sábado, junio 22, 2013

Sufre mamón

 A veces me daba por pensar en David Summers, el cantante y bajista de Hombres G. No sé muy bien, nunca lo supe, que extraño sentimiento de dolor y tristeza me despertaba David Summers. Había algo de desdicha y de carcel. David Summers era una víctima, un esclavo de algo no elegido. A veces le imaginaba llorando en su habitación, como si esa letra hubiera preescrito su vida adulta, su camino a la vejez. David no lloraba por un amor adolescente robado, lloraba por un destino extraño, despiadado. En verdad su vida estaba atada a su figura de felicidad y frescura adolescente. Lider de un grupo con un potentísimo fenómeno de fans, con esa carita de niño bueno, dispuesto a ser mimado sin freno, vivió una post adolescencia de pillaje bondadoso, de peripecias en hoteles buenos, donde fans con carácter resolutivo le invitaban a nuevas sensaciones. En realidad el cantante se dejaba llevar. Nada había costado demasiado. Su frescura le había llevado sin esfuerzos por una vida con la sonrisa fácil. No creo que Summers renegara de su música, yo creo que el creía en esas canciones infantiles, le salían de dentro, porque más dentro de David no había nada. Aquellas letras eran lo más profundo de su alma. No había engaño. David era eso. Ayudado por un entorno familiar repleto de contactos, arropado por la seguridad de esos clanes que protegen y empujan, la gracia de David con los acordes de guitarra se convirtió en un esfuerzo por convertir al muchacho en una estrella Pop, y el clan, laborioso y cabezón, lo consiguió, incluso más allá de lo esperado. David fue una extraña bifurcación de un Beatle, A David también le lanzaron sujetadores y le invadieron la habitación de un hotel en América para follarselo sin consideraciones. Pero si yo pensaba en David, no pensaba en ese David, pensaba en el David post David. No en David en pleno esplendor cuando casi no tenía barba, pensaba en David tocando esas canciones, con el mismo público, exactamente las mismas chicas, pero con la crisis de los cincuenta. Tantos años después, haciendo un tour que seguía invocando a aquel David, ese David que había ido desapareciendo en las entradas de la frente y en esas arrugas que le convertían en otra cosa: David enterrado en David. Si pensaba en él, pensaba en ese adulto, ya fatigado, cantando canciones adolescentes para aquel público que también fue adolescente y que también sufría la crisis aguda de los cincuenta, angustiados en hipotecas y en cifras del paro. David volviendo al hotel de un concierto en Oviedo, buscando a David, pensando que aquel adolescente es un dictador, una figura implacable, dirigiendo con crueldad el destino de su vida. La risa de medio lado de aquel niñato simpaticón torturando el resto de su vida. David sabiendo que ya no es Davis y que sin embargo busca e incluso imita o trata de darle la evolución que debería de haber tenido aquel David. Y sin embargo David es un mamón haciéndole sufrir.

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