenida. Hay algo que me gusta de esa zona periférica y elegante de la ciudad, las tardes, las calles anchas no tienen casi afluencia de coches ni de gente, en verdad todo está casi vacío y caminas por esas calles arboladas, bien arregladas y te sientes confortablemente sola en el mundo, como si en los atardeceres de verano todo se detuviera un rato. Al volver, me encontré en la puerta de entrada a la urbanización con la vecina, se acercó con brío, ese brío que tiene determinada gente, un brío amable, una calidez contagiosa. Me preguntó que era de nuestra vida, que hacía tiempo que no nos veía, le conté la situación, él estaba dormido arriba, ya sólo se hablaba de tiempo, como mucho de algunos meses. No lo reprimí, porque llegado a un punto de mi vida, comprendí que reprimir esas fugas es dañino, lloré, no lloré con furia, lloré con pena, una pena suave: la pena, ese dolor e la pena, también es cierto, tienen algo cósmico, creo que esa pena es algo que te ubica, es un dolor ancestral, te da la ubicación exacta, esa pena, en cierta manera es la brújula universal, la que te da y te coloca, tu intrascendencia y tu totalidad. Ella comprendió. Al día siguiente, a media mañana, apareció en casa, él estaba sentado en la silla de la terraza, con los ojos cerrados, yo miraba la sierra, la sierra allí, cortada bruscamente, de repente la sierra, allí, a sesenta o setenta kilómetros, me pareció más hermosa que nunca, cuando sonó el timbre el abrió los ojos como si estuviera más dormido que despierto. Abrií y la vi, llevaba unas cestas y nos invitó a un picnic. La propuesta nos sorprendió tanto, nos dejó tan desubicados que nos encantó. Nos llevó a un parque que no conociamos, saco unas cervezas y unos embutidos deliciosos, también sacó unos pasteles salados que él comió con ánimo. Nos habló de otros parques y luego habló de alguien que había muerto hacía algunos años, una mexicana con la que había vivido y finalmente habló de las otras capas, habló de la realidad, de la percepción, de lo inabarcable, de los detalles. Dijo que si cada uno describiera la calle en la que viviamos ninguna descripción coincidiría en detalles con las del otro. Yo describí y hablé de la casa rosa y ennumeré alguno de los árboles de la acera, hablé del parque pequeño donde casi nunca había niños, ella habló del color peculiar de las baldosas de la acera, de la luz de las farolas cuando anochecía, él habló de los edificios, y de que en general ningún edificio superaba las cuatro plantas, también habló de un árbol especifico, el árbol al principio de la curva, de la forma del tronco de ese árbol. Luego recogimos y nos fuimos a casa. Esa noche el durmió peor y habló más que nunca. Decía cosas raras, nombraba calles, direcciones, nombres de tipos. Esa noche soñé con una playa que había conocido hacía muchos años, una playa llena de pinos, vacía, una playa que vi a finales de otoño, llovía y dejé el coche y me quedé mirando el mar y la lluvia sobre el mar y todo aquello me sumía en una laxitud que agradecí.

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