miércoles, febrero 19, 2014

Los Guillermitos

A Guillermo le dejé de ver después de una de las borracheras más extremas de mi vida. Guillermo vivía   en la Santos Lizardo, en el otro extremo de la ciudad. Le llevábamos en el coche de otro Guillermo, un vecino adicto a tener sexo con mujeres mayores y obesas, que acababa de cumplir diecinueve años y que le había regalado el coche su padre, que vivía en Miami y que se dedicaba, con toda probabilidad, a algún tipo de tráfico ilegal. Los Guillermos, o Guillermitos, como se llamaban a si mismos, eran polos opuestos y sin embargo hacían una especie de super pareja sórdida de la nocturnidad. Pasé una época con la pareja. Nos veíamos por las noches y nos subíamos al coche de Guillermito a recorrer la ciudad con una botella de una ginebra terrorífica que estoy seguro que me ha generado algún problema indescifrable en mi percepción de la realidad. No había planes específicos, ni siquiera puedo decir que fuera divertido recorrer Barquisimeto de arriba a abajo durante horas, con todas aquellas calles vacías un martes cualquiera, en busca de prostitutas que jamás encontramos o ir hasta el siete rojo, por esa carretera miserable, en busca de opciones y aventuras que nunca se daban. Recuerdo que luego dejábamos a Guillermín en la entrada de su barrio, no nos dejaba entrar hasta su calle porque decía que de ahí no salíamos ilesos si nos veían ciertos vecinos que hacían guardia por el control de su manzana. A él le respetaban, decía con orgullo, pero no podía responder por los demás, suficiente que había logrado su impunidad. Cuando bajaba del coche siempre sentíamos cierto vértigo en aquella zona de la ciudad, el temor de una rueda pinchada, un fallo del motor nos aterrorizaba. Nunca pasó nada. La última noche que salimos con Guillermín, Guillermito casi no habló, alguien le había visto con la madre de Ricardo, un vecino. La madre, que tendría algo más de cincuenta y pesaba, seguramente, algo más de cien kilos, parecía haber transformado definitivamente el carácter abstraído de Guillermito. En cierta manera Guillermito estaba enamorado, pero jamás se lo confesaría a Guillermín, que tanto le incitaba a recorrer burdeles y esquinas. Recorrimos Barquisimeto de este a o oeste unas cinco o seis veces. En el coche de Guillermito nunca había música y la verdad se hablaba poco. Básicamente avanzábamos por calles que a esa hora, en esa ciudad, permanecían en una quietud molesta. A veces me llegaba la botella y bebía sorbos como el que paga una penitencia, la borrachera iba haciéndose visible despacio, no del modo habitual que se emborracha el cuerpo, iba apareciendo como aparece una gripe o una gastroenteritis viral. De repente ibas notando síntomas de la borrachera, una pesadez, una densidad, la gravidez como un bloque de cemento. Aquella ginebra buscaba zonas del cuerpo que el alcohol nunca busca: sentías la ginebra por debajo de la piel o por debajo de las uñas. Cuando te querías dar cuenta te costaba hablar y hablabas arrastrado, y sin embargo no sentías la borrachera al uso, recordaba más a cierto grado de anestesia. Ese día Guillermito, en la Libertador, a la altura del Domo Bolivariano, decidió ir hasta el Avispón verde, donde había shows de chicas y donde con suerte nos dejaban pasar. Cuando llegamos al Avispón verde, Guillermito dejó el coche en la puerta y entramos, el tipo de la puerta, un tipo que no pasaba el metro cincuenta, pero que podía matar un regimiento con su mano izquierda, nos miró con el desprecio habitual, peor nos dejó pasar casi sin mirarnos, cuando entramos el club estaba prácticamente vacío. La música sonaba como si estuviéramos en un estadio con capacidad para cien mil espectadores. Nos sentamos y una camarera casi desnuda nos preguntó con desgana que queríamos beber. Pedimos cerveza porque no teníamos dinero para mucho más y nos quedamos sentados los tres esperando la nada o una revelación. En realidad nunca soporté esa diversión y tendía a deprimirme y siempre que entraba a uno de esos sitios pensaba que jamás volvería a salir con los guillermitos. Durante los siguientes diez minutos sólo recuerdo en movimiento la música. No salió ni una sola chica, detrás de la barra había un tipo leyendo uno cuadernillo y fumando. Pensé que estaba ojeando las cuentas o analizando alguna contabilidad del club. En realidad, sabíamos que no iba a salir nadie, que esa noche no habría shows en el escenario y que ninguna de las chicas vendría a charlar con nosotros porque era evidente que no teníamos el dinero requerido para acostarnos con ninguna de ellas. Una noche pésima, estarían comentando en el camerino, si es que aquel lugar tenía camerino. La cerveza hizo un efecto rebote sobre la ginebra y multiplicó su efecto, de repente tenía una borrachera atroz, los Guillermitos miraban el movimiento de unas luces que giraban con la monotonía con la que giran los planetas: eran amarillas y rosas. A veces pensaba que los Guillermitos eran autómatas. Miré a Guillermín y pensé que se estaba quedando dormido, giró la cabeza y me preguntó algo incomprensible, algo sobre la velocidad de la luz. Guillermito no decía nada, tenía la mirada clavada en aquellas luces, creo que en algún momento le cayó una lágrima. Estoy convencido de que el tipo esa noche había conocido el amor, el arrebato, estaba abrumado por lo que hubiera sucedido con la madre de Ricardo. No sé si fue en ese momento preciso que pensé que me debía ir de aquella ciudad, que quedarme ahí supondría una batalla campal contra la nada, una batalla permanente y agónica contra la nada para morir un día sin saber exactamente que es lo que ha pasado. Mi percepción de aquella ciudad tiene algo de alucinado, en cierta manera creo que nunca percibí la ciudad con equilibrio, toda la información que traducía mentalmente, cada imagen, de cada calle, de cada esquina,venía inundada de algo que segregaba mi cuerpo quizá por el clima, quizá por la altitud o por la humedad relativa. No sé si fue exactamente ahí que decidí que me iba: creo que pensé en Argentina, claro que en mi cabeza Argentina era una cosa tampoco muy real, era una tierra vasta, inalcanzable, un lugar idóneo para tardar un par de siglos en encontrarte. Pedí más cerveza, los guillermitos me miraron porque sabían que yo no tenía dinero, jamás tuve dinero, jamás salí con dinero. Mientras me miraron les dije: "yo invito". La tipa que nos atendía trajo las cervezas sin mirarnos. cuando dejaba las botellas sobre la mesa baja le pregunté: "¿A qué hora empiezan los shows?", "Más tarde" contestó mientras se daba la vuelta sin hacer caso. Me bebí la botella de cerveza en tres sorbos casi continuos. Guillermín me dijo: "Chamo, usted va muy rascao". Yo no le miré. Me puse de pié y me acerqué a la barra. El tipo que estaba ahí me miró con condescendencia:

