jueves, diciembre 05, 2013

La cebolla

 Esto es una cebolla más que una narración. Tiene tantas capas que olvido cuál fue la capa original y cómo se aglutinaban. Esta es la capa visible, o está por verse, porque no es la primera vez que esto se escribe. No exactamente así, como está siendo escrito; pero debajo de este texto habitaba otro texto que venía de otro texto y de allá, como un eco lejano veía otro y otro. No era un juego literario inicialmente, y creo que ahora tampoco lo pretende. Curiosamente todas esas capas del texto se fueron montando en la realidad, como una especie de autobiografía. Sin embargo, algunos acontecimientos fueron haciendo que los textos anteriores sufrieran algún tipo de accidente y no terminaran siendo textos: se borraron, se perdieron, se olvidaron...

 Creo que la idea original venía de una pequeña anécdota de algo que sucedió en la calle o de algo que fue escuchado o de algo que fue recordado en un momento puntual y que visto desde otra perspectiva parecía idóneo para ser trasladado a, por ejemplo, un cuento. Evidentemente la idea no era esta, era otra cosa, que curiosamente fue olvidada, dejando tras de si, ese halo místico del que se cubre toda cosa olvidada. Era una idea de algo casual, un fragmento de una biografía anónima, un asunto curioso. Días después aquello se había perdido por los recovecos insondables de la memoria. Aquel argumento peculiar por más que se buscaba no aparecía. Una mañana de diciembre soleada y hermosa, la idea no acudía, por más que se buscaba en la sala de espera de un hospital. Sentado en una de esos bancos de asientos de plástico duro que se vuelven terroríficos pasados diez minutos. Un viejo temor a las salas de espera trajo el halo del argumento sin volverlo concreto, se sabía de un argumento y seguramente rondaba en algo parecido a aquella situación, pero no venía. El nervio estático de la incertidumbre que da la espera de resultados médicos hicieron que un nuevo argumento tratando de recordar aquel viejo argumento se empezaran a trazar como borrador. Se escribía con la incomodidad de la situación y con la dificultad de teclear con los dedos en las miniaturas de un smartphone. El viejo argumento nunca llegó, pero a cambio se adaptó la situación a texto. Se escribía, trasmutando los personajes. Lo que era un individuo esperando se convertía en una pareja que se parecía a la pareja que había enfrente. Se narraba la incertidumbre de una paciente acompañada de su marido. Su marido que, despistado, recordaba el partido de futbol de la noche anterior de su equipo. El número en la pantalla. El camino hasta la consulta. La frialdad y educación de la doctora.; y ahí se detiene el borrador porque el que escribe, en el lado real, es llamado por su número para pasar a consulta. Las noticias en la consulta son buenas, muy buenas. Una forma de vida se evapora de golpe. Diez años de medicación se acaban. De repente, en boca de una doctora dulce y muy explicativa,  se da por finalizado un tratamiento pesado. La euforia de las buenas noticias hacen del paciente que nada más salir de la consulta llame a sus íntimos y comunique la noticia. Pasan varias llamadas. Camina por la calle con énfasis. Una nueva etapa arranca y lo charla con su pareja y con sus íntimos. El día pasa, camina, trabaja y finalmente, varias horas después, se sienta a escribir esto, con la idea inicial de concluir el texto que había arrancado en la sala de espera. Cuando abre la página donde había arrancado a escribir no hay sino un vacío, una página en blanco. Entonces escribe esto, narrando lo que narró o resumiendo algo que había acontecido y aquí acaba.

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