martes, enero 13, 2015

Uno y el universo en 2015

Durante un tiempo escribía en este blog prácticamente a diario. Un buen día, en una decisión no del todo consciente, fui, paulatinamente, deteniendo el ritmo hasta tener algo más claro: no sé muy bien el qué. No he pasado grandes crisis en mi vida, pero es cierto que tengo varias marcas o puntos de inflexión mental. Los cambios de ciudad han sido unos, la operación y trombosis, indudablemente fueron otro, y seguramente el más agudo e importante; y desde hace un par de años, he pasado el punto de inflexión más prolongado y también el más difuso y extraño. Mis hijas sosegaron del todo mi cabeza, aunque pienso que en cierta manera ya venía bastante sosegado, o ese sosiego relativo al que puede aspirar un trabajador normal, en una ciudad de cinco millones de habitantes en un ritmo vital como este, en esta época de la historia: un sosiego francamente relativo. Desde hace tres, casi cuatro años, no obstante, tuve un golpe casi visual, y creo que aunque podría parecer aislado, tiene mucho de colectivo. Digamos que vi de golpe, me entendí de repente, como individuo social. Como otro ladrillo en el muro, por usar una metáfora posiblemente torpe.  De repente me atosigó que yo no era una isla, con mi vida relativa, con mi costumbres, con mi forma de ser, sino que mi percepción de individuo estaba muy marcada, invisiblemente, por el dónde habito, aunque lo hubiera obviado, aunque no lo hubiera percibido, aunque jamás me hubiera percatado de esa cuerda que me trenzaba a los demás, a cada uno de los seres humanos. De repente no era un ¿quién soy? sino un ¿dónde soy? El primer paso para ese golpe visual fue ser padre, claro. A mi ser padre no me afectó negativamente. Creo que cuando fui padre ya estaba bastante saturado de mi mismo como para agobiarme por perder el foco sobre mi mismo y enfocar a un ser humano diminuto. Si recuerdo que nada más nacer mi primera hija me venía con frecuencia una imagen cuando hablaba con adultos, fuera quien fuera ese adulto, me lo imaginaba como bebé, absolutamente dependiente de unos cuidadores y no individualizado como les percibimos y nos percibimos de adultos. Era una imagen muy recurrente. Podía estar viendo una película y de repente la imagen me invadía de lleno con el esplendoroso protagonista: George Clooney o Scarlett Johansson. Me daba igual. De repente, fuera de ese foco texturizado del cine, me venía la imagen de ese ser humano como bebé, necesitado de un cambio de pañal o de comida. Alejado de esa individualidad, podía ver a ese ser absolutamente dependiente de los otros. Todo aquello empezó a modificar mi propia percepción. Empezó a golpear mi visión existencial. Digamos que hasta entonces, irresponsablemente, no me había planteado demasiado eso. Cuando hablaba con un adulto lo percibía en el presente, como ser aislado. Ser padre me empezó a dar la visión histórica de la individualidad de cada uno. Todos veníamos de depender. En cierta manera aquello fue el origen de un big bang, no sólo era el bebé el que dependía, es que básicamente nuestra vida depende de los otros.  Así se fue gestando un cambio de percepción, no sin una profunda sensación de absurdo. ¿Cómo cojones no me había dado cuenta de la obviedad? Lentamente, esa visión iba acrecentándose, y se iba instalando en cada pensamiento. Mi relación con el entorno se veía afectada por esto. También fue invadiendo mi relación diaria con escribir. Lo que hasta entonces había sido bueno, de repente me pareció innecesario. No criticable, ojo, innecesario,. Me detuve. Creo que desde entonces, salvo con mi relación con la música, he pasado un tiempo más de observador que de actor. La crisis hospitalaria me trajo una productividad brutal. Una de las cosas que concluí después de los días de hospital era que no pensara que quería escribir cuentos, sino que los escribiera, no pensar en hacer canciones sino hacerlas. En cierta manera creo mucho en esto. No busco, y creo que jamás buscaré, hacer obras completas. Mi relación con las actividades artísticas tiene un enorme parecido a la de esa gente que trabaja durante la semana y los fines de semana se dedican al bricolaje o manualidades por placer. Hace no mucho estaba con mis hijas y mi pareja en una actividad de música, la tipa que dirigía la actividad y mi pareja estuvieron un rato hablando y al cabo del rato le dijo que yo hacía música, no le dijo que era músico, le dijo "hace música" y me sentí absolutamente identificado con ese termino de hacedor. Pero igual que aquella crisis hospitalaria disparo al hacedor, esa crisis social disparo al observador. ¿Cómo escriben los que asumen que somos entramados? ¿Como hacen música los que se alejan de la individualidad? La verdad es que tampoco he llegado a conclusiones. Pero aquí estoy, volviendo a este blog que siempre me ha servido para darle cierto orden a esa forma caótica que tiene mi pensamiento.

1 comentario:

cayoyin dijo...

Me encanta leerte.

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