.-¿Cuándo carajo comienza el show?

.- Ahorita. Ya va- me contestó sin inmutarse.

 Me giré y me puse a bailar. Los Guillermitos se acercaron y me dijeron que me fuera a sentar con ellos.

.- Mira, coño e´madre. ¿Quién va a pagar esta ronda, pajuo? No tenemos plata, mamagüevo.

 Justo ahí levanté la mano en dirección a la barra con la botella en la mano. Le pedí tres más gestualmente. El tipo co un gesto robótico miró a la chica que nos había atendido y la mando servirnos tres cervezas. Guillermito seguía instalado en esa nebulosa extraña, pero algo más pendiente de mi. Guillermín se ponía nervioso y buscaba soluciones para frenar mi comportamiento. Cuando la tipa se acercó con la bandeja y las tres cervezas dijo de una vez lo que debíamos. Hice el amago de sacar la cartera y Guillermín me miró como el que ve venir un tsunami y no hay lugar donde correr. Les miré y afirmé.Sólo nos valía correr. Teníamos ventaja sobre el tipo de la barra hasta la puerta y de seguro no había ningún sistema de walkie-talkies. La salida fue coordinada, como si hubieramos ensayado o practicado más veces ese tipo de huidas. Guillermín empujó la puerta y salimos. Al tipo de la puerta no le dio tiempo a reaccionar. Guillermito arrancó el coche como si fuera el protagonista de una película de Steven Seagal. Creo que huimos por la Pedro León Torres. Creo que no bajamos la velocidad hasta el Obelisco. Hasta allí nadie habló, como si hablar fuera a reducir velocidad. En el Obelisco Guillermín me insultó riéndose y me dijo que estaba loco. Un poco más abajo, en la Licoreía el Obelisco, paramos a comprar más ginebra. Ellos me esperaron en el coche, yo la pedí, cuando el tipo me la dio en mano salí corriendo. De repente le vi un sentido a la delincuencia. Le vi un una arquitectura, una forma, una estructura solidisima. No sentía remordimiento por robar, por no pagar, sentía una forma de justicia. Básicamente yo no pertenecía a una familia pobre, a pesar de que los últimos años la cosa estaba apretada, pero nos habíamos instalado en una especie de indigencia existencial. Nuestras vidas, las vidas de los miembros de mi casa, habían perdido el hilo que nos comunicaba con la sociedad, con el mundo. Estábamos instalados en una forma extraña de aislamiento. Esas dos fugas me reunían de nuevo con la sociedad, no sé de qué modo, pero eso era lo que sentía mientras me subía al coche de Guillermito en marcha. Creo que nunca bebí más rápido en mi vida. Nos bebimos la botella a modo casi de competición. Como un campeonato cuyo premio era la borrachera absoluta. Cuando dejamos a Guillermín en su barrio, en la esquina de siempre, pensé en bajarme y entrar en su calle, entrar con él, ver qué pasaba en ese mundo al que Guillermín me había negado entrar. No lo hice. Volvimos al edificio Guillermito y yo sin hablar. En la Avenida Venezuela con Bracamonte le pregunté por la madre de Ricardo. No me contestó, siguió avanzando. En la esquina de la avenida Lara me dijo:"Loco, no quiero volver a verte montado en mi coche, ¿ok?" Cuando llegamos al edificio. Vi luz en casa de Lorena. Me quedé abajo, en el cesped que había en la puerta de la torre B. No quise subir con Guillermito en ascensor. Me quedé dormido, allí, en el suelo.

1 comentario:

Guy Monod dijo...

¨En realidad, aquella ciudad no era ni un cielo ni un infierno. Era el limbo.¨

(Mick Bulletproof)

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